Pintaré tus Sonrisas

28 - Un tinte más

Voy caminando por una acera en una noche iluminada por la luna llena . Este lugar no se parece a nada que haya visto antes.

De repente, estoy frente a lo que parece ser un espejo, ubicado entre dos puertas. Me observo a mí mismo en este y noto a una versión mucho más joven mía, con los ojos no tan cansados, el cabello despeinado y con mi mechón de cabello blanco al descubierto. Esto en especial sí que llama mi atención.

Luego, alguien más llega al espejo. Es una tía. La observo bien a través del espejo y me sorprendo al notar que sus ojos son de un color verde con miel, y me distraen. Ella levanta la vista hacia el espejo y yo le sonrío. Por alguna razón le enarco la ceja. Ella me responde de igual manera y me pone nervioso.

Busco acomodar mi chaqueta, tratando de sacudir esta sensación tan extraña, cuando giro hacia el suelo y veo que está levemente recargada en una de sus piernas. Su pequeño tobillo está rojo y puedo ver que le duele, aunque trate de aparentar lo contrario.

Me recubren las ganas de cargarla y ayudarle a aliviar su dolor, de protegerla, pero me contengo cuando sale una tía rubia frente a nosotros, haciendo que la puerta de metal que cruzó pegue con fuerza contra la pared.

Abro los ojos de repente, sintiendo que el cuello me duele levemente.

—Todo fue un sueño... —musito, sintiendo la garganta seca.

—¿Otra vez durmiendo en el sofá? —me pregunta Nico llegando de repente.

—¡Hostias, tío! No me asustes así —exclamo abriendo bien los ojos.

—No te veías muy cómodo que digamos —dice entre risas burlonas—, pero ¿quién te manda a estar durmiendo en el sofá?

Me incorporo y me sobo el cuello con la mano. Esto de estar durmiendo aquí acabará conmigo.

Bostezo y estiro mis brazos para sacudir la pereza.

—¿Qué hora es? —le pregunto a Nico, quien se está sirviendo café, inundando el apartamento de ese olor tan familiar.

—Son las ocho.

—No puede ser —Me paro de un salto del sofá y corro hacia el baño— ¡Laura vendrá en una hora! —grito justo antes de cerrar la puerta.

Tomo una ducha rápida para terminar de despertarme y lavo mi cabello, con champú y todo, para quitarme el tinte temporal.

Salgo finalmente, con una toalla en la cintura y otra secándome el rostro.

—¿Laura? ¿A qué viene Laura hoy? —pregunta Nico en cuanto me ve salir.

—Hoy es viernes de retoque —le digo señalando mi cabello mojado. Ya hay una pulgada de cabello blanco saliendo de la raíz en una porción de cabello que va desde la coronilla hasta la cima del mismo, deteniéndose justo antes de llegar a la frente.

Cuando me di cuenta por primera vez de mi mechón, era más que nada en la coronilla, pero se ha ido expandiendo poco a poco hacia la frente.

Y desde que recuerdo, Laura se ha dedicado a teñirme el mechón de blanco a negro una vez al mes. Algunas veces se atrasa más que otras. No tenía problema con ello, hasta que en los últimos años se ha vuelto más meticulosa, insistiendo incluso en los tintes temporales, que me tengo que poner casi a diario cuando el mechón comienza a crecer.

¿Su razón? Decía que me iban a molestar en el instituto. Yo acepté, más por ella que por mí, de todos modos, en aquel entonces, no sabía ni siquiera quién era yo mismo. Para ser sinceros, aún no estoy tan seguro de conocerme verdaderamente.

Claramente ya no voy al instituto, así que ya no veo necesidad de hacerlo desde hace mucho tiempo.
Y justamente hoy, haber tenido ese sueño ha removido cosas en mí. Ver a ese tío joven, luciendo su mechón de cabello blanco con confianza, de algún modo me hizo sentir más cercano a mi yo real.

—Ah... ¿Sigues con eso? —dice caminado hacia la cocina de nuevo.

—Yo... Estoy considerando dejármelo.

—¿Finalmente? —pregunta Nico y por la distancia de su voz, intuyo que está en la cocina.

—Sí —digo entrando a la habitación y poniéndome la ropa debajo de la toalla. Escojo mis jeans azules de siempre, y tomo una camisa negra del armario. Después de vestirme, corro a ponerme mi colonia habitual—. Es que... —Salgo de la habitación y llego a la cocina para servirme café—. Tuve un sueño extraño de nuevo.

—¿De nuevo? Has soñado más esta última semana de lo que has soñado desde que te conozco...

—¡Lo sé! Y todos estos sueños tienen similitud. Estoy en ese lugar que no reconozco. Las calles están adornadas con rocas, y las casas son pintorescas y detalladas...

—¿Crees que sea...?

—¡No lo sé! Tú dime ¡Tú viajaste hacia allá!

—No vi tantos lugares como debí. Insisto en que deberíamos ir juntos la próxima vez —dice tomando un poco de su café con esa tranquilidad inmaculada tan propia de él.

—Ya sabes como se pone Lucía... y Laura. Si siquiera menciono la palabra Guatemala, se alteran.

Nico toma un sorbo grande de su café y luego de chasquear la lengua, gira su mirada hacia mí, serio.
Ya sé lo que viene.

—Mira, yo no puedo decirte que hacer Marcus. Pero, es tu vida. Necesitas saber tu verdad.

—Pero, ¿y si no me buscaron? ¿Y si no les importó mi desaparición? —pregunto inclinándome sobre la encimera, con los codos sobre esta.

—Claro que les importó —me dice sereno—. Estoy seguro que algo debió suceder que hizo que no supieran de ti. O, quién sabe, quizás te están buscando justo ahora.

—Eso espero... —musito. Mis ojos se distraen viendo un lápiz azul con negro en la encimera, junto al sobre verde con mi borrador del guión.

Olvidó el borrador cuando se fue.

—Por cierto, encontré tu lápiz de dibujo en el suelo —digo tomándolo y apuntando hacia Nico, como si fuera a lanzárselo.

—Ah... Eso no es mío —suelta seco, cubriéndose con una mano y frunciendo el ceño.

—¿Cómo? —inquiero mirando el lápiz. Es de esos de grafito especial que usa él.

—Sí tío. Yo no compro de esos lápices desde hace años. Y los que tengo son del tamaño de tu pulgar.

—¿Por qué mi pulgar?

—Porque es más pequeño que él mío —bufa con una carcajada.




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