Pintaré tus Sonrisas

18 - Una pintura imborrable

Tomo un paso hacia atrás y tropiezo con un lo que parece ser un trozo de madera perdido, viendo en cámara lenta como caigo sobre mis glúteos.

—¿¡Bamvi!? ¿Estás bien? —exclama Nico mientras tomo su mano extendida para levantarme.

—Creo que sí —digo sobándome la pompi— Gracias por la invitación —Suelto su mano lentamente y evitó verlo a los ojos, sintiendo que seguramente parezco un lindo tomate— Debo... debo irme ya. Elena me está...

—Entiendo —me interrumpe, con una sonrisa que parece mueca. Levanto la vista, y en su mirada sostiene un brillo más bien decepcionado.

Tomo mi chaqueta de mezclilla de la mesa y camino hacia la puerta de vidrio, no sin antes verlo una última vez, mientras se despide con un ademán de mano corto.

Voy por el callejón con árboles a los lados, con las mejillas aún ardiéndome y las manos un poco inquietas.

Nico estuvo a punto de besarme.

¡De besarme!

¡A mí!

Pero... estoy muy confundida.

Nico es... muy bueno. ¡Y vaya si es atractivo!
Cualquier chica estaría gritando de emoción de tenerlo así de cerca.

Pero yo... no reaccioné.

En cuanto vi sus labios acercarse a mí, escuché la risa de Mateo, y sus ojos invadieron mi memoria.

No sé qué me ha hecho, pero esos ojos grises me han hechizado.

Bueno... Marcus, sí. Así se llama.

Marcus...

Veo en el callejón una tienda de arte y entro para distraerme un rato. ¿Quién sabe? Quizás encuentre a un nuevo Curiot.

No pensaba en ese nombre desde que tenía 13. Y en realidad dejé de ponerle nombre a mis cosas poco tiempo después.

Me pregunto qué habrá pasado con Curiot...

—Bienvenida —me dice una señora alegre de cabellos rubios, casi blancos, y ondulados— Aquí estaré si necesitas algo.

—Gracias —digo asintiendo amablemente.

Voy a la sección de lápices y veo un paquete que va del 4h al 8b. Es bastante completo. Lo tomo y continúo caminando alrededor para ver qué más tienen.

Pierdo la noción del tiempo, y siento como inevitablemente mi cuerpo se relaja al estar rodeada de materiales de arte.

Luego de dar un par de vueltas y analizar por mucho tiempo los distintos pinceles, paso por la sección de pinturas y no puedo evitar emocionarme. Aunque los precios en Euros duelen un poquito en comparación con los precios en Quetzales (la moneda de Guatemala), me llevo dos tubos, uno azul y uno amarillo, de pintura al óleo. Son los dos colores que más he usado últimamente.

Sigo caminando por el pasillo, y giro para entrar en otra sección.

¡Aquí están los cuadernos!

—¡Sí! —grito en voz baja y camino velozmente y de puntitas a los cuadernos. Vuelvo mi vista repentinamente al mostrador al recordar que no estoy sola y veo a la señora sonreír hacia mí. Vuelvo a asentir amablemente y regreso mi vista hacia los cuadernos, con las mejillas calientes.

—Bien... ¿Cuál me llevaré? —digo en voz baja para mí.

Hay varios opciones, aunque algunos son demasiado grandes, incluso tienen algunos de 35 centímetros de alto.

—Deberá caber en mi bolso marrón —digo observando las opciones pequeñas, usando mi dedo índice para señalar las opciones.

Tomo uno de pasta dura y negro, con espirales sosteniendo el papel. Sus hojas son de la mitad del tamaño de una hoja carta.

Lo tomo con cuidado, tocando la pasta dura y abriéndolo, pasando mis dedos por la textura del papel grueso.

Sí, este es el indicado.

Lo coloco junto a mi bolsa marrón y cabe perfectamente. Creo que he tenido suerte.

Camino hacia el mostrador con la señora de la sonrisa alegre y pongo los tubos de pintura, los lápices y el cuaderno frente a ella.

—¿Has encontrado lo que buscabas, cielo? —me pregunta mientras presiona botones en su mostradora.

Distraerme un poco... sí.

Me ve, esperando una respuesta, ahora sosteniendo de cerca los tubos de pintura.

—Ah... sí, sí. Gracias —le digo nerviosa.

—Bien... serían: €32.70.

¡Auch! Ya debo comenzar a acostumbrarme a estos precios.

Saco dos billetes de €20 de mi bolso y se los entrego. A comparación de los billetes alargados de Guatemala, estos parecen más un cuadradito.

—€7.30 para ti —me dice entregándome el cambio y una bolsa de papel café con mis cosas.

—Gracias —digo dándome la vuelta.

—¡Hasta luego, guapa!

—¡Hasta luego! —digo saliendo de la tiendita pintoresca.

Camino de nuevo en el callejón y noto una banca de madera muy bonita entre unos árboles. Tomo asiento y saco mi cuaderno nuevo junto con mis lápices.

Tomo el lápiz H de su estuche de metal y abro el cuaderno en su segunda hoja, lista para hacer un bosquejo.

—¿Qué puedo dibujar? —me pregunto, viendo hacia las personas caminar de un lado al otro.

Veo a una chica muy bella, con un vestido beige largo y pegado al cuerpo, y un abrigo negro casi tan largo como su vestido.

Comienzo dibujando su estructura al caminar con figuras básicas, para luego dibujar su cuerpo y su cabello claro al viento, con trazos suaves y sueltos.

Dibujar en este cuaderno me trae recuerdos de cuando dibujaba en Curiot. Mi primer pequeño cuaderno de bosquejos profesional, el regalo de Richard.

Y pensar que ahora están casados con Katherine, teniendo incluso a una pequeña.

Katherine...

—¿Qué hora es en Guatemala?

Tomo mi celular con premura y veo la hora. Son las 12:45 pm. Hago de nuevo el ademán con mis dedos para contar las horas de diferencia en Guatemala.

—¡Ay! 5:45 am. Es demasiado temprano.

Aún así, abro la aplicación de mensajes y veo el chat de mi hermana.

—¡Está en línea! —digo y un señor con abrigo negro y boina gris pasa frente a mí con un gesto de extrañeza en el rostro.

No le pongo importancia y tecleo un mensaje rápido.

Bamvi: Kaaaaaaaaaat!




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