Tomo las toallas que están en la repisa del baño y camino lentamente hacia la sala de estar.
Tengo a Mateo en la sala...
Bien... ya sé que se llama Marcus, pero se parece demasiado a Mateo. A un Mateo más... maduro.
Levanto la vista, saliendo así de mi ensimismamiento, y veo la espalda de Mateo, con la camisa un poco pegada a su piel por la lluvia.
Ah, digo, Marcus. Se llama Marcus.
¿Pero y si es Mateo?
Marcus vuelve su vista hacia mí, con una sonrisa de labios cerrados, recibiendo la toalla gris que le extiendo.
—Gracias Bamvi —me dice y comienza a secarse un poco la nuca.
Me quito su saco negro y lo dejo en el sofá azul, mientras me seco yo también el cuello y el pecho.
—Creo que tenías razón. El saco me ha salvado —le digo y se detiene un segundo para verme.
—Me alegra mucho.
Nos quedamos un segundo en silencio, mientras nos palpamos con la toalla para secarnos un poco.
—¿Te gustaría un café? —pregunto repentinamente y me sonríe con todo y su mirada.
—No podré negarme. Gracias.
Asiento y camino a la cafetera, Marcus me sigue, sentándose en el banco frente a la encimera de la cocina. Me doy la vuelta, recostando mis codos sobre la encimera blanca.
Ya no soporto estos tacones...
Veo que él toma su celular y parece escribir unos mensajes. Yo aprovecho y trato de agacharme un poco para desabrochar los cinchos de los tacones.
Los dedos de mis pies suplican por su libertad.
Me acabo de dar cuenta que cuesta mucho mantener el balance cuando te agachas con tacones. Siento como uno de mis pies se tambalean. Trató de sostenerme de la gaveta que está frente a mí pero fallo y me caigo sobre mis glúteos.
—¿Estás bien? —pregunta Marcus, mientras escucho como se aleja del banco y se acerca a mí rápidamente.
Nos quedamos viendo un segundo y no puedo evitar reír. Estoy tan cansada que parezco borracha. Bueno, también tomé un poco de vino, pero no lo suficiente.
Encima de eso, tener a Marcus aquí aumenta la sensación de que estoy en un sueño.
—Estaba intentando quitarme los tacones —le digo recibiendo sus manos morenas claras, y aún conteniendo la risa.
—Debes estar cansada. Ha sido un día largo —me dice, soltando una risa grave al ver como me cuesta ponerme de pie.
Por fin logro pararme, pero siento como mi tacón se tuerce y hace que mi pie se salga del zapato, aunque con el tacón aún puesto. Me sujeto rápidamente de los hombros de Marcus y siento sus manos sostener con fuerza mi cintura.
Ay no, espero no haberme doblado el tobillo. Me dolió...
Levanto mi vista y lo veo a los ojos unos segundos. Siento un cosquilleo en el pecho y un nudo en la garganta extraño, mientras el calor sube por mis mejillas.
—Lo siento, yo...
—No tienes de qué disculparte —me dice con una pequeña sonrisa. Aunque sus ojos no sonríen esta vez— No te muevas— me pide y yo coloco mi mano en la encimera de la cocina. Marcus se agacha un momento y siento como toca mis pies, buscando las cintas de los tacones.
—Marcus, no. No te preocupes —le digo tocando su hombro para llamar su atención.
—No es ningún problema —me dice levantando la mirada y sonriendo de lado— No está mal recibir ayuda de vez en cuando.
Siento como su dedo lucha, aunque suavemente, con el cincho del tacón y finalmente uno de mis pies es liberado. Marcus toma el tacón y lo pone a un lado, listo para ir a por el segundo. Yo levanto levemente el pie contrario, con el tacón, y su mano roza mi tobillo. Finalmente logra desabrochar el cincho y Marcus aleja el tacón para hacerlo a un lado, junto al otro.
Hago una risa involuntaria al darme cuenta que ahora el vestido está tocando el suelo completamente, y el frío hace que sienta un cosquilleo en las plantas de los pies.
Marcus se pone de pie y queda frente a mí, metiendo sus manos en sus bolsillos.
Sin los tacones, su pecho mojado queda mucho más cerca de mi mirada.
Siento el olor a café recién hecho entrar por mis fosas nasales y vuelvo la vista hacia el lugar de donde proviene, acompañado de sonidos burbujeantes.
—Ya está el café — le digo con una sonrisa cerrada. Marcus sonríe también y se acerca conmigo al lugar de donde proviene el olor.
—¿Te ayudo a sacar las tazas? —me pregunta y yo asiento.
—Gracias. Están en el tercer gabinete.
Escucho como saca las tazas y las coloca en la encimera. Yo tomo la cafetera y vierto el café caliente en las tacitas.
—¿Te gusta con leche? —le pregunto, dando dos pasos hacia el refrigerador.
—Oh, no, está bien. Me gusta así —me dice alzando la taza y dándole un sorbo.
—Claro —le digo mientras saco la leche y la vierto en mi taza.
Yo recuerdo que tenía miel.
¿Dónde la habré dejado?
Abro un gabinete, y luego otro, pero no la veo. Mis mejillas comienzan a calentarse ya que siento la mirada de Marcus encima de mí.
Por fin, veo la miel escondida detrás de un bote de arroz, y la saco.
Tomo una cucharadita de la gaveta y dejo que la miel caiga lentamente, de la botella a la cuchara, y de la cuchara al café.
—Sigue lloviendo a cántaros —dice Marcus acabando con el pequeño silencio no tan incómodo, viendo hacia afuera por la ventana.
—Sí. ¡Qué repentino! ¿Suele llover en marzo?
—Un poco. Las cantidades suelen variar.
—Ya veo —le digo tomando un sorbo de mi endulzado café. Mi bebida reconfortante es el café con leche y miel.
—Sí. No suele llover tanto. Hoy ha sido excepcional —dice dándole también un sorbo a su café.
—Lo siento —le digo escondiendo mi rostro detrás de la taza, tomando otro sorbito.
—¿Ah? ¿Por qué? —me dice frunciendo un poco el ceño con esas cejas pobladas y dejando su taza en la encimera.
—Es que... has sido muy amable al traerme a casa —le digo, aun sin soltar la taza—, pero si no hubiera sido así, no estarías aquí todo mojado —explico, y él suelta una risa gutural y contagiosa, que me hace sonreír al instante.