Pintaré tus Sonrisas

32 - Un hoyuelo

Nico va delante de nosotros, sosteniendo la tarjetita que abrirá la puerta de la habitación del hotel. Yo sostengo a Bamvi de la mano. Es tan suave que podría volverme adicto a su cercanía tan fácilmente. Llegamos frente a la puerta marrón y Nico abre la puerta con cuidado.

Sostengo la puerta para Bamvi, soltando su mano, y entramos a la habitación. No es muy grande, pero logro divisar el balcón a lo lejos y, por el dolor de cabeza que siento, pienso que quizás me ayudaría respirar un poco de aire fresco.

—Bien, no está nada mal. Tiene un pequeño sillón —comenta Nicolás, y señala un sofá de cuero que está en la esquina. La habitación es apenas alumbrada por una lámpara en la esquina también, haciendo que se vea como si fuera una película de esas viejitas.

Vuelvo la vista hacia Bamvi, para invitarla al balcón junto a mí, pero veo que sus ojos están entrecerrados. En verdad está muy cansada.

—Bamvi, toma tú la cama —le digo pero ella mueve su rostro de derecha a izquierda casi inmediatamente.

—Es verdad, no dudes en ponerte cómoda —me secunda Nico.

—Pero ¿y tú? —me pregunta.

Yo dejo mi chaqueta al lado del televisor. No creo que pueda dormir hoy. El dolor en la cabeza es probablemente por el cansancio, pero me es imposible dejar de pensar: pienso en esto que se me acaba de revelar, en cómo será mi familia, en cómo seré yo. Pienso en Bamvi también, mucho. Pienso en si esto cambiará el cómo nos llevemos. No sé quién era anteriormente para ella, pero para mí ella ya significa mucho más de lo que quisiera admitir. Me destrozaría si ella no sintiera el mismo magnetismo que yo.

—No te preocupes por mí —respondo, con una sonrisa. Al fin y al cabo, es dueña de todas mis sonrisas—. Estaré en el balcón si me necesitan —suelto y camino directamente a la puerta de vidrio. Poso mis codos en el balcón, respirando profundamente. La brisa del mar me despeina suavemente, y eso me relaja un poco.

—Él estará bien... Ya verás —escucho que dice Nico al fondo.

Bamvi permanece adentro. Solo espero que pueda descansar un poco antes de que volvamos a Madrid.

Dos palmadas de Nico en la espalda me sacan de mi ensimismamiento. No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero se lo agradezco con una muy leve sonrisa y un choque de puños.

Recuesta sus codos sobre la baranda y observa la playa también. Nos quedamos en silencio, solo el sonido de las olas nos acompaña.

Mi mente es un lío. Por un lado siento mucha alegría, y un cosquilleo inquietante en el pecho, pero por el otro estoy absorto y a la vez muy curioso. Aunque hay un tercer sentimiento: frustración.

Aflojo mi agarre del lienzo y lo pongo de nuevo frente a mí, abriéndolo con cuidado. El viento mece la tela, y la luna ilumina mi rostro pintado en ella.

—Tenía 13 años —La voz serena de Nico interrumpe el silencio.

Yo elevo las cejas. Vuelvo la vista hacia atrás, buscándola. Por lo poco que dejan ver las puertas de vidrio cerradas puedo notar que la cama está vacía.

—¿Te lo contó? —pregunto, acercándome un poco a él para no tener que hablar tan alto.

—Me dijo un par de cosas... Te hará bien hablar con ella.

—Ella... es especial —musito, con esta sensación abrumante en el pecho que hace que quiera correr a abrazarla cada vez que la veo—. De algún modo siempre encuentra la manera de hacerme sonreír —admito, señalando mis labios tensos.

—Me alegra saber que es mutuo —susurra Nico, cruzando sus manos frente a él.

Mis ojos se abren y veo a Nico con el ceño fruncido.

—¿Qué te dijo?

—Bro... —Una sonrisa de lado y unos ojos brillantes se reflejan en su rostro—. No hace ni falta que te lo diga. Solo mira la manera en que te pintó, a sus apenas 13 años.

Mis ojos se van de nuevo hacia el lienzo. Observo un momento el detalle del mechón de cabello blanco.

—Yo, por lo general, no pinto personas —aclara Nico—. Incluso si me lo pidieran.

—Es cierto que no he visto que pintes a nadie...

—Pero si algún día un artista pinta a una persona así, sin que nadie se lo pida... —suspira, colocando su mano en su barbilla—. Créeme, Marcus. Ese artista ya está perdido.

Admiro de nuevo el retrato frente a mí.

¿Acaso Bamvi estuvo enamorada de mí?

—Por otro lado —Nico vuelve a interrumpir mis pensamientos, haciendo que mi corazón se desacelere un poco—. Me dijo algo que creo que debes saber.

Enrollo el lienzo en mi mano y vuelvo la vista hacia un Nico pensativo. Veo como toma aire, y se prepara para decir sus palabras.

—Marcus. Tu familia no es que no te buscara.

—¿Cómo?

—Bamvi me contó que... —Nico pone su mano en su boca y ve hacia el otro lado, un tanto nervioso—. Marcus... ellos creyeron que no sobreviviste al accidente.

Siento una presión inundarme el pecho, y la vista se me torna borrosa.

—Pero... ¿Cómo? ¡Claramente no había un cuerpo! —exclamo, más alto de lo que hubiera querido, frunciendo el ceño.

Nico pone su mano en mi espalda, tranquilizándome, con una mueca de lado.

—No... Pero les entregaron lo que ellos creyeron que fueron tus cenizas. Marcus... todo este tiempo... Ellos no tenían idea de que estabas vivo.

Niego con la cabeza y se me escapa una pequeña risa involuntaria.

—Eso... eso no puede ser.

Nico me da un poco de espacio, recostándose de lado sobre la baranda.

Bajo la cabeza hacia el suelo. Doy un par de pasos en el balcón.

—Entonces... ¿ellos creen que estoy muerto? —pregunto deteniéndome frente a Nico.

Nico asiente.

Me muerdo el labio inferior, conteniendo elevar de nuevo la voz. Pongo mis manos detrás de mi cuello y tiro la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.

—Después de todo este tiempo...

—Marcus... Solo quiero que sepas, de bro a bro, que esto no es tu culpa en lo absoluto.

Y eso era todo. Sus palabras me rompen y no puedo evitar que salgan un par de lágrimas.

—Ellos no tenían idea, tú no tenías idea. Fue un juego cruel del destino.




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