Pinceladas de Sentimientos

IV

A mis diecisiete años, el mundo ya no olía a aguarrás y óleo, sino a la promesa de un futuro que se sentía al alcance de la mano. Los tubos de cartón con planos de arquitectura que Mateo me prestaba eran mi biblia, y cada línea de un plano de diseño me parecía un lenguaje secreto que solo nosotros dos hablábamos . Valeria y Martina seguían con sus dramas de instituto, pero para mí, la única verdad estaba en los ojos color miel que me miraban con esa familiaridad de hermano mayor que, irónicamente, me rompía el alma.

Esa tarde, Valeria me soltó la noticia con la misma casualidad con la que hablaba del color de su esmalte de uñas. Estábamos sentadas junto al estanque de la mansión de sus padres, mientras Pincel ladraba a las carpas koi.

—¿Sabes? Camila se va —dijo, sin apartar la vista de su teléfono—. Le dieron una beca completa para estudiar arte en Milán. Se va la próxima semana. Mateo está... bien, creo. Ya no era lo mismo, ¿sabes? Ella tenía su vida y él la suya. Es lo mejor.

El mundo se detuvo. No fue el silencio oscuro de mi accidente, sino un silencio de éxtasis. La barrera, el muro de piedra que me separaba de mi príncipe, se esfumaba. Camila, la artista perfecta, la "realidad" de Mateo, desaparecía del cuadro.

Un destello de esperanza y de alegría irracional estalló en mi pecho. Y aunque me preocupaba por como estaría el corazón de Mateo no podía dejar de sentir felicidad.
Esperé. No quería que fuera en mi habitación de niña, ni en la suya, ni donde nadie pudiera interrumpirnos. Quería que el momento fuera tan importante como se sentía en mi pecho.

Llegó el fin de semana. Mateo había venido a mi casa a buscar unos libros que me había dejado. Mi tío Sebastián y mi tía Dulce estaban fuera, y la abuela Sofía dormía la siesta. Estábamos solos, de pie en el jardín, cerca del viejo roble, con el sol de la tarde bañando el césped. La luz era perfecta, color miel, como sus ojos.

—Gracias por los libros, madrina —dijo, revolviéndome el pelo con ese gesto paternal que detestaba—. Oye, ¿estás bien? Te veo muy callada hoy.

Era ahora o nunca. El nudo en mi garganta, ese viejo conocido, volvió, pero esta vez lo empujé con la fuerza de mis diecisiete años y de todos los dibujos secretos que guardaba en el fondo de mi cajón.

—Mateo, se que Camila se va a Milán —dije, mi voz temblando ligeramente, pero firme.

Él se encogió de hombros, su sonrisa de "chico sol" flaqueando un instante. —Sí. Es una gran oportunidad para ella. Ya sabes cómo es la vida adulta, Lulú. A veces las piezas no encajan.

—Pero nosotros sí.

Me miró, confundido, con una mezcla de respeto y asombro que a veces me dedicaba cuando hablábamos de arte

—¿De qué hablas, pequeña?
—Hablo de que no quiero que me llames "pequeña" nunca más. No soy una niña. No soy esa fruta nueva que no se debe tumbar —las palabras me salían atropelladas, inspiradas en los poemas de Martina y mis propios pensamientos—. Sé lo que es el amor, Mateo. Lo sé desde hace años. Desde el día que salvaste a Pincel y a mí del estanque y me pusiste tu chaqueta que olía a a tí.
Su expresión cambió. El asombro se tornó en shock, luego en una dulce y dolorosa empatía. Sus ojos color miel se oscurecieron. Sabía lo que se avecinaba. Sabía que se sentía mal por ser él quien me rompería el corazón.
—Lulú, eres muy dulce... y valiente.. Siempre lo has sido... Y me siento horando. Pero eres... eres demasiado niña para mi. Aún no te has enamorado, no has empezado a... A amar. Es muy pronto para ti. No sabes lo que realmente son las relaciones.
—¡Aprenderé! —dije, sintiendo que las lágrimas se acumulaban—. Puedo crecer. Puedo aprender las cosas de adultos por ti, contigo, si me dejas.
Me acerqué a él, con la determinación de quien ha vivido en silencio demasiado tiempo. En un arrebato de querer ser adulta ante sus ojos, me empiné y le robé un beso. Fue un roce torpe, rápido.
No me rechazó, pero tampoco me recibió. Se quedó inmóvil, como una estatua de mármol en el jardín. Cuando me separé, su rostro estaba pálido.
—Me siento halagado, Lucía. De verdad. Eres una chica increíble, y me siento honrado de que sientas algo así por mí. Pero... no es el momento. No de esta manera. Eres como mi hermanita menor, la niña de mis ojos, mi protegida.
Me hablaba con esa seriedad casi paternal, con la que un hombre intenta hacer entrar en razón a alguien demasiado joven, demasiado angelical, que aún no conoce las complejidades del amor.
—Lo siento mucho —susurró, con la voz cargada de una pena genuina—. No sé cómo...
Se dio la vuelta y se fue, caminando rápido hacia la casa, dejando atrás el jardín, la luz del sol y el silencio que volvía a llenar el espacio.
Me quedé sola junto al roble, con el corazón latiendo a mil por hora. No lloré. Las chicas valientes no lloraban, me había enseñado la abuela Sofía. Esa noche, en mi habitación, no pinté paisajes. Pinté la sombra de un chico con ojos de miel que me había dicho adiós, sin darse cuenta de que el adiós era para la niña que yo había sido, y que la mujer que ya existía en ese instante tendría que aprender a vivir con el peso de ese silencio.
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MATEO
Cuando crucé el jardín de los tíos de Lulú, sentía que el suelo quemaba. No era solo el sol de la tarde; era el peso de ese beso robado, un roce de labios que sabía a una mezcla de miedo y una valentía que me dejó desarmado.
¿Cómo no lo vi venir? Lulú siempre había sido mi "madrina", la niña talentosa que rescaté de un estanque y que, con el tiempo, se convirtió en mi consultora de color favorita. Para mí, ella era un remanso de paz, una promesa de pureza en medio del caos de la universidad y mis propios fracasos sentimentales con Camila. Pero ahora, las piezas del rompecabezas no encajaban.
“Puedo aprender las cosas de adultos por ti”, me había dicho. Esas palabras me perseguían como una melodía triste. Me sentía un canalla por ser yo quien le apagara ese brillo. Ella es demasiado inocente, un fruto que aún no ha madurado, y yo no puedo ser quien la empuje al precipicio del desamor. Me halagaba, sí, pero me aterraba la responsabilidad de haber despertado un incendio en un corazón tan joven.
Pasé dos días sin dormir, viendo sus dibujos en mi mente, preguntándome si cada trazo de "azul cobalto" que me recomendó era en realidad un "te quiero" disfrazado.




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