Estoy en mi salón de clases de paredes amarillas, sentada en mi pupitre café, mientras escucho a la maestra de matemáticas comenzar a explicar sobre geometría en el pizarra, tomando una regla en forma triangular.
Luego comienza a escribir en la pizarra la tarea. Tendré que hacer una maqueta para el jueves, pero lo haré con el truco de siempre (y uno de mis materiales favoritos): plastilina.
—¿Tú de qué la harás? —me pregunta Crezia.
—De plastilina ¿Y tú?
—Creo que la haré con cartulinas.
Crezia es una de mis amigas.
Tengo dos.
Ella es morena, con el cabello muy negro, y tiene la voz más suave de toda la clase, aunque no más aguda que la mía.
—¿Y tú de qué la harás, Nataly? —le pregunto a la peli-castaña.
—Yo de plastilina o, no sé, lo que se me haga más fácil —responde sin mucho interés.
La mayoría de veces que habla se siente así, algo cortante pero es que casi nunca habla y, cuando habla, es directa y cortante. A diferencia de Crezia, ella tiene el cabello castaño claro y tez muy blanca, casi tan blanca como la leche. Es más fría cuando habla y no siempre la ven que se ría; dicen que Crezia y yo somos las únicas que han visto cuando en realidad sonríe.
—Qué bien —le digo para que no se quede lo que dijo en el aire.
La clase de geometría comienza a ponerse un poco aburrida así que saco a Curiot de la mochila un rato, con Carlo y Charles. Se llaman casi igual, es gracioso. Son mis lapices 4h y 8b, los que suelo usar más. De vez en cuando saco a Carlos, el lápiz 6b. He visto tutoriales y estoy muy feliz de que ahora los pueda utilizar mejor.
No me pregunten porqué, pero mis lápices tienen cara de llamarse "Carlos".
Comienzo a dibujar algo, inicio con hacer una línea sencilla, sin una idea concreta de qué es lo que haré. Hago un par de líneas más y me doy cuenta que se parece mucho al perfil de Mateo.
Mateo...
Es verdad. No he dejado de pensar en él constantemente. Desde que lo conocí aquella vez frente al restaurante no se ha salido de mi mente. Su mirada, sus manos casi siempre cálidas, incluso la manera en que se veía cuando estaba durmiendo. Ya. Basta. No puedo pensar tanto en él.
Aunque sí es lindo pero, pero no.
¿Por qué me pasa esto? Nunca había pensado así en un niño.
Aunque él no es a lo que se le llama niño, pero ya saben a lo que me refiero.
Recuerdo que en una ocasión, hace más de tres años, me pareció lindo un niño de la escuela, pero no pensé en él, y en realidad no me importaba mucho. Pero ¿Por qué Mateo sí?
Veo mi dibujo y, necesita que le arregle un poco la nariz. Debe ser más recta y masculina. Y su sonrisa... ¡Eso me hace falta! Espero que me salga muy natural.
Comienzo a hacerla cuando escucho a Jaqueline decir algo, interrumpiendo a la maestra, pero, dice mi nombre.
—Perdón. No la escuché. ¿Qué dijo? —pregunta mi maestra, creo que estaba concentrada en que sus figuras geométricas le quedasen exactas en la pizarra.
—Que si se puede dibujar en clase de matemáticas —dice ahora sin mencionar mi nombre.
—No. Porque son matemáticas, no la clase de dibujo —dice la maestra. Ella ya sabe que Jaqueline se refiere a mí, no es la primera vez que pasa, así que trata de no prestar atención y aprovecho para guardar a Curiot rápidamente—. ¿Y quién está dibujando? —pregunta la maestra luego de ver disimuladamente que ya no tenía mi cuaderno sobre el escritorio.
—Ban-Bam-Bameka. Ay la Bamvi ésa —dice despectivamente.
—A ver... — La maestra frunce el ceño y luego se acerca lentamente a mí con una regla. La veo, y mantiene su mirada de enojada, aunque es fingida, parece que sólo a mí no me da miedo.
—Bámvika —dice con tono serio, aunque pronuncia perfectamente mi nombre.
Es de las muy pocas personas que saben pronunciar bien mi nombre.
—¿Sí?
—Quita tus manos del escritorio, quiero ver si estás dibujando.
—Claro —respondo con mi voz aguda.
Quito mis brazos cruzados del pupitre. La maestra ve mi cuaderno y dice:
—Sí. Está dibujando —Escucho a Jaqueline hacer una risita y ver a sus amigas en señal de triunfo—. Está dibujando las figuras geométricas de la pizarra; y espero que todas las demás lo estén haciendo también.
Lo dijo tan rápido que no dio tiempo para que ninguna dijera nada, solamente se escuchó el bullicio rápido de las hojas de pequeños cuadernos en movimiento.
La maestra aprovecha el bullicio y me habla al oído:
—Guarda más seguido a Curiot.
—Okay —digo sonriendo suavemente.
A la hora de recreo salgo con Crezia y Nataly, pero llevo a Curiot en mis manos, quiero dibujar.
A este punto ya me conocen como la niña loquita de los dibujos. Y vaya que he llevado a Curiot por todos lados.
—¿A quién dibujas? —Me pregunta Crezia prestando atención a Curiot. Nos sentamos en la enorme maceta blanca de uno de los árboles, Crezia a mi lado derecho y Nataly al izquierdo.
—Se llama Mateo. Hace poco lo conocí —digo bajando la mirada, tratando de que no vean mi sonrisa nerviosa.
—Es la primera vez que te veo dibujar a un chico —me dice Nataly arqueando una ceja y haciendo una extraña sonrisa.
Ojo... ¿Nataly está sonriendo?
—Es verdad. No te había visto dibujar a un chico antes —me dice Crezia sin quitar la vista del perfil de Mateo en las hojas de lino.
—Bueno, sólo quise dibujarlo —digo cortante, pero puedo sentir el calor en las mejillas.
—¿Te gusta? —me pregunta Crezia arreglando un paletón de su falda azul del uniforme.
—Crezia, eso no se pregunta —dice Nataly, lo cual me tranquiliza —. Es obvio que sí.
—¡Oye! —alego con el ceño fruncido—. Puede que sea como lindo pero no. No me gusta.
Ambas me ven, y se ven.
Está bien. Ya entendí.
No me creen.
—Hablo en serio —digo y comienzo a sombrear suavemente, esta vez con Carlos (lápiz 6b), el cabello en el dibujo.