Leónidas estaba aburrido en el bar de SweetParck.
“Su amigo” se había ido detrás de ese mapache rabioso otra vez y lo había dejado absurdamente solo.
—Me recorrí media ciudad para definir temas de negocios y resulta que Aleksander está demasiado entretenido como para hacerme un espacio en su agenda… —murmuró con fastidio.
—¿Le sirvo algo, señor? —preguntó una voz dulce.
—Sí, quiero…
Leónidas se detuvo al verlo.
Era el chico que había caído encima de él.
Junno también se sorprendió por un instante, pero enseguida sonrió con entusiasmo.
—¡Le voy a servir algo especial!
Cortesía de la casa.
Leónidas no respondió.
Se quedó observándolo.
La sonrisa del chico parecía ocupar todo el lugar y su cabello multicolor brillaba igual que un arcoíris después de una brutal tormenta.
Leónidas sonrió apenas.
Era absurdo.
¿Un niño preparando tragos?
-Mis gustos son ancestrales. Es imposible qu...—No pudo terminar su pensamiento.
Junno dejó el vaso frente a él con una sonrisa orgullosa.
El aroma llegó primero.
Leónidas abrió apenas los ojos, sorprendido de verdad por primera vez en toda la noche.
Hacía milenios que no probaba ese trago.
Por un instante, el ruido del bar desapareció.
SweetParck se volvió lejano, borroso.
Solo quedó el cristal entre sus dedos y el recuerdo de otra época golpeándole la memoria.
Junno apoyó los codos sobre la barra, curioso.
—¿Entonces? ¿Está bueno o voy a tener que pelearme con el bartender que me lo enseñó?
Leónidas lo observó en silencio.
¿Qué clase de criatura era este chico?
—¿Cómo es posible que un niño pueda…? —dijo Leónidas, verdaderamente asombrado.
—Por favor, señor… no me llame así —respondió Junno con educación.
Y entonces se acercó demasiado.
Invadió claramente el espacio personal de Leónidas sin el menor rastro de miedo.
El chico apoyó una mano sobre la barra y se inclinó hasta quedar junto a su oído.
—Soy aún más antiguo que tú —susurró.
Leónidas quedó helado.
Él era un vampiro ancestral.
Había visto imperios levantarse y caer.
Había caminado junto a Aleksander durante siglos incontables.
Y aun así… Ese chico acababa de hacerlo sentir inquieto.
Junno volvió a alejarse como si no hubiera dicho nada extraño.
Sonrió otra vez, luminoso, tranquilo, mientras acomodaba unas botellas detrás de la barra.
Como si revelar algo así fuera completamente normal.
Leónidas lo observó en silencio.
¿Qué clase de criatura podía ser más antigua que un vampiro... ?
...
En otra parte de SweetParck, un hombre destrozaba objetos sin ningún sentido.
Botellas.
Papeles.
Una silla terminó contra la pared.
—¿¡Por qué esos dos andan juntos para todos lados!? —rugió furioso—. ¡Maldita sea! Mis negocios no van a funcionar, si Aleksander se queda más tiempo en SweetParck.
—¡Señor! —interrumpió nervioso uno de los hombres de seguridad.
El gerente giró la cabeza lentamente.
—El señor Aleksander y Pink Halo acaban de irse en moto.
El silencio que siguió fue peor que los gritos.
El gerente caminó hasta el balcón de su oficina y observó desde arriba todo SweetParck: las luces de neón, la música, la gente moviéndose como pequeñas piezas dentro de su enorme parque.
Su imperio.
O al menos eso pensaba él.
—Este lugar va a seguir como esta… —murmuró con una sonrisa torcida—. Y ese inepto de Pink Halo no va a meterse en mis asuntos.
Volvió a sentarse lentamente.
Sus dedos golpearon el apoyabrazos una vez.
Dos veces.
Entonces sonrió.
Y la expresión en su rostro era demasiado perturbadora incluso para los guardias que trabajaban para él.
—Tengo que eliminar las distracciones de la vida de Aleksander … —dijo en voz baja—. Y creo que conozco al demonio perfecto para este plan.
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Editado: 24.07.2026