Pink Halo

23. Enamorado

La calida brisa de la mañana se introducía por uno de los grandes ventanales del lujoso penthouse.

—Haaa…

Un pequeño quejido involuntario salió de Pink Halo cuando intentó darse vuelta en la enorme cama rosa.

Y ahí recordó todo.

Pink abrió los ojos lentamente.

Después frunció el ceño.

Y finalmente explotó.

—¡MALDITO ALEKSANDER!

La voz resonó por todo el penthouse vacío.

Pink se incorporó apenas, inmediatamente arrepintiéndose de existir porque todo el cuerpo le dolía.

—¡Estuvo chupándome la sangre toda la noche y no funcionó! —gruñó furioso mientras señalaba sus alas todavía desplegadas detrás suyo—. ¡SIGUEN AHÍ!

Las alas se movieron apenas como si estuvieran ofendidas.

Pink les devolvió una mirada traicionada.

—No me miren así.

Se dejó caer otra vez contra las almohadas haciendo un pequeño puchero involuntario.

Y entonces notó algo sobre la mesa de noche.

Una bandeja perfectamente acomodada.

Y sobre ella…

Una nota rosa.

Pink entrecerró los ojos sospechosamente.

—…Qué cursi.

Se levantó como pudo todavía adolorido y caminó lentamente hasta la mesa.

Una de sus alas rozó suavemente el borde de la hoja mientras la agarraba.

Pink abrió la nota.

La letra elegante de Aleksander decía:

"Tuve que salir, angelito. Te dejé una merienda. Tienes que alimentarte."

Silencio.

Pink hizo una cara indignada inmediatamente.

—¿Qué soy? ¿Un niño?

Pero una pequeña sonrisa apareció sola en la esquina de su boca.

Y eso lo hizo enojarse todavía más.

—Estúpido vampiro…

La punta de una de sus alas volvió a tocar suavemente la nota como si quisiera acercarla más.

Pink la observó unos segundos.

Todavía no entendía esas alas.

Ni por qué reaccionaban así.

Ni por qué parecían tan tranquilas cerca de Aleksander.

El ángel suspiró lentamente y después miró finalmente la bandeja.

Y se quedó inmóvil.

Porque Aleksander había dejado exactamente las cosas que más le gustaban.

Fruta cortada.

Papas fritas.

Y una montaña absurda de dulces rosados.

Pink parpadeó sorprendido.

—…

—¿Cómo mierda sabe que me gustan las gomitas de fresa…?

Una de sus alas se movió emocionada hacia la comida.

Pink la miró horrorizado.

—No empiecen.

...

Después del medio día...

Pink Halo caminaba de un lado a otro dentro de la habitación de Aleksander.

Las alas seguían ahí.

Gigantes.

Rosadas.

Imposibles de ignorar.

Y cada vez que las veía le daban ganas de gritar.

—Maldita sea...

Miró el reloj por décima vez.

Tarde.

Muy tarde.

Habían pasado más de diez minutos desde que le había enviado un mensaje a Junno diciéndole que necesitaba verlo urgentemente.

Urgentemente.

Importantísimo.

Emergencia.

Y Junno todavía no aparecía.

Pink volvió a mirar la puerta.

Nada.

Suspiró.

Después volvió a caminar.

Junno era su mejor amigo desde que había llegado a la Tierra.

La primera persona que realmente se había quedado a su lado.

Y aunque lo había conocido cuando Pink ocultaba completamente sus alas, Junno siempre había sabido que había algo raro en él.

Porque Junno era especial.

Tenía una sensibilidad extraña para todo lo mágico.

A veces detectaba presencias antes que otros demonios.

O sentía energías que nadie más notaba.

Incluso había adivinado que Pink no era humano mucho antes de que se lo confesara.

Pink sonrió apenas al recordarlo.

—"No eres humano."

—"¿Qué te hizo sospechar?" —"Intentaste arreglar un microondas rezándole."

Pink todavía sostenía que había sido una estrategia válida.

Un golpe sonó finalmente en la puerta.

—¡JUNN!

Pink corrió hacia ella.

Abrió de golpe.

Y encontró a Junno.

Despeinado.

Agitado.

Con el uniforme del bar puesto de cualquier manera.

—¡Llegué!

—¡Tardaste muchísimo!

—¡Me escapé de la cocina! ¡Casi me atrapan!

Pink agarró inmediatamente a Junno de la muñeca y lo arrastró hacia adentro.

—No importa. Mira.

—¿Mirar qué?

Pink señaló detrás suyo.

Junno parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Silencio.

Muy largo.

—Junn...

—...

—Junno.

—...

—Di algo.

Junno levantó lentamente la vista hacia las enormes alas rosadas desplegadas por toda la habitación.

Después miró a Pink.

Después volvió a mirar las alas.

Y finalmente dijo:

—Siempre supe que eras ridículamente bonito.

Pink quedó congelado.

—¿QUÉ?

—¡Mira esas alas! ¡Son hermosas!

—¡ESE NO ES EL PROBLEMA!

Junno ya estaba acercándose completamente fascinado.

—¿Puedo tocarlas?

—¡NO!

—¿Una sola pluma?

—¡JUNNO!

Fue la primera vez desde que las alas habían aparecido...

Que Pink sintió que podía respirar un poco mejor.

Porque Junno no parecía asustado.

Ni horrorizado.

Ni impresionado de mala manera.

Solo parecía feliz por él.

Y eso era algo que Pink no sabía cuánto necesitaba hasta ese momento.

Junno estaba absolutamente fascinado.

Las alas.

Las plumas.

La energía rosada que todavía flotaba débilmente alrededor de Pink Halo.

Todo.

Después de varios minutos de admiración, ambos terminaron sentados en uno de los enormes sillones del penthouse.

Pink estaba devorando chocolates de la bandeja que Aleksander había dejado.

Junno, en cambio, observaba la habitación.

Y observaba.

Y seguía observando.

Porque aquel lugar era absurdamente lujoso.

Cortinas de terciopelo.

Muebles elegantes.

Detalles dorados.

Y lo más llamativo... Todo estaba decorado en tonos rosas.

—Espera...




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