Las puertas con bordes dorados de la entrada de SweetParck se abrieron ante él.
El enorme vestíbulo brillaba bajo la luz de los candelabros de cristal.
El mármol pulido reflejaba las figuras que iban y venían entre recepcionistas impecables, camareros elegantes y huéspedes tan diversos como extraños.
En aquel lugar era perfectamente normal cruzarse con un demonio de cuernos negros revisando documentos, una hada de alas luminosas tomando té junto a una ventana o un brujo discutiendo negocios con un elfo del bosque.
SweetParck no era un hotel común. Era uno de los pocos lugares del mundo donde criaturas de todas las especies podían convivir bajo el mismo techo.
Un refugio de lujo para seres poderosos, ricos o peligrosos.
Allí se cerraban acuerdos, se escondían secretos y se apostaban fortunas capaces de cambiar destinos enteros.
Y todo aquello le pertenecía a una sola persona.
Aleksander Valerian.
Dueño de ese lujoso hotel casino .
Sus pasos resonaban sobre el mármol mientras avanzaba por el vestíbulo.
No necesitaba levantar la voz ni exigir respeto. Su sola presencia bastaba para que las conversaciones disminuyeran y las miradas se apartaran de su camino.
Nadie se atrevía a detenerlo.
Y aquella noche , por la expresión oscura en su rostro, nadie tenía la intención de intentarlo.
Aleksander avanzó por los pasillos con la misma expresión con la que un rey cansado inspeccionaría su propio reino.
Las máquinas sonaban a lo lejos. Risas falsas.
Copas caras.
Perfume excesivo.
Miseria elegantemente vestida.
No miraba a nadie, no necesitaba hacerlo.
Sus pasos eran tranquilos, firmes, perfectamente medidos.
Se dirigía a la oficina del gerente: un humano desagradable, codicioso y perpetuamente sudoroso que probablemente vendería a su propia madre si el porcentaje de ganancia resultaba lo bastante atractivo.
Aleksander no sentía nada particular respecto a eso.
Los humanos siempre habían sido así , demasiado influenciables .
Planeaba seguir de largo cuando algo lo detuvo.
No era una melodía, ni una voz en particular, ni siquiera era el murmullo avasallante de la gente en el balcón, por una pelea en el jardín.
Simplemente era un aroma que se introdujo descaradamente en sus sentidos.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Aleksander frenó apenas un segundo. Imperceptible para cualquiera. Pero para alguien como él, una criatura que llevaba siglos caminando entre mortales sin sorprenderse jamás ,aquello... rozaba la violencia.
Giró el rostro lentamente hacia el bar.
El lugar era vulgarmente ruidoso .
Alcohol barato disfrazado de lujo.
Humo de cigarrillo pegándose a las paredes como una enfermedad vieja.
Lo detestaba completamente.
Y sin embargo…
Ahí estaba.
Algo rosa brillando en la barra como un insulto a toda la sobriedad del ambiente.
No debería existir.
No en aquel lugar.
No entre demonios, brujos y criaturas acostumbradas a esconder los colores brillantes bajo capas de elegancia oscura.
Aleksander avanzó por puro instinto, incapaz de ignorar aquel aroma extraño que parecía deslizarse directamente debajo de su piel.
Dulce.
Fresco.
Ridículamente vivo y un poco eléctrico.
Se detuvo detrás de la figura.
Cabello rosado.
Piel clara.
Sentado sobre un taburete, balanceando distraídamente una pierna.
Rosa.
Escandalosamente rosa.
Tan fuera de lugar que parecía una broma.
Y por alguna razón que Aleksander no comprendió de inmediato, no pudo apartar la mirada.
La criatura ni siquiera se molestó en girarse.
—Algodón de azúcar y jengibre...—dijo una voz tranquila.
Aleksander frunció apenas el ceño.
—¿Perdón?
Ahora sí, el muchacho giró el rostro hacia él.
Y por un instante, Aleksander olvidó respirar.
Hermoso.
No de una forma delicada ni elegante.
Hermoso de la manera en que ciertas cosas existen solo para causar problemas.
Sus ojos tenían ese brillo insolente de la gente que jamás aprendió a temer correctamente.
—Mi perfume es de algodón de azúcar y jengibre , estúpido.
Aleksander quedó inmóvil.
Hacía décadas que nadie le hablaba así.
Tal vez siglos.
Observó lentamente al muchacho de arriba abajo.
La boca bonita, aunque su expresión era demasiado arrogante.
La copa medio vacía entre los dedos.
—¿Estás ebrio o tu hobby es olfatear personas? —preguntó el chico con desdén.
-¿Y tu?...¿ estas ebrio o te gusta jugar con fuego ? -respondio Aleksander, intrigado.
El muchacho lo observó durante un instante.
El traje impecable.
Los guardaespaldas.
La expresión de alguien demasiado acostumbrado a dar órdenes.
El chico soltó una pequeña risa nasal.
Encantador además de irritante.
Qué desgracia.
Porque sí, su rostro era extraordinariamente perfecto .
Sus modales, en cambio, daban ganas de arrojarlo al vacío eterno.
Y aun así… Aleksander, que hasta hacía apenas unos minutos caminaba por su propio imperio sintiéndose un cadáver elegantemente vestido, sintió algo extraño deslizarse dentro de él. Interés.
Una sensación pequeña pero peligrosa.
Aleksander quedó ridículamente cautivado.
Lo peor era que la criatura de cabello rosa no parecía impresionada en lo más mínimo.
Ni fascinado.
Ni nervioso.
Ni siquiera curioso.
Como si hombres como Aleksander aparecieran todas las noches saliendo de las sombras para observarlo respirar.
El muchacho terminó su copa de un solo trago y dejó el vaso sobre la barra con un pequeño golpe seco.
Ni una mirada más.
Simplemente se dio vuelta para irse.
Y aquello… aquello resultó completamente inaceptable para Aleksander que reaccionó antes de pensarlo.
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Editado: 04.07.2026