Pintaré tus Sonrisas

19 - Dulces de coco

Estoy sentada afuera del salón, en unas gradas de cemento, con mi pantalón de mezclilla azul, y también con mi blusa turquesa favorita.

Adivina qué: Hoy es sábado doce de noviembre. ¡Hoy es el gran día para las chicas!

El cargo para mi hermana y para Mateo fue mucho mayor de lo que pensaban, pues no sólo dieron la coreografía y la mayoría de organización del evento, sino que también fueron a comprar los vestidos y a escoger las cosas de las chicas, a buscar el vestuario de las coreografías, a buscar quién hiciera el modelo para el telón del escenario e incluso a contactar a la presentadora, claro, financiado por Don Héctor. Pero ellos fueron los que buscaron todo. Y eso que a Mateo sólo le estaban pagando por la coreografía.

Ayer acompañé a Mateo y a Kat a comer después de que buscamos los últimos vestidos para las chicas. Fuimos a comer unas pizzas hawaianas. En realidad nunca habría pensado que una fruta ácida como la piña pudiera combinarse con la salsa de la pizza. A Mateo le encantaron.

Ese mismo día pude conocer algo nuevo de él. Su lunar de canas. Sí, canas. Tiene un bonito lunar de cabello muy blanco saliendo de la coronilla de su cabeza, resaltando de entre mucho cabello negro, muy negro.

—Tienes un lunar de canas —musité mientras acercaba mi mano a su cabello.

—Deja su lunar Bámvika —me regañó Kat y yo sólo alejé mi mano.

Él estaba cansado, con la cabeza entre sus brazos y con rostro soñoliento.

Nunca le vi su lunar antes, supongo que es porque nunca he alcanzado a ver la parte superior de su cabeza, hasta ahora.

—Bamvi —dice una voz femenina, sacándome de mis recuerdos y trayéndome abruptamente a la realidad. Hoy es el evento.

Vuelvo la vista hacia el lugar de donde proviene el sonido y es Kat. Tiene puesto su vestido azul favorito, con un bonito peinado de una trenza cruzada.

—Dime.

—Necesito tu ayuda —me dice y me acerco más a ella—. Ve a buscar a Mateo y dile que la presentadora lo está esperando en los camerinos, quiere saber sobre la agenda de hoy.

—Está bien —empiezo a caminar y me doy cuenta que no tengo un rumbo fijo, así que regreso la mirada rápidamente a Kat—. ¿Sabes dónde podría estar?

—Quizás esté en casa de Don Héctor terminando los últimos detalles.

—Bueno.

Camino nerviosa hacia la casa, que en verdad queda bastante cerca del salón.

Entro por la gran puerta y busco a Mateo por doquier, pero no está en ningún lado. Camino desorientada hacia el comedor y veo a Don Héctor ahí, conversando con Doña Dolores.

—¿Pasa algo nenita? —me pregunta Don Héctor viéndome caminar.

—Eh, no. Nada. Gracias —digo y sonrío.

Salgo de nuevo del comedor y camino hacia afuera de la casa.

—¿Dónde estás Mateo? —digo más para mí que para él.

Algo, una fuerza extraña, me hace volver la vista hacia donde está un árbol y unos niños jugando. Ahí está él, con una botella de agua viendo a la nada.

—¡Mateo! Hola... —digo pasando entre los niños, un poco más pequeños que yo.

—Hola Bamvi —me dice volviendo la vista ligeramente hacia mí.

Mi ojos se pierden entre sus ojos grises un segundo. Él baja la mirada de nuevo.

—¿Cómo te la estás pasando en tu cumpleaños? —pregunto, sentándome junto a él. Él sonríe de lado.

—No es como quisiera pasar mi noche de cumpleaños, pero estoy bien —dice y le sonrío.

De repente, escucho los pasos lentos pero firmes de unos caites (sandalias) en el camino empedrado. Vuelvo la vista y veo que es una señora con un canasto en la cabeza. La he visto antes aquí, vende dulces típicos.
Levanto la mano y le llamo la atención.

—Te invito a un dulce —le digo a Mateo con una sonrisa. Me pongo de pie, al tiempo que la señora de estatura baja y piel morena baja el canasto a su torso. Observo los distintos y coloridos dulces, y luego de unos segundos, escojo un dulce de coco de la canasta—. ¿Cuánto es?

—Tres quetzales —me dice la señora con una sonrisa.

Le entrego las tres monedas de un color dorado opaco y regalo una sonrisa a la vendedora. Ella las recibe con una sonrisa cálida, se pone el canasto de nuevo en la cabeza, y se va por el camino con curvas hacia abajo.

Tengo suerte, tenía solamente cinco quetzales en el bolsillo.

—No hacía falta —me dice él, con sus ojos tristes observándome.

—Lo sé, pero es un regalo que te quise dar —Me siento junto a él y le entrego la bolsita de dulces de coco en la palma de su mano.

—Es muy lindo de tu parte —me dice empezando a probar el dulce blanco.

Hay un silencio corto mientras vemos hacia la calle en la que la vendedora de dulces desapareció.
Mateo me da la mitad de su dulce de coco y yo lo recibo con una sonrisa, rozando sus dedos, suavemente, y sin querer. Siento una chispa en mis dedos cuando se tocan con los suyos. Trato de ignorarlo y sigo viendo hacia el camino.

—Bamvi ¿Alguna vez has sentido que no vale la pena que te esfuerces, siempre las personas lo arruinan todo?

Okay... eso fue repentino...

Pensé que las cosas estaban saliendo bien para ellos.

—¿Por qué lo dices, Mateo? —inquiero viendo su rostro de perfil.

Sus pestañas son bastante largas y oscuras. Sus labios son un poco gruesos, y noto como muerde el dulce redondo con parsimonia.

—Cosas de la vida que... Bueno, me suceden a diario.

—¿Qué sucedió? —pregunto, volviendo mi vista hacia el dulce que yo tengo en la mano.

Alcanzo a mirar sus ojos con el rabillo de los míos. Su mirada está un poco apagada. Meto el dulce en mi boca y lo muerdo por la mitad.

—Mi mamá me quiere llevar a España.

—¿Qué? ¿Por qué? —inquiero y veo que me noto más interesada de lo que quisiera parecer. La otra mitad de mi dulce casi se me cae de los dedos.

—Bueno, ella me dijo que era probable que Francia venga conmigo. Pues, la idea empezó en que ella quería que nos fuéramos a vivir allá con ella pero yo no quiero separarme de mi papá —Se queda un momento en silencio y yo solamente asiento para que continúe hablando—. Me había dicho que si demostraba que aquí en Guatemala me estaba yendo bien, ya no me llevaría. Pero ahora resulta que no importaron mis esfuerzos, de igual manera me llevará con ella —dice y vuelve a bajar la mirada.




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