Pintaré tus Sonrisas

7 - Mucho café

—Gracias, Nico —digo y cuelgo la llamada.

—¿Qué te dijo? —inquiere Elena, apretando su celular con nerviosismo, mientras Peter presta atención.

—Dice que... ¡Sí podrá ayudarnos! —exclamo y Elena y yo comenzamos a saltar de alegría mientras damos pequeños grititos, seguido de un abrazo.

—¡Qué bien! —dice Peter—. ¿Cuándo vendrá el famoso salva-maletas?

—Me dijo que vendría mañana a tomar las medidas y así saber cuánta madera necesitará —respondo viendo hacia mi celular.

—Perfecto —dice Elena y ve hacia su celular—. Creo que podemos dar por terminado el trabajo de hoy. Mañana continuamos, y podemos colocar las pinturas que tenemos en perfecta condición.

—Me parece bien —le digo y tomo mi bolsito marrón para colgármelo en el hombro y así prepararme para salir—. Gracias por hoy —le digo a Elena dándole un abrazo veloz.

—¡Claro! Ya verás como todo se alineará —me dice y me da un abrazo igualmente.

—Gracias —le digo con una sonrisa—. Bien, nos vemos mañana.

—¡Perfecto! Yo debo terminar de acomodar unos papeles antes de salir —dice Elena caminando hacia la oficinita—. Mañana a la misma hora.

—¡Perfecto!

—Bien, vamos —dice Peter, un poco cabizbajo.

—¡Oh! No te preocupes Peter. En realidad, quisiera irme en el metro hoy —le digo y sus ojos se iluminan un poco.

—¿Estás segura?

—Sí, pero gracias. Agradezco mucho tu amabilidad—digo y le sonrío, él me sonríe de vuelta, con un brillito en sus ojos.

—Ve con cuidado —me dice y comienzo a caminar hacia la puerta de salida.

Ya en el metro, me recuesto un poco sobre el tubo al que me detengo. Las manos las siento entumecidas por estar desempacando los cuadros, y la cabeza comienza a zumbarme un poco.

De repente, recuerdo lo que pasó la vez anterior que estuve en este metro y no puedo evitar buscarlo alrededor, para ver si esta vez está aquí de nuevo.

Veo hacia mi lado derecho, inspeccionando el metro. Una ancianita que va sentada, un poco alejada de mí, me ve, tratando de descifrar qué es lo que estoy buscando. Yo le sonrío, para disimular, pero ella solo voltea su rostro al otro lado, con expresión seria. Es una ancianita ruda.

Veo de nuevo al lado opuesto pero no veo nada. Solo más personas con ojos soñolientos y cabezas recostadas en las ventanas.

Hoy no está aquí. Quién sabe si lo volveré a ver.

Quizás fue mera imaginación mía después de todo.

El haber encontrado su retrato en mi maleta me tiene en las nubes. Sí, quizás sea eso.

Llego a mi parada y salgo sin inconvenientes. Camino un poco cabizbaja hacia el Airbnb, mientras el aire frío mueve mi flequillo hacia los lados de mi rostro. Entro por la puerta de metal negra, la cual solo tiene un pasadorcito pequeño. Luego saco la llavecita dorada de mi bolso marrón para abrir la puerta de madera.

Entro y escucho el silencio del apartamento.
Aún no me acostumbro a estar sola. A que no haya una niña de 7 años gritando por doquier, o preguntándome qué estoy haciendo, o tratando de agarrar mis pinturas sin que me de cuenta (aunque siempre me doy cuenta).

Dejo mi bolso marrón en la encimera y camino hacia el refrigerador, tras sentir un temblor extraño en mi estómago.

—Veamos... ¿Qué comeré hoy? —digo abriendo la puerta del refrigerador.

Peter me ayudó a hacer algunas compras para tener cosas esenciales. Aunque no hay muchas cosas, me percato de unas ensaladitas de esas que vienen en paquetes.

—Esto debe ser suficiente por hoy —digo agarrando la ensaladita—. Aunque la porción de pollo parece ser para un bebé, no para un adulto.

Me la llevo para la sala de estar y me acomodo en el sofá azul con las almohadas amarillas. Me quito los zapatos blancos y los dejo botados para poner mis pies en el sofá.

Aprovecho para ver mi celular un momento mientras como la ensalada miniatura. No hay muchas novedades. Veo que CaixaForum aún no sube una publicación sobre la exhibición.
Después veo un momento mi inicio pero, por el dolor de cabeza, me doy cuenta que no es muy buena idea ver el celular en este momento.

Termino de comer, en silencio, y luego me pongo una pijama turquesa para dormir. Mañana será un nuevo día, y mañana veré al chico salva-maletas de nuevo.

Quizás deba escuchar a Katherine. Creo que es momento de superar el pasado y comenzar a crear un nuevo presente, aunque duela.

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Camino hacia la galería con un poco de premura.
Vi un lugar con periódicos al salir del Airbnb y paré a tomar uno. Eso hizo que me atrasara un poco, aunque valió la pena.

La salida del metro fue rápida y sin muchos altercados. Siento mis pies golpeando el asfalto con velocidad, y un poco de sudor que se asoma a mi frente.

Finalmente llego a la galería cuadrada con fachada anaranjada, con las plantas en la pared del lado derecho. Me sigo preguntando cómo logran mantener eso en tan buen estado.

Entro por las grandes puertas y camino por el pasillo de paredes metálicas y geométricas. Logro ver a Elena hablando con el equipo de personas que estarán instalando las pinturas. Me ve y me saluda con su mano desde lejos, con una gran sonrisa amistosa como siempre.

—¡Elena! ¡Hola! Disculpa la tardanza —digo dándole un abrazo.

—Ahí está mi tía favorita —dice recibiendo mi abrazo y besito en la mejilla—. No te preocupes, apenas vamos comenzando.

Asiento y suelto el abrazo, me arremango mi blusa beige y veo hacia los cuadros dañados en la mesa.
Una sensación de alegría me cubre el pecho, pues es momento de crear y construir.

—Hola Bamvi —me sorprende Peter llegando desde atrás, llevándome un café a la mano.

—¡Peter! ¡Hola! No sabía que estarías acá —le digo dándole un abrazo de lado rápido y tomando un sorbo de café.

—Vengo a apoyar a la mejor artista de Guatemala.

—¿Sabes que no tienes que venir cada día, cierto?

—Sí, pero todo por apoyar. Las clases están un poco lentas de cualquier manera —dice subiendo y bajando los hombros.




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