¿Sabían que en España a veces desayunan pan tostado con tomate? ¿Y sabían que en realidad sabe muy bien?
Bueno, si no lo sabían, ya lo saben. Mateo nos cocinó unas tostadas con tomate esta mañana, con ayuda de Nico. Yo preparé los cafés.
Argentina, Francia y Grecia nos avisaron que se regresarán hoy a Barcelona, después de una semana. Así que el desayuno en la mesa está bastante cargado de emociones intensas.
—¿Estás segura que te gustó la tostada? —me susurra Mateo en la mesa. Yo asiento con una sonrisa cerrada, aún con la boca llena.
Me sorprendió saber que ese sería el desayuno. Creo que por eso se está cerciorando.
Como si pudiera no gustarme algo que haga Mateo.
—Hijo, tendremos que venir a verte pronto. Hay muchas cosas que aún no te contamos —dice la madre, agarrando con sus manos pálidas su taza de café para darle un sorbo.
—Está bien. Sabéis que aquí tenéis vuestra casa —dice Mateo, con tono tranquilo—. Y no dudéis de que iré a visitaros a Barcelona. Grecia ya me ha dicho que me enseñará catalán.
—¡Eso seguro! —exclama la chica de ojos grises. Hoy está usando un labial rojo muy parecido al de su hermana Francia.
—¡Oh, sí! Y Nico también quisiera aprender —suelta Mateo repentinamente y yo vuelvo la vista hacia él, aún con la boca llena.
—¿Que yo qué? —pregunta Nico rascándose la nuca.
—También puedo enseñarte si quieres —le dice la chica con una sonrisa suave en sus labios gruesos.
—Lo... lo agradezco —dice Nico asintiendo amablemente hacia ella, pero dándole a Mateo una mirada fulminante.
Mateo ríe por lo bajo, viendo hacia mí, y luego pone su atención a su tostada con tomate.
Vuelvo la vista hacia Francia y noto que lleva tecleando en su celular por ya bastante tiempo.
—¿Con quién hablas tanto? —le pregunta Argentina en voz baja.
Francia sube la vista con una sonrisa y sus ojos van desde Mateo hasta a mí.
—Estoy hablando con Kat. Insiste en que quiere conversar un rato. Aunque en Guatemala es de madrugada.
—Podemos hablar. Está bien —dice Mateo amablemente.
—¡Perfecto! Ahora le diré —exclama ella con alegría.
No toma mucho tiempo para que el celular comience a sonar y aparezca una soñolienta pero retocada Kat en la pantalla. Su sonrisa y sorpresa no se hacen esperar. En cuanto ve a Mateo, sus ojos se expanden y sus manos cubren su boca.
—¿Mateito? ¿En serio eres tú? —inquiere viendo hacia la pantalla. Kat vuelve su vista hacia atrás y apunta hacia la pantalla. Un hombre de barba oscura y ojos marrones aparece momentáneamente en la pantalla.
Mateo sonríe, mostrando sus camanances, aunque siento su mano tomar la mía por debajo de la mesa.
—¿Cómo has estado? ¿Estás bien? Esto es increíble ¡No sé ni qué decir! —exclama Kat con muchas pausas.
—Es un gusto poder platicar contigo también —le dice Mateo amablemente —. Junto a mí está Bamvi —le dice y Francia acerca el celular a la mano de Mateo. Yo muevo la cabeza de un lado al otro pero ya es muy tarde. Los ojos miel de Kat aparecen frente a mí.
—¡Hola! ¿Cómo estás? —pregunto mientras aprieto la mano de Mateo.
—¡Bien! Me alegra mucho verte ahí. ¿Viste? ¡Te dije que era él!
—¿Ah?
—¿Recuerdas? —inquiere y sus ojos se van hacia Mateo —. ¡Mateo! Yo le dije que eras tú. Desde que me dijo que te vio en el metro.
—Kat... ¿Qué dices?
Mateo me observa con el ceño levemente fruncido.
Miro a Nico, que también frunce el ceño. Quizás confundido... aunque no tanto como yo
Un escalofrío me baja por la espalda y la vista se me vuelve borrosa, mientras que un calor incómodo se instala en mi estómago.
¿Por qué dijo eso? Ella... Ella que nunca creyó en mí.
—¿Me viste en el metro? Entonces eras...
—¡Sí! Pero me alegra que te haya dicho. Bamvi tiende a sobre pensar demasiado. Yo le dije que debía preguntarte.
—Kat... —mis labios se abren y siento cómo el aire frío los seca—. Eso no...
Un nudo se forma en mi garganta y siento que las palabras no pueden formularse.
—¡Ay, mija! Gracias. Nosotras estamos más que agradecidas por tener a Mateo devuelta. ¡Yo aún no lo puedo creer! —explica Argentina.
—Eso es lo importante —dice Kat con tono firme—. Que se pudieron reunir con él. Y con eso de la dirección y...
—Kat, ven, Sofía te necesita —se escucha que dice la voz masculina en el fondo.
—¿Qué pasa? —inquiere Kat frunciendo el ceño.
—Está bien. Podemos hablar en otro momento —le dice Francia y extiende la mano hacia Mateo. Mateo se despide con la mano y una sonrisa, devolviendo el celular a su dueña.
Noto como una lágrima cae sobre el plato blanco frente a mí y vuelvo mi vista hacia atrás para tratar de limpiarme el rostro.
—¿Amor? ¿Estás bien? —susurra Mateo y yo asiento, aunque uso su espalda para esconder mi ahora enrojecido rostro.
—¡Está bien! Hablamos luego —se despide Francia y cuelga la llamada.
La mano de Marcus acaricia mi brazo mientras sigo estando escondida.
—Ahora vuelvo —susurro apenas y me levanto de la silla, caminando con determinación hacia el baño.
No puedo dejar que me vean así, no ahora.
Cierro la puerta tras de mí, apoyándola apenas, y enciendo el grifo. Me veo en el espejo y noto mis mejillas y nariz enrojecidas.
Tomo agua entre mis manos pálidas y me lavo la cara, luego palpo mi piel con la toalla para secarme.
¿Por qué hizo eso? Y peor aún... ¿Por qué no le dije nada? ¿Por qué no dije la verdad? Aunque... ¿Valdría la pena?
Mateo está con su familia. Eso es lo importante ahora.
No entiendo la actitud de Kat...
Tocan la puerta dos veces, muy bajito, y levanto la vista. Al abrir, me encuentro con Marcus, de mirada expectante.
No puedo hacerle esto a él ahora. Ya ha pasado por suficiente en tan poco tiempo.
—Mi rayito, ¿Estás bien?
—Sí, sí. Lo siento amor. Me puse un poco sentimental —explico acercándome a él. Sus brazos me rodean y recuesto el rostro en su pecho, envolviéndome en su aroma masculino.