Pinceladas de Sentimientos

V

MATEO
Habían pasado tres meses desde "el incidente" del jardín y yo seguía buscando el manual de instrucciones para tratar con esta nueva versión de Lucía. La "madrina" dulce y de mejillas rojas se había evaporado. En su lugar, tenía frente a mí a una jóven de diecisiete años que manejaba el silencio como si fuera un arma blanca.
Estábamos en el gran salón de su casa. Sus tíos, Sebastián y Dulce María, habían organizado una subasta benéfica y me habían pedido que ayudara a Lucía a organizar sus cuadros. El aire olía a barniz fresco y a ese perfume de vainilla de ella que, por alguna razón, hoy me resultaba irritante.
—Un poco más a la izquierda, Mateo —dijo ella sin mirarme, ajustándose la manga de su camisa de seda blanca.
Su voz era plana. Profesional. Ni un rastro del temblor de aquella tarde bajo el roble.
—Si lo muevo más, perderá la luz del foco, Lucía —le repliqué, sosteniendo el cuadro con fuerza. Quería que me discutiera. Quería que se quejara. Cualquier cosa menos esa cortesía gélida—. Tú misma dijiste que este paisaje necesitaba "respirar".
Ella se acercó. Demasiado. Se detuvo a escasos centímetros de mi brazo para observar la inclinación del marco. Pude sentir el calor de su cuerpo y, por un segundo, mis dedos flaquearon sobre la madera. Me quedé rígido, esperando que ella también sintiera ese chispazo de tensión que me estaba recorriendo la espalda.
Pero Lucía ni siquiera parpadeó.
—Tienes razón. Déjalo ahí —soltó con una sencillez que me supo a insulto—. Gracias por la ayuda, de verdad. Sé que tienes compromisos y no quiero quitarte más tiempo.
Se dio la vuelta para recoger su cuaderno de bocetos. Fue entonces cuando mi instinto de idiota tomó el control.
—¿De verdad no quieres quitarme tiempo, o es que ya no soportas estar a solas conmigo en una habitación? —solté.
La frase quedó suspendida en el aire, pesada y fuera de lugar. Ella se detuvo en seco, de espaldas a mí. Vi cómo sus hombros se tensaban apenas un milímetro. Mi corazón dio un vuelco estúpido: Ahí está. La tengo. Va a explotar.
Lucía se giró lentamente. Me miró a los ojos, pero no encontré el incendio que esperaba. Sus ojos miel estaban limpios, casi divertidos.
—Mateo, no seas dramático —dijo con una media sonrisa que no le llegó a los ojos—. Te pedí que olvidáramos lo del jardín y lo he hecho. ¿No es eso lo que querías? ¿Que todo volviera a la normalidad?
—Sí, pero... —me quedé sin palabras. Ella me estaba dando exactamente lo que le pedí, y me estaba matando.
—Pues esto es la normalidad —continuó, dando un paso hacia mí y quitándome una mota de polvo invisible de la solapa. Su toque fue tan breve que casi pareció imaginario—. No te sientas culpable. Aquello fue un impulso de niña abrumada por el calor y... bueno, por la partida de Camila. Ya pasó.
Me mantuvo la mirada un segundo más de lo necesario. En ese breve instante, juré ver una grieta en su máscara, una sombra de algo oscuro y profundo. Pero antes de que pudiera atraparlo, ella se apartó.
Cerró la puerta tras ella sin esperar respuesta. Me quedé solo en el salón, con las manos todavía alzadas y una sensación de vacío en el pecho que no supe explicar.
Me sentía como un arquitecto que acaba de descubrir que el edificio que creía conocer perfectamente tiene una habitación secreta a la que ya no tiene la llave. Y lo peor era la duda que empezaba a instalarse en mi cerebro como un parásito: ¿Realmente lo superó así de rápido, o es que Lucía es mucho mejor artista de lo que yo pensaba?
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Mi estudio en el centro de la ciudad era exactamente como mi vida: techos altos, hormigón pulido y una iluminación perfecta que no dejaba lugar a las sombras. O eso creía yo.
Estaba revisando los planos de un complejo residencial en la costa cuando sentí unas manos apoyarse en mis hombros. No necesité girarme para saber que era Elena, una de las interioristas más brillantes de la firma y, según los rumores del pasillo, la mujer que "estaba destinada" a ser mi pareja oficial ante la sociedad.
—Estás demasiado tenso, Mateo —susurró ella, su perfume a sándalo invadiendo mi espacio personal—. Llevas tres horas con ese ángulo y sé que no es el edificio lo que te preocupa. ¿Problemas familiares?
Me aparté con suavidad, fingiendo que necesitaba alcanzar un escalímetro. Elena era guapa, sofisticada y hablaba mi mismo idioma profesional, pero cada vez que intentaba cruzar la línea, algo en mi interior se bloqueaba.
—Solo es cansancio, Elena. El proyecto de la Fundación de los tíos de Lucía me tiene absorbido.
—Ah, Lucía —dijo ella con una sonrisa teñida de algo que parecía envidia—. La pequeña prodigio. He oído que entró en la Facultad de Bellas Artes con una beca de honor. Quién lo diría es una mujer de armas tomar.
"Una mujer de armas tomar". La descripción me escocía. Para el mundo, Lucía era la nueva promesa del arte; para mí, seguía siendo ese nudo en la garganta que no sabía cómo tragar.
—Es talentosa —me limité a decir, cerrando mi laptop con un golpe seco—. Nos vemos mañana, Elena. Tengo un compromiso familiar.
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Estábamos en el estudio, con la maqueta del centro cultural entre nosotros. Lucía se inclinó para colocar una de las piezas de policarbonato. Sus dedos, manchados levemente de azul, rozaron los míos sobre el cartón pluma.
Fue un contacto de apenas un segundo, pero mi sistema nervioso reaccionó como si hubiera tocado un cable de alta tensión. Retiré la mano con una rapidez que me hizo parecer un adolescente asustado. Ella, en cambio, ni siquiera se inmutó; siguió ajustando la pieza con una precisión quirúrgica.
—¿Te tiembla el pulso, Mateo? —preguntó ella, sin levantar la vista. Su voz tenía ese tono aterciopelado que me recordaba a las tardes en el jardín, pero sus palabras eran un dardo—. Deberías descansar más. Te ves... disperso.
Quise rodear la mesa, atraparla por los hombros y obligarla a admitir que ese roce también le había quemado a ella. Pero Lucía se irguió, se sacudió el polvo de las manos y me dedicó esa sonrisa de "madrina" que ahora odiaba con toda mi alma.
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