Pinceladas de Sentimientos

VI

LUCIA
El segundero del reloj de la biblioteca de mi tío Sebastián parecía martillear el silencio. A mis dieciséis años, había aprendido que el silencio ya no era una cárcel, sino una elección, pero hoy me pesaba. Julián me había invitado a una lectura de poesía en el centro, y aunque mi corazón no daba vueltas de campana, mi curiosidad sí.
—¿Ocre o siena natural? —la voz de Mateo, profunda y familiar, rompió mi ensimismamiento.
Estaba sentado en el suelo de la biblioteca, rodeado de planos de gran formato que se extendían como un mapa de un mundo nuevo. Se había quitado la chaqueta de sastre y tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos. A sus veinticinco años, Mateo emanaba una seguridad que a veces me intimidaba, pero su sonrisa seguía siendo la misma que me rescató del estanque.
—Siena. El ocre es demasiado opaco para lo que intentas proyectar en esa fachada —respondí, acercándome y sentándome frente a él, cruzando las piernas sobre la alfombra persa—. ¿Otra vez peleando con el museo?
—El cliente quiere "luz", pero le teme a los ventanales grandes —suspiró él, pasándose una mano por el cabello revuelto—. Eres la única que me entiende, Lucía. Por eso eres mi consultora estrella.
Le extendí un lápiz de grafito que se había rodado cerca de mi pie.
—¿Y Camila? Valeria dijo que te envió fotos desde Milán.
Mateo hizo una mueca ligera, más de cansancio que de tristeza.
—Londres le sienta bien. La distancia nos hizo darnos cuenta de que éramos dos piezas de rompecabezas diferentes forzadas en la misma caja. Estoy bien así, soltero y con más tiempo para mis maquetas... y para vigilar que no te pintes las pestañas con óleo.
Me reí, una risa limpia. Me gustaba esta complicidad. Él no me miraba como una mujer, sino como su par intelectual, su "madrina" de buena suerte.
—Hoy salgo con Julián —solté, tratando de sonar casual.
Mateo detuvo el trazo de su lápiz. No levantó la vista de inmediato, pero sentí cómo sus hombros se tensaban un milímetro.

MATEO
Escuchar el nombre de ese chico en boca de Lucía fue como detectar una falla estructural en un edificio que creías perfecto. Levanté la mirada y me encontré con sus ojos. Ya no eran los ojos de la niña de nueve años que rescató a Pincel; había una determinación nueva en ellos, una chispa de madurez que me recordaba lo rápido que pasaba el tiempo.
Para mí, Lucía era un tesoro nacional que debía protegerse de los "vándalos" del mundo. Y ese tal Julián, con su bufanda de seda y sus citas en galerías pretenciosas, me parecía un error de cálculo.
—¿Julián otra vez? —pregunté, dejando el lápiz a un lado y apoyando los codos en las rodillas—. Lucía, ese chico habla mucho y dice poco. Lo vi el otro día; tiene aires de crítico de arte de cincuenta años atrapado en el cuerpo de un post-adolescente.
—Es amable, Mateo —me rebatió ella con esa calma que siempre me desarmaba—. Y me escucha cuando hablo de mis técnicas de veladura.
—Yo también te escucho —le recordé, sintiendo un instinto protector que me nacía del pecho como un resorte—. Es más, yo te traigo los pigmentos de mis viajes. Solo digo que... no dejes que te deslumbre con palabras técnicas. Tú eres la artista aquí. Él es solo un espectador.
Me puse en pie y le extendí la mano para ayudarla a levantarse. Su mano se sentía pequeña y delicada en la mía.
—Prométeme que si se pone aburrido con su teoría de la estética, me enviarás un mensaje —le dije, dándole un apretón cariñoso en el hombro—. Iré a rescatarte como si te hubieras caído al estanque otra vez.
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LUCIA
El café "El Pincel Bohemio" olía a granos quemados y a una superioridad moral que me estaba empezando a dar dolor de cabeza. Frente a mí, Julián sostenía su taza con el dedo meñique tan estirado que parecía una antena buscando señal satelital.
—¿Ves esa mancha en la pared, Lucía? —preguntó él, entornando los ojos tras sus gafas de montura circular—. No es humedad. Es una intervención orgánica. El artista decidió que el salitre fuera su co-autor. Es... disruptivo.
Miré la pared. Era humedad. Una filtración de manual que probablemente olía a moho, no a arte.
—Es una tubería rota, Julián —respondí, intentando que mi voz sonara plana.
Él soltó una risita condescendiente, de esas que te hacen querer mojar un pincel en pintura negra y trazarle una línea en la frente.
—Tu pragmatismo es tan... refrescante. Tan de "escuela antigua". Pero el arte posmoderno requiere que desnudemos el alma de los objetos.
"Desnudar el alma". Automáticamente, mi traicionero cerebro proyectó la imagen de Mateo en la biblioteca, con las mangas de la camisa remangadas, hablando de cómo la luz debía "golpear" la fachada para que el edificio no se sintiera muerto. Mateo no usaba palabras como "disruptivo"; él simplemente hacía que las cosas funcionaran.
—¿En qué piensas? —preguntó Julián, inclinándose tanto que su bufanda de seda rozó mi plato de galletas.
—En el siena natural —mentí, sintiendo una punzada de rabia—. En que el ocre es demasiado opaco para algunas fachadas.
—¡Exacto! El ocre es burgués. El siena es la tierra, el grito del oprimido —exclamó él, golpeando la mesa con tal entusiasmo que su café salpicó su impecable chaleco de lana.
Julián soltó un grito ahogado que seguramente se escuchó hasta Milán.
—¡Mi chaleco de cachemira orgánica! —drama puro. Sacó un pañuelo de seda y empezó a dar toquecitos frenéticos mientras murmuraba algo sobre la "tragedia textil".
Sentí una risa histérica burbujeando en mi garganta. Si Mateo se manchaba de café, simplemente se reía, se pasaba la mano por el pantalón y seguía dibujando como si nada importara más que el plano frente a él. Julián, en cambio, parecía estar viviendo el funeral de su prenda favorita.
"Deja de compararlos, Lucía. Por el amor de Dios, para", me ordené a mí misma, apretando el móvil en mi bolsillo.
Recordé la promesa que le hice a Mateo: "Si se pone aburrido... envíame un mensaje". No iba a hacerlo. Me negaba a darle la razón. Me negaba a ser la "madrina" rescatada otra vez.
—¿Sabes? He estado analizando tu última serie de jardines —dijo Julián, recuperando la compostura tras lograr que la mancha pareciera un mapa de Australia—. Ese azul que usas... es un grito de auxilio existencial. Es el vacío del ser intentando llenar el lienzo.
Me quedé helada. Ese azul era el azul de la chaqueta universitaria de Mateo. El azul que tardé semanas en conseguir mezclando cobalto y un toque de carmín cuando tenía diez años. No era vacío. Era gratitud. Era el color de la seguridad.
—Es solo azul, Julián —dije, y mi voz sonó más afilada de lo que pretendía.
—No, Lucía. Nada es "solo" algo. Tu subconsciente está atrapado en una estructura patriarcal de colores primarios. Deberías probar con el "no-color". El vacío.
En ese momento, Julián se levantó para ir a buscar más servilletas y, al hacerlo, su zapato de gamuza se enredó con la pata de la silla. Dio un traspié digno de una comedia muda, agitó los brazos como un pato intentando despegar y terminó sentado en la mesa vecina, justo encima del pastel de chocolate de una señora que lo miró con absoluto horror.
—¡La estética del accidente! —gritó Julián desde el suelo, tratando de mantener la dignidad mientras un hilo de chocolate le caía por la mejilla.
No pude más. Saqué el móvil. Mis dedos volaron sobre la pantalla con una furia que no sabía si era por Julián, por el chocolate o por el hecho de que, efectivamente, necesitaba un rescate.
"Ven a buscarme. El estanque está lleno de chocolate y teorías deconstructivistas. Date prisa antes de que empiece a hablar del 'no-color'."
Guardé el teléfono de golpe, con el corazón martilleando. Me sentía una traidora, una niña pequeña, una idiota. Pero sobre todo, sentía un alivio inmenso al saber que, en algún lugar de la ciudad, Mateo leería eso y sonreiría con esa chispa de "te lo dije" que tanto odiaba y que, secretamente, me moría por volver a ver.
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LUCÍA
Julián seguía en el suelo, intentando explicarle a la dueña del café que la mancha de chocolate en su pantalón de lino era una "metáfora visual del consumismo", mientras la señora lo amenazaba con la cuenta de la limpieza. Yo me sentía pequeña en mi silla, escondida tras mi taza fría, deseando que la tierra se tragara el café, a Julián y, sobre todo, mis ganas de salir corriendo.
Entonces, el tintineo de la campana de la puerta sonó. No fue un sonido fuerte, pero el aire en el local pareció cambiar, volviéndose más fresco, más... real.
Vi su silueta recortada contra el sol de la tarde antes de ver su rostro. Mateo entró con esa zancada segura, esquivando las mesas con la elegancia de quien conoce el plano de memoria. No llevaba la chaqueta de sastre; solo la camisa blanca con los botones del cuello abiertos y ese reloj de pulsera que siempre consultaba cuando estaba concentrado.
Sus ojos miel barrieron el lugar hasta que chocaron con los míos. No hubo sorpresa, solo una chispa de diversión que me hizo arder la cara.
—Vaya, vaya... —su voz profunda cortó el balbuceo de Julián como un bisturí—. Parece que la teoría de la estética ha tenido un pequeño problema de gravedad.
Julián levantó la vista desde el suelo, con un trozo de pastel todavía pegado a su bufanda de seda.
—¿Quién es usted? —balbuceó Julián, tratando de ponerse de pie con la dignidad que le quedaba (que era poca).
Mateo ni siquiera lo miró. Se detuvo frente a mi mesa, apoyando una mano en el respaldo de mi silla. Sentí el calor de su presencia envolviéndome, borrando el olor a café quemado.
—Soy el ingeniero de estructuras —respondió Mateo con una seriedad fingida que solo yo podía detectar—. He venido a revisar una falla crítica en esta cita. Lucía, tenemos una emergencia en el estudio. El gris perla no está funcionando y necesito a mi consultora de color ahora mismo.
Me puse de pie de un salto, recogiendo mi bolso con una urgencia casi cómica.
—¡Es verdad! Los planos... —seguí la corriente, aunque mi corazón martilleaba por razones que no tenían nada que ver con el trabajo.
—Pero... ¡Lucía! —protestó Julián, tambaleándose—. ¡Todavía no hemos analizado el vacío del no-color!
Mateo finalmente bajó la vista hacia él. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo exacto en la mancha de chocolate de su mejilla.
—El vacío te queda bien, Julián. Muy... disruptivo —dijo Mateo, robándole la palabra favorita al chico con una sonrisa que era puro veneno envuelto en miel—. Pero me temo que Lucía prefiere los colores que sí existen.
Antes de que Julián pudiera articular otra frase sobre el post-modernismo, Mateo me puso la mano en la base de la espalda. No fue un empujón, fue una guía, una marca de territorio que me hizo caminar hacia la salida sin mirar atrás.
Al salir a la calle, el aire fresco me golpeó la cara. Caminamos unos metros en silencio hasta que llegamos a su coche. Mateo se detuvo, se apoyó contra la puerta del conductor y me miró. El silencio ya no era denso; era esa complicidad eléctrica que compartíamos en la biblioteca.
—¿Chocolate y teorías deconstructivistas, eh? —preguntó, cruzando los brazos sobre el pecho. La risa que había estado conteniendo finalmente estalló en sus ojos—. Lulú, ese chico es una receta para el desastre de proporciones bíblicas.
—¡Cállate! —le espeté, aunque no podía dejar de sonreír—. Tenía buenas intenciones. Solo que... es un poco intenso con la poesía.
—Un poco intenso —repitió él, negando con la cabeza—. Lucía, casi se come el pastel de una desconocida de un sentón. Eso no es intensidad, es comedia física.
Me apoyé en la pared, sintiendo cómo el enojo contra mí misma se disolvía. Estaba a salvo. Estaba con él. Y aunque me juré que no le daría la razón, allí estaba, disfrutando de que me hubiera rescatado.
—Gracias, Mateo —susurré, bajando la vista a mis manos—. Realmente... me estaba asfixiando.
Él dio un paso hacia mí, acortando la distancia. Su sombra me cubrió, igual que aquel día en el estanque. Levantó la mano y, con una suavidad que me detuvo el pulso, me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Te lo dije, pequeña —susurró, y esta vez la palabra "pequeña" no sonó a muro, sino a promesa—. No te conformes con menos de lo que mereces. Ahora, vamos a por un helado de verdad. Uno que no termine en la cara de nadie.
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LUCÍA
El aire acondicionado del Jeep de Mateo era un bálsamo después del bochorno del café, pero dentro del coche se estaba gestando un calor diferente. Uno que no se quitaba con ventilación. Mateo conducía con una mano en el volante, relajado, mientras la otra descansaba sobre la palanca de cambios, peligrosamente cerca de mi rodilla.
Nos detuvimos frente a una pequeña heladería artesanal cerca del parque. No había poetas pretenciosos, solo el olor a barquillo recién hecho y el sonido de las hojas del gran roble moviéndose con la brisa.
—Dos de vainilla con veteado de caramelo —pidió Mateo sin preguntarme. Conocía mis gustos mejor que yo misma—. Y ponle extra de esa cobertura crujiente. La señorita ha tenido una tarde... deconstructivista.
Le di un empujoncito con el hombro mientras esperábamos. Él se rió, esa risa baja que vibraba en su pecho y que siempre me hacía sentir como si estuviera caminando sobre la cuerda floja.
Caminamos hacia el banco de piedra donde solíamos sentarnos cuando yo era niña, bajo la sombra del sauce. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un naranja encendido que Mateo habría llamado "un error de saturación" y que yo llamaría "esperanza".
—¿Mejor? —preguntó él, dándole un mordisco a su barquillo.
—Mucho mejor —admití, observándolo de reojo.
Mateo se había manchado un poco de helado en la comisura de los labios. Era una mancha mínima, casi invisible, pero para mis ojos de artista era el único punto de enfoque en todo el universo. Mi corazón empezó a latir con un ritmo errático, pesado.
—Tienes... tienes un poco de helado ahí —susurré, señalando mi propia boca.
Él sonrió, pero no se limpió. Se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler el azúcar y el aroma cítrico de su piel.
—¿Dónde? ¿Aquí? —preguntó, rozando su labio superior con el dedo, pero fallando a propósito.
Estábamos tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos miel. El silencio del parque se volvió denso, cargado de una electricidad que me quemaba las yemas de los dedos. Ya no era la niña del estanque. Ya no era la sobrina de sus amigos. En ese momento, solo era una mujer que deseaba borrar esa distancia de un solo movimiento.
Sin ser consciente de mis propios actos, me incliné hacia él. Mi mirada bajó a sus labios y luego volvió a sus ojos, buscando un permiso que mi cuerpo ya había dado por sentado. Mi mano subió, rozando la tela de su camisa blanca, buscando su rostro. Estaba a milímetros. Podía sentir su respiración cálida contra mi boca. Cerré los ojos, entregándome a la gravedad de ese beso que llevaba años dibujando en secreto...
—¡Vaya! Mira qué hora es —la voz de Mateo sonó clara y perfectamente normal, rompiendo el hechizo como un cristal estallando—. Tu tío Sebastián me va a colgar si te devuelvo tarde a casa.
Abrí los ojos de golpe, desorientada. Mateo se había echado hacia atrás con una agilidad pasmosa, limpiándose la comisura del labio con una servilleta de papel con total naturalidad, como si el momento anterior nunca hubiera existido.
Me quedé congelada, con la mano aún en el aire, sintiéndome la persona más ridícula del planeta.
—Sí... la hora —logré decir, aunque mi voz sonó como si viniera del fondo de un pozo.
—Además, mañana tengo que entregar los planos del museo y todavía no he decidido si el gris perla es suficiente —continuó él, levantándose del banco y extendiéndome la mano para ayudarme, con esa sonrisa de "chico sol" que ahora me parecía un insulto—. Vamos, madrina. No queremos que Dulce María empiece a imaginar que te has escapado a Milán.
Caminé hacia el coche sintiendo que mis mejillas ardían más que el sol del mediodía. Lo observé mientras rodeaba el coche: caminaba con paso firme, silbando una melodía cualquiera, totalmente ajeno al incendio que casi me consume a escasos centímetros de su boca.
Él lo sabía. Tenía que saberlo. Nadie podía estar tan cerca de alguien y no sentir ese tirón. Pero al fingir que no había pasado nada, me estaba enviando un mensaje mucho más doloroso que un rechazo directo: para él, yo seguía siendo la niña que necesitaba ser protegida de sus propios impulsos.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta. Si Mateo quería jugar al juego de la indiferencia, yo le enseñaría que una artista sabe mezclar los colores más fríos del catálogo.




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