Pintaré tus Sonrisas

2 - Su sonrisa atractiva

Bajamos del autobús, y Kat me toma de la mano.

Sí, sé que soy muy joven pero a veces es incómodo. Suelo pensar que se toma muy en serio su papel de hermana mayor.

—¿Cómo me veo? —pregunta, apretando los labios.

—Te ves linda, como siempre —le afirmo mientras ella toma un mechón de su cabello dorado y lo coloca detrás de su oreja.

—¿Dónde nos espera Mateo? —pregunto.

—En el Pollo Campero frente al comercial. El de pollo frito que te gusta. Está a unos pasos de la próxima parada en la que tomaremos el segundo autobús.

—O sea a unos pasos de aquí —digo viendo hacia adelante.

—Exacto.

Su celular comienza a vibrar y ella responde con premura.

—¿Aló? Mateo... ¿Dónde estás? ¿Ya estás acá?... Ajá... perfecto. En unos minutos llegamos —Corta la llamada y guarda el celular en su morral de elefantes dorados.

—¿Qué dijo? —pregunto aunque es de intuirse que él ya está ahí.

—Dice que está esperando hace diez minutos.

—Oh. Eso no es bueno ¿O sí?

—No. No lo es.

Apresuradas caminamos en medio de unos árboles que decoran la parte externa del comercial.

Y...

De repente...

Lo veo a lo lejos.

Cabello negro y la mandíbula definida.

Intento ver sus ojos pero no reconozco el color.

Kat aprieta mi mano y yo apresuro el paso.

Cuando ya estamos a unos diez pasos del chico, mi hermana cambia la velocidad de rápido a lento.
Ahora lo puedo ver mejor, incluso tiene la barbilla partida. Y sus ojos... sus ojos son grises.

Está sentado en las gradas que quedan frente al restaurante.

—Hola Kat —dice poniéndose en pie.

—Hola Mateo ¿Cómo estás?

—Bien, gracias.

Sonrieron y luego el chico dirige su mirada hacia mí. Me sonríe y yo le sonrío.

—Ella es mi hermanita —comenta Kat.

—Mucho gusto —dice con su tono de voz grave. Se inclina un poco y me saluda con un beso rápido en mi mejilla.

Comienzo a sentir una sensación extraña en el estómago. Mas no es una sensación incómoda... Además, su sonrisa es linda.

—¿Nos vamos ya? —pregunta Kat.

—Sí, vámonos ya —dice él.

A todo esto, Kat sigue tomándome de la mano.

Para llegar a la parada del segundo autobús tenemos que cruzar el centro comercial por dentro, así que pasamos viendo los restaurantes, las boutiques, las librerías, pero sólo de paso.

Llegamos a la otra parada de autobús y esperamos por unos 10 minutos, o eso dicen porque para mí se sienten eternos. No puedo evitar dar pasitos pequeños de un lado al otro, pero sigo sin decir palabra.

Solamente Kat y Mateo hablan.

—¿Cuántas candidatas son? —pregunta Mateo a Kat.

—Son solamente ocho —responde Kat.

—¡Ah! Bueno.

—¿Ya tienes algunas idea? —pregunta Kat.

—La verdad, bastantes —dice él—. ¡De hecho mi cabeza da vueltas de tantas! —exclama señalando su cabeza y dando pequeños círculos con su dedo índice.

—¡Qué excelente!

Yo escucho tranquila, ya sabré mejor de qué están hablando cuando lleguemos al lugar en el que será esta actividad.

—¿Tú bailas verdad? —pregunto tras darme cuenta de su extraño silencio.

—Sí —dice él, sonriéndome.

Está bien. Lo admito. Su sonrisa sí es muy atractiva. Sus dientes son muy blancos, y en cada esquina de su sonrisa se forman unos bonitos camanances.

—Puede hacer los pasos de Michael Jackson a la perfección —comenta Katherine halagándolo.

—Bueno. Sólo un poco —aclara Mateo, siendo bastante modesto.

—¡Qué bien! —respondo, con un cosquilleo en el estómago.

Vemos el autobús acercarse y nos preparamos para tomarlo.

Cuando subimos nos damos cuenta del calor humano que hay ahí adentro, o por lo menos yo lo siento. Solo puedo pensar en mamá y en que quiero quitarme mi suéter.

Katherine camina hacia la parte trasera del autobús, Mateo la sigue y yo sigo a ambos.

—No te quedes atrás —me regaña Kat.

Pero es que una señora ya no me deja pasar, sé que soy algo baja pero no tanto como para que no me vean.

—Con permiso —digo intentando pasar entre una señora de anchas caderas y un señor robusto sudoroso.

Esto. Es. Asqueroso.

Cuando siente que estoy empujando se hacen más hacia el centro, apachurrando lo que quedaba de mi ser.

—Disculpe. La chica le está pidiendo permiso —le dice Mateo a la señora.

Ella se mueve hacia el frente y, como puedo, paso.

—Gracias.

Veo a Mateo, y noto que tiene una amplia sonrisa dibujada en su rostro.

No sé si se está riendo de mi suceso incómodo o de mi cabello despeinado.

Tenía una coleta alta y mi flequillo en la frente. Digo "tenía" porque estoy segura que ya no lo tengo así.

Me sostengo de unos barrotes que tiene el autobús, estando justo a la par de Mateo. Ya que estamos aquí, decido darme el lujo de observarlo un poco, así que vuelvo mi mirada hacia él.

Tiene puesta una chaqueta de cuero negra, su cabello es verdaderamente oscuro, y su tez es morena clara, como si tuviera un bronceado permanente.

—¿Tú sabes dónde debemos bajar? —me pregunta Kat de repente.

Hay una chica de diecinueve años, un chico de quince y una de doce; y le preguntan éso a la de doce. Esto no me huele bien.

—No lo recuerdo del todo —digo tímidamente.

—Pero, ¿tienes una idea?

—Sí —respondo.

—Entonces dinos tú dónde bajar —dice ella.

Mi hermana viene poco a esta ciudad. Yo, en cambio, he venido ya varias veces. Mi primo vive acá y algunas veces me han llamado para cuidar a sus sobrinos, por supuesto que mamá me acompaña.

Y Mateo... bueno, él nunca había venido por acá. El suegro de mi primo necesitaba un coreógrafo que coordinara a las chicas y Kat le sugirió a Mateo.

Hoy iremos solamente para que Mateo conozca el lugar, creo. Eso fue lo que le entendí a Kat.

—¿Cuánto falta? —pregunta Kat.

—Ya vamos llegando —digo, reconociendo el camino.

—Está bien, tú nos dices —dice mi hermana.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.