Pintaré tus Sonrisas

2 - El chico salva-maletas

Me encuentro corriendo en un camino lleno de piedras agudas y demás obstáculos, en medio de lo que parece ser la nada. Mi respiración se siente agitada y mi corazón quiere salirse de mi pecho. Mis pies están descalzos y cansados, pero en mi mente sólo puedo pensar en que tengo que llegar.
Debo llegar.

—Señorita, ya llegamos —escucho que alguien dice justo en mi oído.

Mi brazo siente punzadas y mis ojos apenas se comienzan a abrir.

—¿Ah?

—Bienvenida a Madrid —me dice la azafata con una sonrisa amable, aunque puedo sentir su incomodidad.

"Pasajeros del vuelo numero 2-3-6, favor de bajar". Esa fue la voz de otra mujer en el vociferador del avión. Abro bien los ojos y me doy cuenta que sólo queda un señor dormido en el asiento de atrás, y yo, también medio dormida.

—¡Gracias! —digo alzando mi voz chillona educada y me paro rápidamente. Tomo mi maletín del cubículo que hay sobre el asiento y me dirijo a la puerta del avión. Lo último que logro ver con el rabillo es a la azafata intentando despertar, con algo de incomodidad, al señor de atrás.

Camino por el pasillo y veo alrededor. Nunca antes había estado en un aeropuerto, así que espero algún tipo de instrucción. En un lado veo a un montón de personas alrededor de una extraña cinta, aún vacía y sin moverse, así que me guío por ellos y me dirijo a la aglomeración de pasajeros.

—¿Qué es esto? —digo para mí misma viendo a las personas prepararse para algo, estirando sus brazos hacia la cinta negra del medio. Es casi como una competencia.
La cinta se parece a una de esas cintas que usan en el supermercado, pero mucho, mucho mas grande.

—Ese es el lugar de donde saldrá tu maleta —me dice un muchacho que se ubica justo a la par.

No vuelvo la vista y hago como si no lo hubiera escuchado.

Ya no soy una niña para "no hablar con extraños", pero debo tener cuidado, ¿cierto?

Por otro lado, parece de esos típicos tipos casanovas de los que huyo.

—¿Te han comido la lengua los ratones? —pregunta acercándose más a mí.

Levanto la vista suavemente y veo sus brazos pálidos tomar con fuerza una mochila negra que bien podría ser mía, porque tiene pintura y manchas por todos lados.

Vuelvo mi vista de nuevo hacia el frente y escucho el bullicio de la gente cuando la cinta se activa y comienza a correr.

—Ahí vienen —me señala y veo el momento justo cuando las diferentes maletas comienzan a salir de una especie de cortina. La gente se acerca a tomarlas rápidamente, y logro ver que cuando no las toman, éstas regresan al interior de esa misteriosa cortina. Quizás sea como en las películas y haya un montón de cintas adentro, moviendo maletas de un lado al otro sin cesar, superponiéndose las unas sobre las otras.

Abro bien los ojos y me doy cuenta que mis maletas acaban de pasar enfrente de mí. Lo sé porque las identifiqué con pequeñas cintas amarillas fluorescentes de mi sobrina Sofía, una de esas que utilizó en su acto escolar de primavera.

Camino entre la aglomeración de gente con premura y trato de llegar a la maleta antes de que regrese a la cortina y no la vuelva a ver.

—Permiso. Permiso —digo y un señor que no me escucha bien me pisa el pie con fuerza cuando trata de agarrar su maleta, como yo.

—Disculpe —me dice, pero el rojo de mi rostro dice más que mil palabras, estoy segura.
Ay Dios, duele.

Camino más rápido y la cinta parece casi eterna mientras escucho an mis maletas gritar por ayuda.

—¡Dios mío! —exclamo casi sin aliento, estirando mi mano sin poder alcanzar ninguna de las maletas.

Escucho una voz suave desde atrás que se acerca y, repentinamente, una mano grande y pálida me empuja suavemente a un lado y luego toma una a una las maletas como si no pesaran en lo absoluto.

—Gracias —digo fatigada pero el muchacho sólo se aleja de mí, me pasa mi otra maleta, y procede tomar su propia maleta.

Vale. ¿Ahora qué?

No sé qué hacer, así que sigo al muchacho de la mochila manchada de pintura hacia donde sea que va.

Se pone en una fila en donde nos escanean las maletas y yo voy justo detrás de él.

Pasan mis dos maletas grandes y un hombre con camisa celeste se detiene a observarme fijamente.

—¿Llevas botellas de alcohol? —me pregunta el policía. Yo niego con un suave movimiento de mi cabeza y él me inspecciona.

—Necesitamos que abras la maleta —dice colocándola sobre otra cinta—. No puedes sobrepasar ciertas cantidades de alcohol. Tú debías saberlo —me dice con un acento que apenas logro entender.

Ya tenía la idea de cómo los españoles hablaban, pero es muy diferente verlos en las películas a tenerlos en frente de ti. El sonido de la "z" rezumba dentro de mi oído cada vez más fuerte.

—No traigo alcohol... —comienzo a decir— Es...

—Necesitamos abrir su maleta y revisar —me dice el hombre con camisa celeste, tomando con fuerza el ziper de mi maleta atestada de cosas.

Yo trago fuerte mientras veo como abre la maleta en frente de todos.
—No es alcohol —digo y el hombre me observa atentamente.

—En el escaner sale la imagen de grandes botellas y mi obligación es revisar que todo este en orden— me dice y yo me resigno con un suspiro.

—Adelante —digo señalando la maleta.

Después de todo, se va a dar cuenta de la verdad en un instante.

Abre la maleta con poco cuidado y mueve un par de pinceles en sus estuches, hasta que se sumerge un poco más y encuentra varias botellas entre ropa y periódico, entre ellas dos medianas y una grande que saltan a la vista. Las botellas son semi-oscuras pero aún transparentes. Seguí las instrucciones al pie de la letra, así que les puse una etiqueta de "Pintura de Artista, no es inflamable".

—¿Pintura? —inquiere viéndome como si estuviera loca.

—Las botellas de vidrio son un excelente contenedor —explico. El hombre me da una sonrisa de lado y toma el ziper con un poco más de cuidado.




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