Escucho las puertas del metro abrirse y vuelvo la vista.
No venían hacia mí, se preparaban para bajar.
Logro ver al chico una vez más, ya que es un poco alto y resalta de entre la multitud. Vuelve su vista de nuevo a mí un segundo antes de bajar, con una mirada observadora, y yo vuelvo a ver hacia otro lado. Espero que no piense que lo estoy acosando.
Dicen que en el mundo deben haber al menos 8 personas que se parezcan a ti. ¿Será ese chico uno de las 8 personas de Mateo?
No estoy segura. Solo sé que mi corazón bombea a mil por hora y que no puedo, y quizás no quiero, sacar esa mirada de ojos grises y cejas negras pobladas de mi mente.
Finalmente llego a mi Airbnb, no sé cómo ya que, de nuevo, andaba con la cabeza en las nubes. Abro la puerta de metal negra y luego la de madera con la llavecita dorada. Dejo mi bolsita marrón en la encimera de la cocina y camino a la habitación, guiándome con la luz que entra desde afuera por la ventana grande que está detrás del televisor, y quitándome la cola del cabello mientras camino.
Veo hacia la gaveta de la mesita de noche. Ahí está el lienzo. Debo verlo, solo una vez más, ahora que tengo su mirada fresca en mi mente.
Jaló la cuerda para encender la luz de la lámpara y abro la gaveta. Noto con una sonrisa el lienzo enrollado. Lo tomo y me siento en la orilla de la cama para verlo. Me siento nerviosa aún, aunque no tanto como la primera vez que vi al chico misterioso.
Quito la cinta roja con ligereza y extiendo el lienzo. Lo observo y confirmo que sus ojos son idénticos. Sus labios también. Aunque su rostro en un poco distinto al de Mateo. Claro, Mateo estaba bastante joven cuando le hice este retrato, tenía 15 años.
El chico misterioso que vi en el metro se veía en sus 20s, quizás más cerca de los 30s.
Tal vez sea como dice Katherine: una de esas coincidencias raras de la vida.
Aunque debo admitir que no creí volver a ver ojos grises como los suyos, y mucho menos que causaran esta extraña conmoción en mí, como sólo él podía.
Suspiro al aire y enrollo el lienzo, amarro la pequeña cinta roja con brillantina, haciendo un pequeño moño, y lo coloco dentro de la gaveta.
Me pongo de pie y me arreglo para dormir, con mi pijama turquesa, y un lavado de dientes rápido, mientras veo a la chica de cabello despeinado en el espejo.
Mi hermana me convenció de hacerme un nuevo corte en Guatemala. La estilista dijo que era un degrafilado y que me haría capas, dándome volumen. Lo único que sé es que no puedo estilizarlo, porque literalmente cada que lo intento parece ser una melena descontrolada. Es por ello que rara vez lo tengo suelto. Una coleta alta y mi flequillo es todo lo que necesito.
Termino de cepillarme los dientes y me voy de nuevo a la cama, no sin antes ver la gaveta de nuevo, y esos ojos grises se cruzan por mi mente. Parte de mí me grita que es él, no sé si son las palpitaciones rápidas de mi corazón o la sensación de movimiento en mi estómago, o quizás sean ambas.
Me cubro con las sábanas blancas y veo hacia el techo también blanco. Apago la luz de la lámpara y queda solo esta pequeña luz blanca de la calle, que hace que todo se vea azul y gris en la habitación.
Debo descansar, pero esos ojos grises me invaden.
Bien, puedo pensar en ellos, ¿cierto?
Quizás eso me ayude a dormir.
Cierro los ojos y lo veo de nuevo.
—No, no me ayuda —digo abriendo los ojos.
Agarro my celular y entro a las redes. Veo mi inicio un rato, con un par de actualizaciones de amigos de Guatemala. Allá aún es de día.
De repente se me cruza una idea repentina por la mente y voy rápidamente al buscador.
Escribo su nombre: Mateo Luna.
—Me pregunto si aún está su antiguo perfil —digo en voz alta para mí misma mientras veo la rueda girar, señal de que está cargando la búsqueda.
Finalmente se carga y entro al perfil. Veo su foto y es la misma que ha tenido desde que lo conocí. Es una foto en blanco y negro, en la que él está viendo hacia abajo, directo a la cámara, con el cielo de fondo, usando una remera oscura y sus audífonos con cables. Su mirada es serena, enmarcada por sus cejas pobladas y oscuras en un semi-ceño fruncido. Sus labios no tienen ninguna señal de una sonrisa, creo que no le gustaba sonreír en sus fotos. Aunque extrañamente, así es como mejor lo recuerdo.
Veo su muro y los mensajes antiguos de personas lamentando su tan repentina pérdida.
Ver eso de repente me pone muy triste, y hace que mi corazón se me encoja en el pecho, recordando el momento en el que su nombre salía en la lista de personas fallecidas en el segmento de aquel noticiero.
Katherine tiene razón. Debo dejar ir a Mateo.
O más bien... a su fantasma.
Quien sea que fuera la persona que vi en el metro hoy, tenía un parecido indescriptible, pero es imposible que sea Mateo. ¿Por qué desaparecería? Dejando a toda su familia con un dolor insanable. No tendría sentido.
No... yo debo honrar su memoria. Dejar el pasado donde debe estar, y seguir en el presente, aunque me pueden inspirar esos ojos y esa sonrisa de vez en cuando. Eso sí.
Pongo el celular debajo de la almohada y me acomodo de lado para descansar. La exhibición será dentro de poco, debo prepararme.
Pienso en eso mientras finalmente siento el sopor y me hundo en el mundo de los sueños.
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Me despierto con la luz del día que me acecha desde la ventana. Me tapo el rostro con las sábanas pero estas no ayudan, ya que son blancas.
Me doy por vencida y me destapo hasta la cintura, luego estiro mis brazos y escucho más de un "pop".
Tomo mi celular de debajo de la almohada y noto que tengo un mensaje.
Es Nico.
¡Es Nico!
Es... Nico...
Nico: Hola Bamvi. ¿Estarás hoy en la galería?
Oh... quizás tiene algún cuadro pendiente.
Sin embargo, recuerdo haber visto todos los cuadros en muy buen estado ayer.
Bien, admito que no revisé cada detalle.