Pink Halo

13. Mapache rabioso

—Entonces si redireccionamos los ingresos de la fábrica hacia la división del norte podemos recuperar casi el treinta por ciento de— Leónidas seguía hablando con absoluta seriedad, mientras revisaba una pila interminable de documentos sobre la mesa del penthause.

Pero Aleksander apenas lo escuchaba.

Mantenía la mirada fija al frente, aparentando atención perfecta, después de siglos practicando cómo parecer interesado en reuniones eternas.

Aunque su mente estaba en otro lado.

Un pequeño ángel.

Impulsivo e insolente.

Y absurdamente hermoso.

El recuerdo del golpe todavía le hacía sonreír apenas.

Milenios.

Habían pasado milenios desde la última vez que alguien se había atrevido a golpearlo de esa manera.

Y aun así, lo único en lo que podía pensar era en cómo Pink Halo debió quedar completamente exhausto después de aquella explosión de energía.

Aleksander lo dejó en su habitación hacia unas horas.

Seguramente seguía dormido en su cuarto.

Recuperándose.

Pero la preocupación de Aleksander duró exactamente un segundo.

Porque un golpe violentísimo en la puerta hizo temblar toda el penthouse.

Leónidas saltó de la silla.

—¡¿Qué demonios—?!

La puerta se abrió de golpe.

Pink Halo entró sin pedir permiso.

Sin golpear.

Sin vergüenza seguramente.

Y claramente sin miedo a morir.

Aleksander levantó apenas la vista… y sonrió.

Otra vez esa sensación absurda.

Fascinación pura.

—Ah —dijo Pink mirando alrededor con total descaro—. ¿Hay reunión de vejestorios?

Leónidas quedó inmóvil.

Pink siguió caminando como si fuera dueño del hotel entero.

Despeinado.

Con ropa esta vez .

Y con una expresión de fastidio permanente absolutamente intacta pese a haberse desmayado hacía no mucho.

Cruzó directo hacia el baño de la habitación.

Revolvió algo adentro.

Y salió enseguida con su ropa doblada bajo el brazo.

—Me llevo mi uniforme.

Silencio.

Pink los miró de arriba abajo con una mezcla de desprecio y cansancio.

—Hay personas que tenemos que trabajar para sobrevivir… no como otros imbéciles millonarios.

Leónidas parpadeó lentamente.

Después miró a Aleksander.

Luego volvió a mirar a Pink.

Pink, completamente indiferente al aura peligrosísima de los dos vampiros ancestrales presentes en la habitación, siguió caminando hacia la salida.

No se despidió.

No pidió permiso.

Ni siquiera disminuyó el paso.

Simplemente abrió la puerta.

—Ah, y deja de morder a la gente sin motivo, enfermo mental —gruñó antes de salir.

La puerta se cerró de un golpe.

Silencio absoluto.

Leónidas seguía mirando la puerta completamente atónito.

Después giró lentamente hacia Aleksander.

—…¿Qué fue eso?

Aleksander apoyó tranquilamente una mano contra su boca ocultando apenas la sonrisa.

Leónidas señaló la puerta.

—¿Ese es el chico que me contaste?

Aleksander no respondió enseguida.

Todavía podía sentir el aroma de Pink impregnado en todo el penthouse.

Finalmente habló:

—Sí.

Leónidas frunció el ceño.

—¿Y estás seguro de que es un ángel?

Aleksander sonrió un poco más.

—Completamente.

Leónidas quedó en silencio unos segundos más.

—Porque honestamente parecía más un mapache rabioso con problemas de ira.

Leónidas seguía mirando la puerta cerrada como si esperara que Pink Halo volviera a entrar solo para insultarlos otra vez.

—Él no sabe que eres el dueño de SweetParck… ¿verdad?

Aleksander tomó tranquilamente la copa de vino otra vez.

—No creo que esa información cambie demasiado su opinión sobre mí.

Leónidas soltó una risa corta.

—Sí… probablemente te insultaría con más precisión nada más.

Aleksander permaneció en silencio unos segundos.

Después apoyó la copa sobre la mesa.

—Leónidas.

—¿Sí? -dijo mientras miraba unos documentos.

—¿Alguna vez bebiste sangre de ángel?

Leónidas levantó la vista lentamente.

—¿Qué?

—Sangre de ángel.

—Por supuesto que no.

Aleksander afilo su mirada.

Leónidas soltó una risa incrédula.

—No es como si los ángeles anduvieran ofreciendo el cuello diciendo: "Ven, prueba mi sangre sagrada".

Aleksander guardó silencio.

—Además es prácticamente imposible acercarse a uno lo suficiente como para intentarlo.

Leónidas se acomodó en el sillón y entrecerró los ojos.

—Espera tú...

Lo señaló lentamente.

—Tú sí lo hiciste.

Aleksander no respondió.

Y eso fue suficiente para su amigo

—Oh, esto mejora cada vez más.

Leónidas se inclinó hacia adelante.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿A qué sabe?

Aleksander recordó el sabor por un instante.

Calidez.

Luz.

Algo sagrado y adictivo.

Frunció apenas el ceño.

—Como nada que haya probado antes.

Leónidas soltó una carcajada.

—Eso no es una respuesta.

Aleksander sonrió apenas.

El silencio duró unos segundos mientras Leónidas volvía mentalmente sobre absolutamente todo lo que acababa de pasar.

Y la manera en que Aleksander había mirado a Pink desde que mencionó su nombre.

Entonces las neuronas finalmente conectaron.

Leónidas abrió lentamente los ojos.

—…Espera un minuto.

Aleksander lo miró por encima de la copa.

—¿Hm?

Leónidas apuntó hacia la puerta con expresión acusadora.

—Amigo tu ...¿Te gusta?

—¿Quién?

—No te hagas el idiota. El mapache rabioso.

Silencio.

Aleksander alzó apenas una ceja.

—Es una descripción bastante precisa.

Leónidas abrió los ojos.

—¡Oh, por todos los infiernos, sí te gusta! -sonrio aún más —Pensé que eras asexual.




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