Pintaré tus Sonrisas

20 - Como si te conociera

—¿Te gustaría acompañarme? Me gustaría darte una copia y saber tu opinión —me pregunta, viéndome directo a los ojos con una sonrisa de lado.

Algo se remueve en mi pecho, como pequeñas cosquillas. No sé si sean nervios o emoción.

Marcus me observa, esperando una respuesta.

—S-Sí. Me encantaría —respondo con las mejillas sonrojadas y le doy una sonrisa cálida. Él me sonríe de vuelta y puedo notar un brillo distinto en su mirada.

Toma su chaqueta de cuero negra de la silla y se la pone sobre su camiseta blanca.

—Aquí está el helado de pistachio que pediste —dice el pelirrojo, llegando de repente con una tacita.

—¡Oh! Es verdad. Te pedí un poco de helado. Ayuda con las emociones fuertes.

Cameron me ve y deja la tacita con el helado verde y cremoso en mis manos con una mirada seria.

—Nos traes la taza de regreso, eh, Marcus —le sentencia, y con un choque de puños se despiden.

Caminamos juntos hacia afuera, yo sosteniendo con cuidado mi helado, y de repente recuerdo...

No pagué mi comida.

—¡Oh! ¿Cuánto fue de la comida?

Marcus sonríe ampliamente, mas no me responde. Yo lo observo mientras caminamos uno al lado del otro.

¿Le pregunto de nuevo o lo dejo así?

Veo el pequeño helado de pistachio, parece que tiene aceite de oliva.

—¿Quieres helado? —le pregunto.

—Tranquila, come. Ese es especialmente para ti —dice y no dejamos de caminar.

—Me gustaría compartirlo contigo —le digo y se detiene lentamente.

—Ya que insistes... —Su sonrisa se dibuja suavemente por su rostro y parece que ilumina toda la ciudad de repente— Pero solo una cucharada. No quisiera dejarte sin helado.

—Está bien —le digo y le paso la tacita. Nuestros dedos se rozan suavemente y siento un cosquilleo en el estómago.

¿Cómo es posible que sienta tanto por alguien que apenas conocí ayer?

Él toma un poco de helado con la cuchara y se lo pone en sus labios medianamente carnosos. Desde acá se ven muy suaves.

Bamvi, deja de verlo.

Me regaño a mí misma, pero eso no ayuda.

—Está delicioso —Me pone la tacita de vuelta en las manos, colocando una de sus manos morenas debajo, como si temiera que fuese a botarla— Ahora tú.

Asiento, un poco sonrojada aún por su tacto. Por cierto, Marcus no ha quitado la mano de ahí.

Tomo la pequeña cuchara y deslizo un poco del cremoso helado en mis labios.

Marcus tenía razón. El helado ayuda con las emociones, porque justo ahora me siento completamente distinta a como hace una hora.

O quizás sea la buena compañía.

Al levantar la mirada, mis ojos chocan con unos grises, pero Marcus voltea la vista repentinamente a otro lado.

—Nunca había probado un helado así —le digo con una sonrisa—. Es cremoso, y dulce, pero no demasiado... Y el aceite de oliva le da un toque inesperado...

—Me alegra que te guste —dice y quita su mano de debajo de la mía para seguir caminando.

Yo me siento como una nena pequeña y consentida. De algún modo, me siento segura y feliz cuando estoy junto a él.

—Listo. Veamos si encuentro lo que quiere Nico —me dice en cuanto llegamos a las puertas de vidrio del taller.

Se saca un llavero de la chaqueta y abre la puerta con cuidado. Suena la campanita anunciando la llegada, aunque en el lugar no hay nadie a quien debamos ser anunciados.

—Ponte cómoda, yo buscaré los documentos —Camina hacia el fondo y se pierde en un giro a la izquierda, entrando por una puerta de madera.

Yo tomo otra cucharada de mi delicioso helado, del cual cada vez queda menos, y me siento en un banquito blanco.

Veo hacia el frente y noto que el marco grande que estaba armando Nico ya está casi completo. Veo que está colocando ya el lienzo en la madera, aunque le falta la esquina derecha.

—Me pregunto qué hará con un cuadro tan grande —digo en voz alta para mí.

—¡Oh! Eso... ni idea. Nico es muy reservado con sus pinturas. Más bien, es muy reservado en general. ¡Mira! ¡Qué pegaso tan épico! Este sí que no lo había visto —dice viendo el cuadro que vi esta mañana.

—Está precioso —le digo acercándome a él.

Los ojos de Marcus brillan al ver el cuadro.

—Nico es una máquina para la pintura —dice aún observando el pegaso entre las nubes y el cielo azul oscuro—. Bien. Encontré lo que necesitaba —dice señalando un maletín café con manchas de pintura que lleva en los hombros—. ¿Vamos?

—Vamos —le digo. Veo mi tacita vacía de helado y trato de meterla a mi bolso. Marcus la tiene que devolver...

—No te preocupes por eso —me dice tomando la tacita en sus manos —. Cuando vuelva acá la regreso, o le pediré el favor a Nico —me dice y deja la tacita blanca sobre una mesa.

—Gracias... —le digo y Marcus me devuelve la sonrisa.

—¿Cómo te sientes?

—Mmm... Bastante mejor —le digo evitando un poco su mirada.

Mi batalla mental parece interminable si, teniéndote enfrente, siento que me derrito y... no sé si es por tu encanto y amabilidad, o porque mi corazón late a mil por hora sintiendo que esos ojos grises ya me habían visto así tiempo atrás.

Tendré que escribir eso luego... pienso poniendo mi dedo en mi labio.

—Parece que algo aún te aturde... —dice frunciendo el cejo y escudriñando mi rostro, en busca de una señal, acercándose un poco a mí.

Mi corazón se acelera y mis manos comienzan a sudar.

—No, no. Estoy bien —digo viendo su rostro— ¿Vamos?

Asiente, un poco pensativo, y salimos del taller de Nico.

—Por cierto, no te conté, pero traje a la bestia —me dice acercándose feliz a su motocicleta negra.

—¿Se llama la bestia? —inquiero riéndome.

—Sí. Con ese nombre la bauticé —me dice con una sonrisa.

Se pone su casco y lo abrocha, luego saca otro casco de atrás de la moto, el que tiene el interior rosa, y me lo pasa. Yo lo recibo con cautela, ya que pesa un poco, y me lo pongo.




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