Pink Halo

3. Pink Halo

Aleksander permanecía sentado en el enorme sillón de cuero negro, una pierna cruzada sobre la otra, los dedos apoyados contra el apoyabrazos mientras su mente seguía atrapada en el mismo problema ridículo.

El chico de cabello rosa.

¿Quién era?

¿Y por qué demonios le resultaba tan interesante?

Peor aún…

¿Quién en su sano juicio se atrevía a llamarlo anciano y estúpido con semejante tranquilidad?

La humanidad había perdido completamente el instinto de supervivencia.

—¿Señor…?

La voz del gerente atravesó sus pensamientos como una cucaracha caminando sobre porcelana fina.

Molesto, Aleksander levantó lentamente la mirada.

El hombre lo notó enseguida y tragó saliva.

—Disculpe, señor, no quiero ser intrometido, pero… ¿está aquí por algo en particular?

Aleksander se acomodó apenas en el sillón, impecable incluso estando claramente irritado.

—¿Tendría que ser así?

—No, no, señor, claro que no.

Es que yo…

—Se corre el rumor de que uno de mis socios está traicionándome —dijo Aleksander con una tranquilidad demasiado perfecta—. Vine personalmente para resolverlo. Y hasta que lo haga… me quedaré aquí.

Hizo una pausa mínima.

—¿Hay algún problema?

El gerente abrió los ojos de par en par.

—¡No, señor! Claro que…

El teléfono sonó.

El hombre atendió enseguida y cortó apenas escuchó dos palabras.

—Señor, estoy completamente a su disposición para cualqui—

El teléfono volvió a sonar.

Una vena palpitó en la frente del gerente.

Aleksander observó la escena con visible desagrado.

—Atienda—ordenó secamente -quiero saber porqué nos interrumpen.

El gerente obedeció y presionó el altavoz.

—Señor gerente… tenemos un pequeño problema…

La voz nerviosa de la recepcionista llenó la oficina.

El hombre cerró los ojos un segundo, claramente conteniendo las ganas de gritar.

—¿Alisson? ¿Qué pasa ahora?

—Pink Halo está furioso. Golpeó a un cliente VIP y…

Aleksander levantó apenas una ceja.

Pink Halo.

Nombre ridículo.

Pero algo interesante.

El gerente tomó el tubo del teléfono y habló entre dientes:

—Alisson, dile a los chicos que se ocupen de esa puta barata ahora mismo.

—Señor… ese es el problema —susurró la mujer—. Pink los golpeó a ellos también… y ahora va para ahí.

El gerente giró lentamente hacia la puerta.

Y justo entonces…

La puerta se abrió de golpe.

Aleksander reconoció inmediatamente aquella figura.

El chico de cabello rosa irrumpió en la oficina como una tormenta furiosa.

Pero ahora era distinto.

Mucho más peligroso.

Tenía el cabello húmedo, pegado a la frente por el sudor.

La ropa rasgada.

Manchas de sangre sobre la camisa.

Un corte abierto en el labio inferior dejaba caer una línea roja por su mentón.

Y sus ojos… Ámbar brillante.

Hermosos.

Violentos.

—¡Maldito seas! —escupió entrando.

Cruzó la oficina en segundos y agarró al gerente de la camisa violentamente.

Aleksander no apartó la vista.

Porque incluso destrozado, furioso y sangrando… aquel chico seguía siendo absurdamente fascinante.

—¡Era un maldito demonio! —gritó.

El gerente levantó las manos enseguida, fingiendo inocencia.

—¿De qué estás hablando, Pinkie?

Error.

Gravísimo error.

La expresión del chico se volvió todavía más oscura.

—¡El cliente que me obligaste a atender! —lo acercó bruscamente hacia él y susurró con furia—. Te dije que demonios no.

Ah.

Ahora todo tenía sentido.

Aleksander observó en silencio.

El gerente soltó una risa nerviosa.

—Bueno, chico, entiéndeme… no sé diferenciarlos. Demonios, brujos, súcubos… todos se parecen.

El muchacho apretó tanto la mandíbula que por un momento Aleksander creyó que realmente iba a arrancarle la garganta ahí mismo.

Lástima que no lo hizo.

El gerente apartó las manos del chico y acomodó su camisa con desprecio.

—Sabes que está prohibido golpear clientes, ¿no?

—Pero él me—

—Y también golpeaste a mis hombres.

Eso cuesta dinero.

El chico bajó lentamente la vista hacia sus propias manos.

Aleksander notó los nudillos partidos.

Moretones.

Rasguños.

Claramente se había defendido.

Y también estaba claro que al gerente no le importaba en absoluto.

Qué criatura miserable.

SweetPark siempre había atraído basura, pero ese humano en particular parecía esforzarse activamente por superar el promedio.

—Después vamos a tener una charla —continuó el gerente—. Ahora quiero que te largues de mi vista.

—Pero…

—¡Que desaparezcas te dije!

El grito retumbó en toda la oficina.

Y entonces ocurrió algo curioso.

El chico obedeció.

No porque tuviera miedo.

Aleksander podía verlo perfectamente.

No era miedo lo que tensaba sus hombros.

Era costumbre.

Eso resultó… desagradable.

El muchacho se sujetó el brazo lastimado con dolor, lanzó una breve mirada de reojo hacia Aleksander —desconfiada, molesta, agotada— y salió de la oficina sin decir una sola palabra.

Silencio.

El gerente suspiró y se pasó la mano por el cabello, intentando recomponerse.

—No se preocupe, señor. Problemas domésticos. Nada de qué alarmarse.

Aleksander lo observó unos segundos.

Y por primera vez desde que había entrado en esa oficina, sonrió apenas.

Una sonrisa pequeña.

Fría.

Un tanto peligrosa.

Porque acababa de decidir dos cosas.

La primera: el gerente probablemente sí era uno de sus principales sospechosos .

La segunda: Pink Halo acababa de convertirse en asunto suyo.




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