Pink Halo

6. ¿Que sabor tienes?

Pink Halo caminaba por el pasillo como si estuviera atravesando el mismísimo infierno.

Y probablemente el infierno tendría mejor ambiente.

Su furia iba dos pasos delante de él, arrastrando todo a su paso.

Cada empleado que lo veía acercarse se pegaba automáticamente a la pared para no quedar atrapado en la tormenta.

—Malditos clientes VIP… maldito hotel… malditos ricos degenerados… —murmuraba sin parar mientras avanzaba.

El eco de sus tacos resonaba violentamente en el corredor elegante.

Se repetía la misma historia.

Otra vez lo obligaban a atender a uno de esos “clientes especiales”.

Pink quería arrancarle la cabeza al gerente.

Literalmente.

Lo habían agarrado entre cinco personas para meterlo en una bañera porque se negaba a cooperar.

Cinco.

Y aun así había mordido a uno.

—¡No necesito que me froten como a un maldito caniche de concurso! —había gritado mientras intentaban lavarle el cabello.

Después vino la ropa.

Horrible.

Absolutamente horrible y vulgar.

Pantalón negro ajustado.

Camisa oscura semiabierta mostrando apenas las vendas bajo su piel.

Joyas plateadas.

Porlomenos tiro contra la pared el perfume asqueroso que le querían echar .

Pink se había mirado al espejo y había querido incendiar algo.

—Parezco una fantasía sexual deprimida…

Y el encargado, completamente agotado, había perdido toda paciencia.

“Si le tocas un solo pelo al cliente te echo a la calle.”

Pink sintió que la vena de la frente le palpitaba al recordar eso.

—¡Maldito viejo estúpido! —gritó en medio del pasillo.

Una pareja de elfos que salía de otra suite se sobresaltó.

Pink ni los miró.

Siguió avanzando mascullando amenazas homicidas en tres dialectos distintos.

Pero debajo de toda esa rabia había otra cosa.

Algo peor.

Nervios.

Porque no sabía quién estaba esperando del otro lado de esa puerta.

¿Y si era el mismo demonio ?

Pink tragó saliva con rabia.

Sus instintos angelicales seguían inquietos bajo la piel, arañándolo desde adentro como si quisieran hacerlo correr.

Solo llevaba su dignidad y su fragancia a algodón de azúcar.

Pero él continuó caminando.

Orgulloso.

Furioso.

Herido.

Hasta detenerse frente a la enorme puerta negra del penthouse.

Se quedó quieto unos segundos.

Después levantó una mano.

Y golpeó la puerta como si quisiera romperla.

Solo para molestar.

La puerta se abrió sola.

Pink frunció el ceño inmediatamente.

—Claro… qué normal todo esto…

Entró despacio, mirando alrededor.

El lugar era ridículamente enorme. Mucho más grande que cualquier otra habitación del hotel.

Era muy elegante.

El silencio en la oscuridad era demasiado perturbador.

Había cuadros antiguos, muebles negros, velas encendidas y ventanales gigantes cubiertos por cortinas pesadas.

Y entonces Pink notó algo extraño.

No había número en la puerta.

Nunca había visto esa habitación en su vida.

Ni una sola vez.

Nunca había subido al último piso.

El escalofrío volvió.

¿La habitación del dueño del lugar…?

—¿Te gusta?

La voz detrás de él hizo que Pink se diera vuelta de golpe.

Ahí estaba.

El hombre del bar.

El que lo había estado mirando de esa forma insoportable.

Pero no era él...

No era el monstruo que Pink había creído, el de la otra noche.

Eso solo lo confundía más.

—¿Y quién mierda se supone que eres ? —espetó Pink.

El hombre no respondió enseguida. Caminó lentamente por la habitación hasta una mesa llena de botellas de cristal.

Sus movimientos eran tranquilos y elegantes. Demasiado seguros. Sirvió vino en una copa sin siquiera mirarlo.

—Pink Halo… ¿verdad?

Pink cruzó los brazos, todavía tenso.

—Depende quién pregunte.

El hombre soltó una pequeña risa.

—Qué nombre tan patético…

Pink explotó inmediatamente.

—¡No vine hasta aquí para que te burles de mí, maldito enfermo!

Cruzó la habitación furioso y lo agarró de la camisa con violencia.

La copa ni siquiera tembló en la mano del otro.

Aleksander apenas bajó la mirada hacia los dedos aferrados a su ropa.

Y después sonrió.

Lento.

Peligroso.

—Ah… —murmuró cerca de su boca—. ¿Y para qué piensas que estás aquí?

El tono le erizó la piel.

Pink abrió la boca para responder… y recordó la amenaza del gerente.

“Te echo a la calle.”

Mierda.

Su expresión cambió apenas.

Y soltó la camisa con fastidio.

—Maldita sea… —gruñó entre dientes.

Pero antes de que pudiera alejarse, Aleksander le atrapó la muñeca.

En el mismo movimiento, la otra mano se cerró alrededor de su cintura y lo arrastró hacia él de un tirón brusco.

Pink chocó contra su pecho.

—¡¿Qué—?!

—No te preocupes… —susurró Aleksander junto a su oído—. No voy a hacerte daño , solo ... quiero saber que sabor tienes...

Pink lo sintió en cada fibra de su cuerpo.

Aleksander apartó lentamente el cabello rosa de su cuello.

Y entonces ocurrió.

Los colmillos aparecieron.

Largos.

Blancos.

Antinaturalmente afilados.

Pink abrió los ojos de par en par.

—…No puede ser—

El dolor atravesó su cuello en el instante en que los colmillos se clavaron en su piel.

Su cuerpo se tensó violentamente.

Un jadeo ahogado escapó de su garganta mientras sus manos se aferraban a la camisa negra de Aleksander.

Vampiro.

Ese hombre era un vampiro.

Y por la forma desesperada en que bebía de él…

Uno que llevaba muchísimo tiempo hambriento.




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