Nico desliza la tarjetita en el cerrojo electrónico de la puerta y la abre con sigilo.
Yo veo desde atrás, tomada aún de la mano de Marcus. Comienzo a pensar que no me va a soltar toda la noche, y no me estoy quejando.
Entramos, Marcus sostiene la puerta para mí y suelta mi mano.
Ay no, hablé demasiado rápido.
—Bien, no está nada mal. Tiene un pequeño sillón —dice Nico señalando el pequeño sofá café de una persona que está en una esquina, junto a la puerta de vidrio que lleva al balcón que da vista a la playa. También hay una lámpara alta que ilumina levemente la habitación.
—Bamvi, toma tú la cama —me dice Marcus pero yo me niego automáticamente, girando el rostro de un lado al otro.
—Es verdad, no dudes en ponerte cómoda —insiste Nico, quien deja su chaqueta marrón sobre el sillón. Creo que marcó territorio...
—Pero ¿y tú? —le pregunto a Marcus, quien pone su chaqueta sobre el mueble de la televisión.
—No te preocupes por mí —me dice, con una sonrisa suave, casi imperceptible, pero sus ojos caídos se ven aún tristes—. Estaré en el balcón si me necesitan —dice en voz baja. Abre la puerta de vidrio y sale hacia el balcón, que tiene un par de sillas, y desde el cual se puede ver la luna brillante.
—Él estará bien... Ya verás —me reconforta Nico tocando suavemente mi brazo y dándose la vuelta con una sonrisa de lado. Camina hacia al balcón y, luego de un choque de puños, se une a Marcus a su detenida observación de la Luna.
Darles su espacio es probablemente lo mejor, pienso para mis adentros.
Veo la cama grande de sábanas blancas pero no puedo evitar sentirme mal. Ellos son casi como hermanos, pueden dormir en la misma cama sin preocupación.
Observo el pequeño sillón marrón un segundo.
Sí, yo puedo quedarme acá.
Muevo la chaqueta de Nico para ponerla sobre la cama, me hago un ovillo en el sillón, y cierro los ojos con el sonido de las olas arrullándome.
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Abro los ojos repentinamente, luego del sonido de una ola fuerte, y levanto la cabeza con dificultad.
¿Por qué tengo las sábanas blancas tapándome?
Estoy en la cama. Pero, ¿en qué momento?
Me siento en la cama, con la tensión en mi frente por el ceño fruncido, y veo hacia el pequeño sillón. Logro ver a Nico, siendo iluminado desde el lado izquierdo por la luz de la luna. Cubre su rostro con su antebrazo, pero distingo que es él por su cabello ondulado que sobresale levemente de detrás de su oreja.
Vuelvo la vista hacia el balcón y veo a Marcus, recostando sus codos contra la baranda de piedra, viendo hacia la luna y las estrellas con detenimiento. No puedo evitar sentir que no está en la tierra, sino divagando en sus pensamientos.
Me levanto de la cama en silencio, tratando de no despertar a Nico, y camino hacia el balcón.
Siento el suelo frío bajo mis pies. Tampoco tengo mis zapatos blancos puestos. Uno de los dos tuvo que haberme quitado los zapatos.
¡Qué pena!
Tomo la perilla de la puerta de vidrio y trato de abrirla sin hacer mucho ruido, sin éxito. Marcus se vuelve hacia mí rápidamente en cuanto ve que logro deslizarla.
Yo cierro tras de mí apretando los dientes y me acerco al balcón junto a Marcus, evitando un poco su mirada por el momento.
Me abrazo a mí misma por el frío, dejando mis codos recostados en la baranda del balcón, y observo la luna y las pocas estrellas que se logran divisar.
Con el rabillo, logro notar que Marcus aún sostiene el lienzo en su mano izquierda, ya enrollado. Su mirada se topa con la mía repentinamente, mientras sostiene una sonrisa de lado suave.
Yo le regreso la sonrisa de labios cerrados, captando sus ojos grises otro momento.
—Debo admitir que la pintura no te hizo justicia —suelto para romper el hielo. Ambos volvemos la mirada hacia el mar, junto con una risa silenciosa.
—¿Cuántos años tenías? —me pregunta repentinamente.
—Cuando te pinté tenía trece —le digo viendo su mano fuerte en el balcón, con esos delgados vellos negros en el dorso.
—¿Y ya pintabas así de bien? —inquiere abriendo mucho sus ojos.
—Gracias... Aunque, la técnica no fue la mejor —admito, apretando los labios. Dejo de ver su mano un segundo y me enfoco de nuevo en la luna.
—Para tener 13 años, me ha parecido una gran pintura —Se queda en silencio un segundo, viendo también hacia el cielo, y luego de carraspear su garganta, me pregunta:
—Y... ¿Por qué me pintaste a mí?
Siento como mi estómago se revuelve y mis manos ahora frías comienzan a sudar un poco.
—La historia es... un poco larga —le digo con una sonrisa estática, apretando los dientes.
—Puedes contarme... Yo sigo sin tener sueño —dice tragando fuerte.
Asiento, apretando los labios y poniendo mis manos entre las mangas largas de mi blusa marrón.
—¡Oh! ¿Tienes frío?
—No, no, yo...
Marcus desliza la puerta de vidrio suavemente, no sin antes dedicarme una mirada serena, y entra a la habitación. No logro verlo mucho, ya que la habitación está completamente a oscuras.
Escucho sus pasos suaves cuando viene de regreso y noto que tiene algo en sus manos.
—No sabía si traerte la chaqueta o la cobija, así que traje ambas —me dice poniéndolas frente a mí.
—Yo... —Veo a la chaqueta de cuero y luego a la cobija blanca. ¿Seré muy obvia si me lanzo a su chaqueta? —. ¿Tú no tienes frío?
—No, yo estoy bien —me dice moviendo de nuevo los artículos en sus manos. Me dedica una sonrisa de lado, elevando su ceja izquierda y eso me da un cosquilleo en el estómago.
Bien, no importa si soy obvia.
¿Qué podría ser lo peor?
Se trata de Mateo, después de todo.
Espera...
SE TRATA DE MATEO, DESPUÉS DE TODO.
Abro mucho los ojos y veo hacia el suelo un segundo.
—¿Estás bien? —pregunta viéndome con una mueca en los labios.