Camino con Nico, siguiéndolo por el estacionamiento luego de la despedida rápida con Ángela, Erick, y los actores del set. Marcus no hace mucho se marchó, al igual que Laura. Nico me abre la puerta de su coche azul y me subo sin titubear.
Solo espero que Marcus esté bien. Se veía muy abrumado.
No debí decírselo así, de golpe. Me arrepiento tanto. Pero es que, el pecho, se me salía del pecho.
Pongo mi mano cerca de mi corazón y lo siento aún agitado. Luego toco mi rostro aún mojado por las lágrimas y lo trato de secar un poco.
Debía decírselo, sentía que debía gritarlo a los cuatro vientos.
No me importa lo que digan, o si no tiene el lunar de canas. Mi alma reconoce a Mateo Luna, y ya no puedo dejar que las dudas me nublen la vista.
Nico se sube al lado del piloto y enciende el auto. Parece bastante calmado, o ensimismado. Quizás está tan preocupado como yo, aunque lo demuestre de una manera distinta.
Al pasar del tiempo en silencio me doy cuenta que la radio del auto no está bien sintonizada, haciendo que no se escuche bien lo que dicen en la emisora, ni la música.
Veo hacia la pantalla un segundo y Nico vuelve su vista hacia mí, aún sereno.
—Escuchar ese ruido me perturba. Puedes conectar tu Bluetooth, y poner música si quieres —dice y vuelve su vista hacia el frente. Tiene el ceño levemente fruncido y las manos en el timón muy apretadas y tensas.
Asiento, con una sonrisa recta, y presiono los botones en la pantalla para encontrar el Bluetooth. Finalmente conecto mi celular y busco posibles canciones.
—¿Qué tan lejos estamos? —preguntó un poco ansiosa, deslizando por las playlists en mi celular sin poner mucha atención.
¿Cómo se supone que escoja música en este momento?
Ni siquiera pregunté adonde íbamos y, ahora que se me comienza a enfriar la cabeza, ya puedo pensar con un poco claridad.
—Estamos a más o menos... siete horas —suelta Nico y yo abro mucho los ojos. Veo el reloj, son las 12:45 pm. Llegaremos ya en la noche.
El ríe por lo bajo, pero no deja de ver hacia la carretera.
—¿A donde iremos? —le pregunto ya un poco preocupada. Y según yo iba a planear una mini-playlist. Esto va a requerir todo mi repertorio musical...
Nico me ve, aún un poco serio, y hace difícilmente una sonrisa de lado.
—A donde todo comenzó...
Suspiró, viendo hacia el lienzo aún tomado con fuerza en mi mano. Creo que ya es momento de aflojar mi agarre. Lo hago muy despacio y lo desenrollo lentamente frente a mí.
Ahí está, de nuevo. Esa piel morena clara, esos ojos grises, esa sonrisa: Mi Mateo. Respiro profundo recordando esos tiempos, cuando la vida no tenía más complicaciones que dibujar a mi amor platónico e ir a las prácticas del evento de belleza de una pequeña aldea de Guatemala.
Nico vuelve su vista hacia mí y hacia el lienzo por momentos. Carraspea su garganta y suelta, aún con voz serena:
—No se ve como una de tus pinturas actuales...
—No lo es —digo aún viendo las pinceladas gruesas en el lienzo. No era la mejor técnica, pero la pintura tiene cierto carácter—. Lo hice cuando tenía 13 años —le digo y la serenidad de Nico parece disiparse un poco, aunque trata de contenerla. Sus ojos se han abierto y su ceño fruncido anterior, ahora está más marcado.
—¿13? ¿A qué edad lo conociste entonces?—inquiere y yo le sonrío de lado.
Prepárate para una historia muy alocadamente tierna, Nico...
—Cuando Mateo y yo nos conocimos, yo tenía 12 y él 14 —le digo con una media sonrisa, sintiendo a la nostalgia, ya acomodada bastante bien en mi pecho, alterarse un poquito.
—Estabais muy jóvenes —dice ahora con la mirada más relajada, como pensativo.
—Mucho —digo y veo de nuevo al lienzo. Lo enrollo y veo hacia Nico.
—No fue mucho antes del accidente... —suelta pensativo, sin dejar de ver la carretera.
—En realidad, lo conocí a finales de septiembre... el mismo año que... ocurrió —confieso sin poder evitar que todos esos recuerdos inunden mi mente: El noticiero nocturno de última hora avisando el terrible accidente. Kat llorando y gritando aún ataviada con su vestido rosa. La familia de Mateo luego del accidente devastados...
Es verdad... Su familia... Deberán saberlo pronto.
—¿Y le hiciste su pintura a tan poco tiempo de haberlo conocido?
Yo sonrío, aunque mis ojos se humedecen por lo que estoy a punto de decir.
—Sí... Mateo fue la primera persona de quien me enamoré... —digo en voz baja. Nico carraspea su garganta y ve hacia el frente, aún pensativo—. Fue un amor juvenil... ¿Sabes? Era una niña muy ilusa...
Nos quedamos en silencio un segundo y yo cambio de canción. Comienza a sonar una de Bruno Mars de las románticas:"Talking to the Moon", y eso me conmueve. Esa canción la escuchaba pensando en Mateo, cuando acababa de suceder el accidente.
—Bamvi... —me interrumpe Nico.
—¿Sí?...
—¿Por qué, si veías el parecido, no dijiste nada hasta ahora?
Veo hacia abajo un segundo, tratando de organizar mis ideas, y luego vuelvo a ver a Nico.
—Es que... tenía muchas dudas. Quise juntar las pruebas antes de decir algo. Y... el que Mateo no me reconociera fue muy extraño para mí. Aunque, hay algo que no termino de entender...
—¿Qué es?
—Mateo tenía un lunar de canas en la cabeza. Un mechón de cabello blanco bastante característico. Pero en ningún momento se lo he visto a Marcus —digo desenrollando el lienzo con premura y señalando las líneas blancas pintadas en el cabello negro.
Nico frunce el ceño un segundo, viendo el lienzo rápidamente antes de volver la vista hacia la carretera, y podría jurar que una sonrisa de lado se dibuja en sus labios.
Ay Dios... ¿Y si no tiene el lunar?
—Lo sabía —suelta seco, moviendo sus dedos en el volante—. Bamvi... los únicos que sabíamos del mechón blanco de Marcus éramos Laura, Lucía y yo. Bueno, y David también.