Pinceladas de Sentimientos

IX

LUCIA
Me desperté con el sonido de un martillo golpeando rítmicamente dentro de mi cráneo. La luz que se filtraba por las cortinas de seda de mi habitación se sentía como agujas en mis ojos. Me cubrí la cara con la almohada, intentando recordar cómo había llegado a mi cama.

Imágenes inconexas empezaron a desfilar por mi mente: el sabor amargo del tequila, la risa estridente de Valeria, el agua azul de la piscina... y luego, él.

Sentí un vuelco en el estómago que no tenía nada que ver con la resaca. Recordaba a Mateo. Recordaba sus manos fuertes rodeando mi cintura en la cocina, el nudo apretado del pareo... y el coche. Recordaba el olor a cuero y su voz, una vibración baja y peligrosa que me decía que ya no era una niña.

«Te saqué de esa fiesta porque no soportaba ver a otros hombres mirándote como yo lo estaba haciendo».

Me senté de golpe en la cama, ignorando el mareo. ¿Él realmente había dicho eso? ¿O era solo mi subconsciente proyectando mis delirios de adolescencia en un vacío provocado por el alcohol?

Me toqué la nuca, buscando el rastro de su calor, pero solo encontré mi piel fría. Miré hacia el sillón de mi habitación y allí estaba: el pareo de seda blanca, arrugado y anudado de una forma tosca que yo nunca habría hecho.

—No pudo ser un sueño —susurré, con la voz quebrada—. Pero... él nunca diría algo así. Él me ve como a su "madrina".

Me levanté y me miré al espejo. Tenía el rímel corrido y los labios un poco hinchados. Parecía una extraña. Si Mateo me había visto así, si realmente me había gritado su deseo en el coche... ¿cómo iba a mirarlo a la cara hoy?

Me obligué a entrar en la ducha, dejando que el agua helada borrara el rastro del tequila, pero no el de sus palabras. "Hambre". Eso era lo que había visto en sus ojos antes de que me soltara como si mi piel le quemara las manos.
Salí del baño envuelta en mi bata de seda y me senté frente al caballete que él mismo me había regalado a los catorce años. Allí, entre mis pinceles, me sentía protegida. Pero hoy, la madera de haya parecía juzgarme. ¿Cómo podía seguir siendo su "consultora de color" después de lo que pasó en el coche?.
Un golpe seco en mi puerta me hizo saltar.
— ¿Lulú? ¿Estás despierta? —Era la voz de mi tía Dulce María, suave como siempre, pero con una nota de preocupación que me erizó los pelos de la nuca.
— Sí, tía. Pasa.
Ella entró con una bandeja: café negro y unas tostadas. Se sentó en el borde de mi cama y suspiró.
— Tu tío está abajo, en el despacho... con Mateo. —Hizo una pausa, observando el pareo blanco arrugado sobre el sillón—. Sebastián está furioso porque dice que Mateo te trajo a casa "de malas maneras". Cree que te regañó demasiado por lo de la fiesta.
Mi corazón se detuvo. Si mi tío sabía que Mateo me había sacado a la fuerza, pero no sabía el porqué real, Mateo estaba en un callejón sin salida.

MATEO
Entré en el despacho con el peso de la noche anterior todavía quemándome la piel. Sebastián no estaba sentado; permanecía de pie junto al ventanal, observando el jardín con las manos entrelazadas a la espalda. El silencio era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de pared como si fueran martillazos.
— Siéntate, Mateo —dijo, sin girarse. No era una invitación, era una orden técnica.
Me senté en la silla de cuero frente a su escritorio. Sebastián se giró lentamente. No había rastro de furia en su rostro, solo una decepción gélida que me resultó mucho más aterradora que cualquier grito.
— Te hemos abierto las puertas de esta casa durante diez años —empezó, apoyando las palmas de las manos sobre el escritorio y moviéndose con una parsimonia calculada—. Te confié la seguridad de Lucía porque creí que compartíamos el mismo código de honor. Pero anoche... anoche cruzaste una línea que no te pertenece.
— Sebastián, ella no estaba en condiciones de... —intenté interrumpir, pero él levantó un dedo, silenciándome al instante.
— Lucía tiene dieciocho años, Mateo. Es una mujer legalmente adulta y, sobre todo, es mi responsabilidad, no la tuya —su voz bajó un tono, volviéndose más afilada—. Me informan que la sacaste de la fiesta de tu propia hermana de forma violenta. Que la forzaste a subir a tu coche mientras ella protestaba.
Sostuvo mi mirada con una fijeza que me hizo desviar la vista.
— No quería asustarla —logré decir, con la garganta seca.
— Pues lo hiciste. La dejaste en la puerta y te fuiste quemando llantas. Dulce la encontró llorando en el vestíbulo.—sentenció él, sentándose finalmente en su sillón de piel—. Está en su habitación, intentando entender por qué el hombre al que admiraba la trató tan mal anoche. Si vas a disculparte hazlo como un caballero. Lulú es especial Mateo, no quisiera perderla de nuevo nunca más.
Esa frase me atravesó como una viga mal calculada. ¿Llorando? ¿La había hecho llorar?

LUCÍA
Escuché los pasos pesados de Mateo subiendo la escalera de mármol. No eran los pasos ligeros del chico que me traía planos; eran los de un hombre que acababa de ser sentenciado. Me puse en pie, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi bata.
Cuando la puerta se abrió, no esperé a que hablara.
—¿Viniste a pedir permiso para elegir mi ropa de hoy también? —solté, con una voz que pretendía ser de acero pero que traicionaba un ligero temblor.
Mateo se detuvo en el umbral. Tenía el cabello más revuelto que de costumbre y las ojeras de quien ha pasado la noche peleando con fantasmas. Dio un paso hacia adentro, cerrando la puerta a sus espaldas, y el espacio de mi habitación, que antes parecía inmenso, se volvió asfixiante.
—Tu tío casi me mata abajo, Lucía —dijo él, ignorando mi sarcasmo. Su voz era un susurro ronco que me recordó el calor del coche—. Dice que te hice llorar.
—Lloré de rabia, Mateo. De la rabia de que me trataras como a una tonta frente a todos —mentí, aunque ambos sabíamos que las lágrimas eran por el peso de sus palabras en la oscuridad—. ¿Qué fue lo que me dijiste anoche?
Me acerqué a él, desafiando la distancia de seguridad que él había impuesto.
—Dilo otra vez ahora que no hay tequila de por medio.




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