Me despierto de mi sueño ligero, sintiendo que el cuello me duele, y abro los ojos con dificultad. Lo primero que veo es el cielo oscuro frente a mí, desde el interior del auto de Nico.
—Nico, disculpa. Me quedé dormida —le digo entre un bostezo, estirando los brazos hasta que escucho un "pop".
—No te preocupes. En realidad, ya casi llegamos —me dice viéndome un segundo.
Sus ojos miel se ven cansados, puedo ver como las bolsas bajo sus ojos se marcan un poco. Noto también que se ha quitado su chaqueta marrón, dejando ver su camisa negra de mangas cortas.
—Nico... Gracias por traerme —balbuceó, aún con sueño, y viendo el morado oscuro del cielo con pocas nubes alrededor.
Nico asiente y hace una sonrisita de lado.
Tomaré eso como un "de nada".
Él suele ser serio, pero justo ahora lo siento aún más distante. Seguro está muy preocupado también.
Luego de lo que estimo fueron 15 minutos más o menos, en lo que batallaba para mantenerme despierta (fallaba), siento el auto detenerse y abro mucho los ojos.
—Hemos llegado... —dice Nico finalmente.
Yo me desabrocho el cinturón lo más rápido que puedo, sintiendo el corazón tomar de nuevo ese ritmo acelerado. Tomo el lienzo con la mano izquierda, y abro la puerta del auto.
Veo a Nico tomar su chaqueta y bajarse del auto con lentitud, pero puedo ver como aprieta la mandíbula mientras se pone la prenda.
Al bajarme del coche veo que está más iluminado de lo que esperaba. Hay faroles cerca de los edificios, y estos mismos también tienen mucha luz. A lo lejos, logro ver el agua del mar alumbrada por la luna, que está casi a la mitad, casi cuarto menguante. La brisa del mar me pega en la cara, y se siente un poco helada.
Logro escuchar las voces de personas cantando y conversando, rodeando unas fogatas, y más allá, cerca de la orilla, veo una espalda conocida.
Lo reconozco gracias a la camisa blanca que lo hace un poco más visible. Está cabizbajo, sentado en la arena, rodeando sus rodillas con sus brazos.
—Ahora solo debemos divisarlo —dice Nico viendo a los lados, pero yo le toco el hombro y señalo a Marcus a lo lejos.
—Bien... —dice abriendo mucho los ojos—. Ahora... es tu momento —Me da un empujoncito suave en la espalda y yo vuelvo la vista hacia él.
—¿Cómo? —le digo sintiendo un escalofrío.
—Bamvi. Tú lo conoces desde antes del accidente. Llévale el lienzo —me dice buscando el rollo en mis manos. Sonríe al darse cuenta que ya lo tengo conmigo. Acerca su mano a la mía y aprieta en donde tengo la tela enrollada.
—¿Pero... no será mejor que le hables tú primero?
—Lo dudo Bamvi. Tú tienes la respuesta justo aquí —dice apretando una vez más y luego suelta mi mano lentamente.
Veo hacia Marcus y me muerdo una uña sin darme cuenta, mientras siento como la brisa despeina mi flequillo.
—Bamvi, créeme. Si alguien debe hablar con él en estos momentos, esa eres tú —Toma un poco de aire y sostiene mis hombros con ambas manos—. Tú puedes —me susurra.
Asiento, aún un poco nerviosa, y tomo el lienzo con fuerza. Comienzo a caminar lentamente, sintiendo el cambio del asfalto a la arena. Mis pies se unden en la arena con facilidad, lo cual no me ayuda a ser lo más sigilosa posible.
Finalmente llego adonde está Marcus, pasando al lado de los chicos de las fogatas, y me siento junto a él en silencio.
Por inercia, imito su posición, colocando mis rodillas entre mis brazos, y recostando mi barbilla en ellas.
Mi mano izquierda tiembla ligeramente.
Veo a Marcus por el rabillo de mi ojo, con su mirada dirigida directamente hacia el mar, aunque pareciera que no está aquí justo ahora. La brisa despeina sus cabellos negros suavemente, y la luz de la luna se posa en su iris, mezclándose con el gris de sus ojos.
Permanezco en silencio, cuidando que incluso mi respiración no haga mucho ruido. Luego de unos minutos, respiro profundo para tomar valor, y pongo el lienzo enrollado, con cautela, en su regazo.
Él abre más los ojos y baja la mirada, tomando el lienzo con cuidado y un poco de confusión. Frunce el ceño, pero sin dejar de tener los ojos húmedos.
—¿Qué...? —dice volviendo su vista hacia mí.
—Míralo —le susurro, animándolo con un gesto de mis manos —. Por favor...
Me examina un segundo, y sus ojos grises me atraviesan el pecho. De repente, mi corazón se llena de una tristeza inquietante. Yo vuelvo la vista hacia el lienzo, esperando a que lo desenrolle, mientras trato de comprender qué es lo que siento. Es una presión en el pecho que casi duele.
Marcus ve hacia el lienzo un poco serio, pero curioso. Lo desenrolla con cuidado, como si fuera papel y no tela, viéndome de vez en vez.
Al tenerlo abierto, sus ojos brillan ligeramente, y sus labios se separan, como quien quisiera decir muchas cosas y no puede.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mientras sus ojos están posados en la pintura.
—Bamvi... ¿Soy yo? —pregunta finalmente.
Yo asiento, observándolo con una ligera sonrisa, pero mis ojos se humedecen.
—Pero... ¿Por qué a mí?
—Marcus, yo...
Me ve, esperando a que hable, y yo temo a que se vuelva a alejar de mí.
No, él debe saberlo...
—Quise hacerte un obsequio especial... Antes de tu viaje a España —Marcus sigue observando el lienzo con el ceño fruncido, pero su mirada es serena—. Lo pinté hace 10 años...
En cuanto digo eso, Marcus resopla hacia la pintura. Respira profundo, como si estuviera conteniendo algo doloroso ahí adentro.
—¿De mi viaje a España? —pregunta viéndome con esos ojos grises de nuevo. El destello azul de la pupila se acerca por momentos.
—Yo... es una larga historia. Te lo contaré todo. Te lo prometo.
—Bamvi, tú me conociste antes del accidente. ¿Cómo es eso posible?
—No estoy segura. Quizás fue el destino. Yo creo que fui muy suertuda —susurro siendo hipnotizada por su mirada—. No te imaginas lo mucho que te he extrañado, todos estos años —suelto con dificultad, bajando de nuevo la mirada, sintiendo una lágrima que se me desliza por la mejilla.