Bajo del metro con mi pequeño bolso marrón. Aún tengo la costumbre de agarrarlo con fuerza. Costumbres que duramente se me borrarán, supongo.
Ya han pasado unos días desde que llegué a Madrid. Comienzo a sentirme un poco más cómoda con los trayectos en metro, y estoy definitivamente feliz y emocionada por la exhibición.
Peter me ha ayudado a traerlos todos a la galería. En realidad el chico ha sido de gran ayuda, aunque es un poco tímido.
También estuve a punto de traer el lienzo de Mateo, pero decidí dejarlo, ya que ya están seleccionadas todas las pinturas y no quisiera complicar el proceso. Y también, no creo estar lista para venderlo. No sé siquiera si algún día lo haga.
Debo tratar de seguir el consejo de Katherine y seguir adelante con mi vida. Debo dejar ir a Mateo, aunque duela. Me sigue sorprendiendo el que haya visto a alguien tan parecido a él, aunque cada vez el recuerdo se hace más borroso.
Por cierto, Katherine no fue quien puso el lienzo en mi maleta, y al parecer no sabe quién pudo haber sido. Así que el misterio de cómo llegó ahí sigue sin descubrirse.
Entro a la galería, cruzando por el pasillo de paredes metálicas geométricas, y veo rápidamente el cabello rizado de Elena en el fondo, hablando con unas personas que parecen ser del equipo de instalación.
—No, necesitamos que esté listo para la siguiente semana. No tenemos mucho tiempo —Levanta la vista y me ve con el rabillo— ¡Ah, hola Bámvika! —dice en cuanto me ve extendiendo sus brazos hacia mí. Los de personal aprovechan para darse la vuelta y seguir trabajando.
—Hola, Elena —le digo, recibiendo su abrazo— ¿Cómo va todo?
—Bien, bien. Debemos comenzar a colocar las pinturas en las paredes, además de imprimir las cartelas. Hoy podemos trabajar en abrir esas cajas —me dice apuntando a las cajas de mis pinturas— No quise hacerlo sin ti. Son tus bebés, después de todo.
—Gracias —le digo con una sonrisa.
Elena llama a unas personas del equipo de instalación para ayudar a mover las grandes cajas y así comenzar a abrirlas. Uno a uno vamos sacando cada cuadro, revisando los lienzos, el finalizado, y el marco, para asegurar que todo haya viajado bien.
—Oh, no... —escucho que dice Elena. Suelto el cuadro que estaba por sacar y me acerco a ella.
—¿Qué sucede? —inquiero, tratando de ver si el cuadro que tiene en mano tiene algo malo.
Elena alza el cuadro al aire y lo ve de cerca.
—El marco de este se ha roto.
—¡Oh, no! —le digo acercándome para verlo de cerca.
Tiene razón, la madera está rota por la mitad.
—¿Cómo pudo pasar?
—No te preocupes, ya nos ha tocado así antes. Tengo un buen amigo que nos puede ayudar a repararlos.
Me tocó el pecho más relajada.
—Solo tenemos que asegurarnos de que puedan hacerlo en una semana —me dice y mi pecho se vuelve a agitar.
—¿Una semana?
Elena le muestra el cuadro a uno de los trabajadores y le pide que lo ponga en un escritorio alejado del resto.
—Veamos cuántos están lastimados, y así podremos hacer un mejor estimado.
Asiento y continuamos sacando los cuadros de sus cajas. Al terminar, ponemos 10 cuadros, de los 36, sobre el escritorio.
—Está bien. No son demasiados —dice. Ve su reloj con una mueca y busca su celular—. Permíteme un segundito. Veré si está disponible.
Yo asiento y Elena se aleja un poco para hablar por el teléfono.
Yo continúo revisando con cautela uno de los cuadros en mis manos. Este es de la ciudad de Antigua Guatemala, con pinceladas un poco más libres y mucho, pero mucho color vibrante.
Siento una mano en mi hombro y me remuevo del lugar, un poco asustada.
—¡Hola! Soy yo —me dice un delgado y alto Peter.
—¡Ah! ¡Hola Peter! —digo ya volviendo en sí—. Me asustaste un poco. No esperaba verte en la galería hoy.
—Decidí pasarme a ver cómo estabas, por si ocupadas un poco de apoyo moral. ¡Oh! Y un café —dice y me pasa un café en vaso desechable. Se ve apetecible en estos momentos.
—Muchas gracias, Peter —le digo con una sonrisa.
Elena regresa adonde estamos nosotros, pero por la expresión en su rostro, parece no traer buenas noticias.
—Mi amigo Carlos no podrá ayudarnos. Estará haciendo unos trabajos en Italia todo el mes de febrero y marzo.
—!Oh, no...! —digo, sintiendo la presión en el pecho.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Peter a Elena.
—Hay 10 cuadros que ocupan nuevos marcos. Los anteriores se lastimaron en el viaje.
Peter se toca la barbilla pensativo.
—¿Conoces a algún carpintero? —le pregunto, acercándome un poco a ellos, con mi café en mano.
—Hmm... No. No, no —dice Peter, metiendo ahora sus manos a sus bolsillos.
Elena se queda pensando un momento también, con un dedo rascando el lado izquierdo de su frente.
—Necesitaremos un milagro —bufa Elena—, alguien que salve la obra.
Que salve la obra... eso me suena...
—¡Oh! El chico salva-maletas —digo en voz alta y sacó el celular de mi bolsita marrón.
—¿Salva-maletas? —inquieren Elena y Peter al unísono.
Le quito el protector a mi celular con premura, aunque con cuidado de no botar mi celular, y saco la tarjetita cuadrada con bonita tipografía.
—Es un chico que conocí en el aeropuerto —digo mientras comienzo a marcar el número en mi celular.
Elena y Peter solamente me observan. Escucho que suena tres veces pero no responde nadie, y en el fondo escucho a Peter halagar el cabello de Elena.
Es que en realidad es muy bonito.
—No contestó —digo colgando la llamada que acabo de hacer en mi celular.
—Está bien, quizás encontremos a alg...
Mi celular comienza a vibrar y es un número sin nombre.
—¡Creo que es él! —exclamo interrumpiendo a Elena— ¿Aló?
—Hola... Tengo una llamada perdida de este celular —dice una voz relejada que reconozco.
—¿Eres el chico salva-maletas?
—Chica que viaja con pintura en botellas de vidrio, ¿eres tú?