Pinceladas de Sentimientos

VIII

MATEO

El calor de la tarde en la mansión de mis padres era sofocante, pero nada comparado con la presión que sentía en el pecho desde que puse un pie en el jardín. Se suponía que era un día de celebración; Valeria cumplía diecinueve y la casa estaba llena de universitarios que gritaban y bebían como si el mundo se fuera a acabar mañana.

Me acerqué a la hielera, buscando una cerveza que me ayudara a ignorar que, a mis veintisiete años, ya no encajaba en este ruido. A mi lado, un grupo de amigos del novio de mi hermana soltó una carcajada que me puso los pelos de punta.

—Oye, ¿y ese bombón de blanco? —soltó uno, señalando hacia la piscina—. Mira ese culote, hermano. ¿De quién es?

Sentí un chispazo de ira. Iba a soltarles un comentario pesado sobre el respeto, pensando que hablaban de mi hermana, pero seguí su mirada.

Se me detuvo el corazón.

Junto al borde del agua, una mujer joven reía con Martina. Llevaba un bikini blanco que resaltaba una piel bronceada y unas curvas que mi cerebro se negaba a procesar. Tenía el cabello recogido, dejando a la vista una nuca elegante y unos hombros que brillaban bajo el sol.

—Es Lucía, la mejor amiga de Vale —respondió otro, con un tono que me dio asco—. Está soltera. Según Vale, nunca ha tenido novio. Yo hoy me lanzo, no pierdo nada con intentar domar a esa fiera.

Caminé a zancadas hacia mi primo Daniel, que estaba apoyado en una columna observando la misma escena.

—¿Escuchaste a esos idiotas? —le siseé, con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes—. Hablan de Lulú como si fuera un trozo de carne.

Daniel me miró de reojo y soltó una risita ladeada, sin apartar los ojos de la chica del bikini.
—Relájate, primo. Es que, siendo honestos… Lucía está buenísima. Mírala. Ha crecido muy bien.

—¡Es una chiquilla, Daniel! —estallé en un susurro.

Él se giró hacia mí, clavándome una mirada de burla.
—No, Mateo. Una niña es la que rescató a Pincel hace diez años. Lo que hay ahí es una mujer, una hembra y bien buenorra, por cierto. Si tú no quieres verlo porque te sientes su "tío" o algo parecido, es tu problema, pero el resto de los hombres aquí tenemos ojos.

Volví a mirarla. Vi la línea de su espalda, la curva de su cadera, la forma en que el agua resbalaba por su piel. Sentí una punzada de posesividad tan oscura y urgente que me asustó.

Vi que se despedía de las chicas y caminaba hacia la cocina exterior. Sin pensarlo, agarré el pareo que ella había dejado en una silla y la seguí.

La alcancé justo cuando abría la nevera. La luz de la tarde entraba por el ventanal, silueteando su figura de una forma que me hizo tragar saliva.

—Lulú —mi voz salió más ronca de lo que pretendía.

LUCIA

Escuchar mi nombre en su voz siempre me provocaba un escalofrío, pero hoy sonó diferente. Más bajo. Más peligroso. Me giré y me encontré con Mateo. Estaba extrañamente pálido y sus ojos miel, que siempre habían sido mi refugio, estaban oscuros, casi negros.

—¿Mateo? ¿Pasa algo? —pregunté, tratando de sonar casual aunque el corazón me dio un vuelco.

Él no respondió. Se acercó a mí con pasos rápidos, invadiendo mi espacio personal. Podía oler el alcohol de su aliento y el calor que emanaba de su cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar, pasó el pareo de seda alrededor de mis caderas. Sus manos rozaron mi piel y sentí una descarga eléctrica que me dejó sin aire.

Me anudó la tela con una brusquedad que no le conocía, ocultando mis piernas, ocultando todo.
Fruncí el ceño, confundida. Sentía el calor de sus dedos todavía quemándome la cintura.

—¿Qué haces, Mateo?

Él no me miró a los ojos. Mantuvo la vista baja, su respiración era pesada y su mandíbula estaba tensa, como si estuviera conteniendo un grito.
—Hay mucha gente afuera, Lucía. Tápate —soltó.

Se dio la vuelta y se alejó sin decir más, dejándome sola en la cocina con el pulso acelerado.
Me quedé mirando el nudo del pareo. Por primera vez en años me sentí reclamada. Y una parte de mí, la que llevaba años pintando sus ojos en secreto, sintió un triunfo esperanzador.
El muro de piedra que nos separaba acababa de empezar a agrietarse.

Mateo
El resto de la tarde fue un descenso al infierno. Me quedé en una esquina de la terraza, con una cerveza caliente en la mano que ni siquiera probaba. Mis ojos, traidores y rebeldes, no podían dejar de seguirla.

Ver a Lucía con ese pareo que yo mismo le había anudado no me dio paz. Al contrario. Ahora mi mente jugaba a recordar exactamente qué había debajo de esa tela de seda. Es la hija que Sebastián adora. Es la niña que rescató a mi perro. Es la amiga de Valeria. Es tu "madrina", maldita sea, me repetía a mí mismo como un mantra, pero mi cuerpo no escuchaba razones.

Cada vez que un tipo se le acercaba para hablarle, sentía una descarga de adrenalina que me daban ganas de estampar la botella contra la pared. No era protección. Era un hambre posesiva que me daba asco de mí mismo. Me sentía como un adolescente fuera de control.

—¿Sigues con esa cara de perro, Mateo? —Daniel pasó a mi lado, ya con varias copas encima—. Deja de vigilarla y ve a buscarte a alguien de tu edad. Hay un par de amigas de Valeria que te están comiendo con los ojos, lo que necesitas es un poco de acción.

—Cállate, Daniel —masqué, sin apartar la vista de la pista de baile improvisada junto a la piscina.

La noche había caído y la música estaba más alta. Lucía estaba en el centro, riendo con Valeria y Martina. Tenía una margarita en la mano y sus movimientos eran sueltos, fluidos... peligrosamente libres. Nunca la había visto beber. Nunca la había visto así.

LUCIA
El tequila tenía un sabor a fuego y libertad que necesitaba desesperadamente. Después del extraño encuentro en la cocina con Mateo, sentí que el aire me faltaba. ¿"Tápate"? ¿En serio? Estaba confundida. Me sentía dividida en dos sentimientos. No sabía cómo interpretar el comportamiento de Mateo. La parte más ilusa de mi quería creer que de alguna modo quería cubrir mi cuerpo porque se sentía celoso como hombre.




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