Pintaré tus Sonrisas

12 - Competencia

—Experiencia Tea Party para dos —dice un chico rubio llevando una base con sandwichitos y pequeños pastelitos, interrumpiendo un momento la conversación entre Nico y yo.

—Gracias —le digo y se va con una sonrisa— Vaya... —digo viendo todos los pastelitos.

—No sabía muy bien qué te gustaría, así que pedí este que trae varias opciones —me dice y le sonrío.

—Gracias Nico, está perfecto —le digo tomando un pequeño sándwich—. Aunque no prometo acabármelo —le digo y ríe.

—No tienes qué —me dice posando su mano sobre la mano que tengo sobre mi rodilla.

Su toque suave me pone un poco nerviosa y paralizada.

—Y... cuéntame de ti —le digo levantando suavemente mi mano para tomar mi taza de café.

—¿De mí?

—Sí. Quisiera saber...

—Pregúntame.

—¿Por qué una carpintería?

—Bueno, eso está sencillo. Me ha gustado crear cosas con las manos desde muy pequeño. Me encantaba crear juguetes para mí de lo que fuera, barro, arcilla, lodo. Mi madre debía tenerme ocupado o le terminaba rayando las paredes con marcadores —me dice y río suave— Crear me mantiene cuerdo —aclara y yo asiento.

—Te entiendo —le digo y nuestros ojos se chocan un segundo.

—A ver, dime tú... ¿Cómo descubriste que querías ser artista?

—Es una muy buena pregunta —le digo dejando el panecillo en la base, o lo que queda del panecillo—. Mi mamá bromea diciendo que nací con un lápiz en las manos. Desde pequeña me gustaba dibujar, y a mi pobre hermana le vivía dibujando pollitos en sus tareas de la escuela.

—¿Pollitos?

—Sí. Fue lo primero que aprendí a dibujar. Tendría 3 o 4 años. Irónicamente, mi hermana fue quien me enseñó.

—Ella fue la culpable —dice riendo.

—Sí. En gran manera me ha apoyado —le digo, viendo hacia un pastelito con turrón de fresa que me llama—. ¿Y tú? ¿Tienes hermanos?

—No. En realidad soy hijo único —me dice y levanto la mirada hacia sus ojos miel —Aunque, tengo un primo, Marcus. Él se ha convertido en prácticamente mi hermano —dice, con una sonrisa peculiar, tomando otro sorbo de café.

—Suena a que son muy unidos —le digo.

—No te imaginas cuánto. A veces ya no lo soporto —dice con una risa contagiosa.

—Entonces sí que son hermanos —le digo riendo, finalmente tomando el pastelito que deseo en mis manos.

Tomo una pequeña mordida y levanto la vista al sentirme observada.

—¿Ya te habían dicho lo tierna que te ves comiendo pastelitos?

Ay no, ahí viene de nuevo el calor a las mejillas...

—¿Sueles sonrojarte mucho?

Y ahí voy, sonrojándome más, con las mejillas ardiendo y la frente me comienza a sudar.

—No tanto... —digo con un hilo de voz, y una sonrisita— Tú me haces sonrojar —suelto, aunque me arrepiento al instante, por su mirada cautelosa pero observadora.

—Me pregunto si tengo competencia —dice y yo frunzo un poco el ceño.

Dejo el trozo de pastelito en la mesa y lo veo con una sonrisa. De repente, unos ojos grises cruzan mi mente, y también una sonrisa en un lienzo.

¿Quién diría que dejar ir sería tan difícil?

Me sigo diciendo a mí misma que Katherine tiene razón, que debo dejar ir esto que siento. Sin embargo, parte de mí aún se aferra a ese chico dulce de ojos grises, al chico amable que me enseñó el sentimiento más bello en el universo. Pero no pudo quedarse para concretar lo que sentíamos. Se fue... y con él se fueron mis esperanzas de volver a querer.

—Yo...

—Hola. Disculpen. Ya se acabó la hora reservada —dice el chico rubio con su delantal blanco.

—Está bien —dice Nico parándose, sacudiendo un poco su pantalón caqui, aunque creo que no tenía migas, pues no vi que tomara ni un pastelito.

—¿Necesitarán una caja? —pregunta y Nico asiente.

—Sí, gracias —digo yo también y el chico rubio se va rápidamente al primer piso.

—Se nos pasó volando la hora —le digo a Nico, tomando un último sorbo de mi café.

—Sucede cuando estás con la mejor compañía —me dice también tomando otro sorbo de su taza.

Creo que ya no me puedo sonrojar más hoy.

Finalmente llega el chico con la caja para poner los pastelitos. Tomo con cuidado cada pastelito y lo coloco en la caja de cartón blanca, tratando de no arruinar la decoración.

Nico y yo bajamos al primer piso, él abre la puerta roja, y salimos de la cafetería, no sin antes agradecer al chico rubio que nos atendió.

—¿Quisieras ir a algún otro lado? —me pregunta Nico y estoy segura que me brillan los ojos, porque me ve con una sonrisa de punta a punta.

—Me encantaría pasarme por los museos —le digo y toma mi mano con delicadeza.

—Me parece perfecto ¡Vamos! —me dice señalando hacia el auto levemente con su cabeza.

De repente escucho la vibración de un celular y Nico lo saca de su bolsillo para responder, soltando mi mano.

Nos detenemos un segundo y lo observo, con su camisa negra de mangas cortas formal. Me sonríe levemente y luego sus ojos miel ven hacia el otro lado mientras escucha a quien sea que le está hablando en el teléfono.

A lo lejos alcanzo a escuchar una voz femenina, y suena demandante.

—¿Pero, está todo bien? —inquiere finalmente, luego de unos minutos.

Ve hacia el suelo dando una pequeña patada, con su otra mano en su bolsillo.

—Vale. Sí... Ya...

Yo veo hacia adentro de la caja de pastelitos, distrayéndome un segundo. No quiero parecer muy interesada en su llamada.

—No. No te muevas... Sí. Dame unos... —Ve hacia su reloj de muñeca y levanta la vista de nuevo— 20 minutos... Es lo más rápido. Vale... Vale —Y finalmente cuelga la llamada.

—Debes irte... —afirmo.

—Lo siento Bamvi, es una emergencia familiar —dice y yo asiento.

—No te preocupes Nico, yo entiendo —le digo ahora tomando su mano.

Él ve un momento nuestras manos y aprieta suavemente su agarre.

—Por cierto... —Comienzo a decir, con la frente comenzando a sudar y mi garganta queriéndose cerrar—, no hay competencia.




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