Pink Halo

25. Sentencia de muerte

Todo SweetParck estaba en silencio.

Un silencio pesado.

Tenso.

Como si el propio edificio supiera que algo terrible acababa de ocurrir.

Aleksander caminaba por el hotel con pasos firmes mientras Leónidas lo seguía de cerca.

Los empleados se apartaban de su camino.

Nadie se atrevía a hablar.

Nadie se atrevía siquiera a mirarlo demasiado.

La noticia ya se había propagado.

El gerente.

Su propio gerente.

Había estado realizando negocios ocultos.

Robando y traicionando la confianza que Aleksander había depositado en él.

Y eso era algo que el vampiro jamás perdonaba.

La furia irradiaba de él de forma casi palpable.

—Cuando lo encuentre... —murmuró Aleksander entre dientes mientras apretaba los puños— voy a...

No terminó la frase.

Porque un grito quebrado atravesó el vestíbulo.

—¡¡SE FUE!!

Leónidas giró la cabeza inmediatamente.

—Junno.

Desde el otro extremo del pasillo aparecía junno.

Caminando con dificultad.

Cubierto de golpes.

La ropa rota.

Sangre seca en el rostro.

Un ojo hinchado.

Aleksander y Leónidas corrieron hacia él.

—¿Qué pasó? —preguntó Leónidas sujetándolo antes de que cayera.

Pero Aleksander ya no escuchaba.

Una presión horrible acababa de instalarse en su pecho.

Una sensación antigua.

Casi olvidada.

Algo que no experimentaba desde hacía siglos.

Miedo.

Miedo auténtico.

Junno levantó la vista llena de lágrimas.

Y agarró con fuerza el brazo de Aleksander.

—Se fue ...se lo llevaron...

El mundo pareció detenerse.

—¿Quién? —preguntó Aleksander.

Su voz salió demasiado baja.

Demasiado peligrosa.

Junno rompió a llorar.

—Intenté detenerlos...

Su cuerpo temblaba.

—Lo intenté...

Aleksander sintió que algo dentro suyo comenzaba a romperse.

—Junno.

—No pude...

—Junno.

—Eran demasiados...

La mirada del vampiro se oscureció.

El aire alrededor comenzó a volverse pesado.

Los empleados cercanos empezaron a alejarse instintivamente.

Porque incluso ellos podían sentirlo.

La furia.

La desesperación.

La violencia que estaba a punto de despertar.

Entonces Junno levantó la cabeza.

Y por primera vez dejó de llorar.

La tristeza fue reemplazada por enojo.

Dolor.

Decepción.

—¿Por qué? —preguntó.

Aleksander quedó inmóvil.

—¿Qué?

—¿Por qué no le dijo la verdad?

El pasillo entero quedó en silencio.

Junno apretó los puños.

—¡¿Por qué no le dijo que era el dueño de SweetParck?!

Aleksander no respondió.

—¡Pensó que lo había traicionado!

La presión en el pecho del vampiro se volvió insoportable.

—Junno...

—¡Pensó que lo había entregado!

Cada palabra golpeaba como una estaca.

Porque Aleksander ya empezaba a comprender.

La expresión de Junno se quebró nuevamente.

—Estaba llorando...

Aleksander sintió que la sangre se helaba.

—...

—Nunca lo había visto llorar así.

El vampiro cerró lentamente los ojos.

Y por primera vez en muchísimo tiempo...

Sintió verdadero terror.

Porque si Pink se había ido por voluntad propia...

Podía encontrarlo.

Podía explicarle.

Podía arreglarlo.

Pero si alguien se lo había llevado mientras él no estaba...

Entonces ya no era una simple discusión.

Era una amenaza.

Y cualquiera que hubiera puesto una mano sobre su ángel, había firmado su sentencia de muerte.

Aleksander abrió los ojos.

Rojos.

Brillando como brasas.

—¿Quién?

Junno retrocedió un paso.

Incluso Leónidas sintió un escalofrío.

Porque la voz de Aleksander ya no sonaba humana.

—Dime quién se lo llevó.

Y en todo SweetParck nadie dudó ni por un segundo que, cuando encontrara a los responsables...

El infierno iba a parecer misericordioso en comparación.

—Ese demonio que Pink golpeó una vez...

La voz de Junno salió apenas como un susurro.

Sus ojos estaban perdiendo el enfoque.

El dolor.

El cansancio.

Los golpes.

Todo estaba pasándole factura.

—Jinnx...

El nombre cayó como una piedra.

Silencio.

Un silencio terrible.

Junno pareció relajarse de golpe.

Como si hubiera logrado transmitir la única información que lo mantenía consciente.

—Fue... Jinnx...

Sus párpados se cerraron.

Y su cuerpo se desplomó hacia adelante.

Pero nunca llegó a tocar el suelo.

Leónidas lo atrapó a tiempo.

—¡Junno!

Leónidas lo sostuvo cuidadosamente entre sus brazos.

—Está inconsciente.

Aleksander no respondió.

No se movió.

No parpadeó.

Nada.

Simplemente permaneció inmóvil.

Con la mirada fija en algún punto inexistente del pasillo.

—Aleksander... —dijo Leónidas con cautela.

Nada.

Entonces el vampiro habló.

—Encuentra al gerente.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

Eso hizo que Leónidas se preocupara aún más.

—Hermano...

—Ahora.

Aleksander levantó lentamente la vista.

Sus ojos rojos brillaban de una forma inquietante.

Antigua.

Depredadora.

—Quiero nombres.

—...

—Quiero direcciones.

—...

—Quiero saber con quién trabajaba y lo más importante... quien es ese demonio.

El aire parecía más pesado a cada palabra.

Algunos empleados cercanos ya se habían alejado varios metros.

Por puro instinto.

Leónidas conocía esa expresión.

Y no le gustaba nada.

Porque la había visto muy pocas veces en siglos.

Guerras.

Traiciones.




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