Pintaré tus Sonrisas

8 - Kudai

Corro a mi habitación con el disco favorito de Kat. En realidad no le rompería su disco favorito, nunca, pues también es el mío. Pero ella tomó uno de mis pinceles favoritos. Uno de esos suaves y bellos, que no permito que tome nadie, ni siquiera mi mamá. ¡Tengo muy poquitos de esos!

—¡Bamvi! —grita Kat acercándose rápidamente hacia mí.

Me tiro en la cama y caigo boca abajo. Con el disco entre mis manos y evitando que pueda tomarlo.

—Dame mi disco —dice saltando sobre mí. Siento que mi estómago y mi espalda me odiarán por un tiempo.

Por suerte, sigue sin tocar mi tobillo. Si lo llega a tocar estoy segura que chillo.

Toma mi cabello y me lo enreda con sus dedos delgados, mientras carcajea de una manera exagerada y maniática.

—¡No! !Hasta que dejes a Steve en su lugar! —digo evitando que meta sus blancas manos entre mi estómago, donde tengo el disco escondido.

Sí. Mis pinceles favoritos tienen nombres.

—¡Lo tomé prestado! —dice mientras presiona mis costillas intentando sacar el disco que está bajo mi estómago.

—Pues a mí no me has pedido nada —digo mientras levanto la vista de la cama.

Me estaba quedando sin aire.

—Pero si Bonnie me lo prestó —dice Kat con una voz más dulce y de niña pequeña.

—Eso es mentira —digo mientras quito mi vista de su puchero.

—¡Hablo en serio! —dice en un chillido.
Al parecer no quitará aún su imitación de voz de niña.

—Estoy segura de que Bonnie no hizo eso —le digo con los ojos semicerrados. Es mi mirada acusadora.

—Sí lo hizo —dice aún con el puchero.

Ya no intenta meter sus manos bajo mi estómago.

—No. Bonnie no daría prestadas mis cosas —le digo bajando la cabeza y presionando más hacia el disco, por si se le ocurre volver a meter sus manos bajo mi estómago.

—¿Cómo estás tan segura? —pregunta en un tono de voz con el que trata de convencerme.

—Porque: 1-Bonnie es muy leal; 2-Bonnie me quiere, Y; 3-¡Bonnie es un conejo!

—Pero a mí me habla —dice viéndome aún con el puchero.

—No te daré el disco —digo haciendo la sonrisa más malvada que puedo.

—Te compro un pincel nuevo —dice picando mi espalda con su dedo índice varias veces.

—Nop. Eso no basta —digo volviendo mi vista hacia el lado contrario a Kat.

—¿Y si te compro pinturas?

—Mmmm... —vuelvo la vista hacia ella con los ojos entrecerrados— ¿De cuáles? —pregunto viéndola directamente a los ojos.

—De acrílico —dice viéndome y luego viendo al techo, como pensando en si esa había sido una buena opción.

—Mejor no —digo volviendo mi rostro al lado contrario, de nuevo.

Me acaricia la espalda y susurra:

—Bien. Te compraré pinturas de óleo.

Siento un movimiento extraño en mi estómago y una gran sonrisa se asoma en mis labios.

Vuelvo la mirada hacia ella y con una sonrisita le digo:

—¿Cuándo?

—Para tu cumpleaños —dice con una mirada entre triunfante y molesta.

—¿Y si no me los das para ese día? —pregunto.
Si me las dará quiero que sea seguro.

—Podrás quedarte con mi disco —dice señalando hacia la parte baja de mi estómago.

—¡Trato!

Ahora soy yo la de la mirada triunfante. Parece que, por su mirada, acaba de arrepentirse de lo que dijo.

Me levanto lentamente de la cama y saco el disco de Kudai, para entregarlo en sus manos.

—Gracias —dice.

Siento que acabo de hacer un muy buen trato.

—¡Ya está la comida! —dice mamá entrando a la habitación repentinamente.

—Mamá, nosotros comimos en casa de Don Héctor —dice Kat.

—Bueno. Les preparé un té. Quería que me hicieran compañía —dice mamá mientras sonríe suavemente.

—Está bien, mami —digo sentándome en la orilla de la cama. Mis pies no tocan el suelo, lo cual es un alivio.

Kat y yo nos damos una mirada, y yo sonrío de lado esperando la señal.

—¡Yo...!

—Y no corran porque Abimael está en el comedor —interrumpe mi mamá, quien lamentablemente también conoce la señal.

—Está bien —decimos ambas caminando hacia el comedor, arrastrando un poco los pies.

De cualquier manera no puedo correr... Por otro lado, hoy ha sido un buen día, no quiero arruinarlo con una de esas peleas entre Abimael y Mamá, por nosotras.

Llegamos al comedor y, es verdad. Ahí está él. Con sus anteojos rectangulares y con el periódico en las manos. Apenas y ve la taza de café y las empanadas que mamá le sirvió.

Kat y yo nos sentamos en los costados y tomamos del té que mamá nos preparó. En lo especial a mí me fascina el té de manzanilla y a Kat el té verde.

Vemos las tazas y es justo nuestro té, mamá siempre sabe lo que nos gusta.

Mamá llega y se sienta junto a Abimael, como era de suponerse.

Él es nuestro padrastro. Papá se fue a otro país cuando Kat y yo estábamos pequeñas. En especial yo, era sólo una bebé.

Lo que no sabíamos era que no se iba por trabajo, sino porque mamá y él se estaban separando.
Kat no tardó mucho en darse cuenta, pero a mí me mantuvieron creyendo esa mentira hasta los nueve años.

—¿Cómo les fue hoy? —pregunta mamá.
Levantado la mirada rápidamente, saliendo de mi ensimismamiento.

—Bien. Tuve 6 carros en el taller hoy —dice Abimael.

No lo dudo, tiene las manos negras por el aceite y se nota mucho porque su tez es blanca pálida. Incluso se nota el intento fallido por limpiarse las manos.

Creo que mamá estaba viendo a Kat, yo entendí que la pregunta iba dirigida a nosotras; pero ahora no importa ya que mamá le siguió hablando a él.
Aunque él ni levanta la vista del periódico, apenas ve hacia su café.

—Y... a ustedes ¿Cómo les fue? —pregunta mamá a Kat.

—Muy bien Mamá. Ya conocimos el salón —dice Kat forzando una sonrisa, tomando con ambas manos su taza de té.

—¡Qué bien! —dice mamá con una sonrisa de línea recta.

Cuando Abimael está presente nuestras conversaciones son así. A mí ni siquiera me gusta hablar porque me ve de una manera más despectiva.




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