—Jugarías con el poco control que me queda cuando estoy junto a ti, mi rayito.
Mis labios se separan y sus palabras hacen eco en mi mente.
Perder. El. Control.
¿Quisiera que Mateo perdiera el control?
Yo estoy a punto de perderlo también...
Acerco de nuevo mis labios a los suyos y lo beso más profundamente, hasta que el sonido de la manija de la puerta nos separa de golpe.
—Buenas noches —dice Nico, entrando con un par de bolsas de cartón—. No sabía que estarían aquí.
—Sí, no hace mucho llegamos —afirma Mateo, recuperando el aliento, y yo asiento, arreglando los pliegues de mi falda negra.
—Vale...—La mirada de Nico recorre la habitación, como tratando de entender qué sucedió—. ¿Ya cenaron?
—¡Ya! Hace poquito —admito, acomodando mi flequillo.
—Bien. Yo estaré en mi habitación, por si me necesitan —dice antes de perderse por el pasillo.
Mateo resopla y yo apoyo mi cabeza de nuevo en su hombro.
—¿Quisieras una pijama, amor?
—Mmm... No, está bien. El día que recogí ropa para mi estadía, guardé muchas pijamas turquesa —recuerdo, empezando a desabrochar mis zapatillas.
—Entonces... iré a por las cobijas.
—Bien... me vestiré en el baño —digo y ambos nos vamos por un lado.
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Siento mis labios humedecidos y suaves. Abro los ojos poco a poco y me doy cuenta de que es Mateo. Su cuerpo está pegado al mío, firme y cálido, mientras que con una paciencia peligrosa me besa en los labios.
Yo creí que mis sueños se estaban volviendo demasiado lúcidos...
—Buenos días, Bámvika Lara —dice separándose apenas, con una voz gruesa y rasposa.
—Buenos días, amor —me acerco a sus labios de nuevo y continúo besándolo—. Que lindo es despertar así.
—Yo estoy en el cielo —Mateo deja un beso en mi frente y sus manos en mi cintura me acercan hacia él. El sillón ya es lo bastante angosto—. ¿Tienes planes para hoy? ¿Puedo robarme a este angelito?
—Lo siento. Hoy debo ir a la galería con Elena.
—Está bien... —Mateo deja un beso suave en mi nariz y luego sus bonitos camanances aparecen—. Aprovecharé para ir al set y así ver a los demás. Erick y Ángela no han parado de escribirme. Incluso el actor que creí que me odiaba me escribió.
—¿Quién podría odiarte? —le pregunto con el ceño fruncido y una risita—. No creo que eso sea posible —digo mientras acaricio su mejilla.
—¿Quién sabe? —Sus manos tibias se meten lentamente por debajo de mi blusa turquesa, subiendo por mi cintura y haciéndome suaves cosquillas con sus pulgares—. ¿Te gustaría comer juntos?
—Claro. Me encantaría —susurro.
—Bien. Paso por ti a la galería —me dice y yo niego suavemente.
—No, no te preocupes. Además, me haría bien pasar al set. Necesito disculparme con ellos.
—¿Disculparte?
—Sí, amor. La manera en que manejé la situación... no estuvo bien. Por mi culpa nos asustamos todos.
—Mi rayito, no te culpes por esto. Si yo hubiera estado en tus zapatos, no sé cómo habría reaccionado.
—Aún así necesito hacerlo —confieso—. Me sentiré mejor.
Mateo suspira pero asiente.
—Entonces, vamos —Una sonrisa suave se le dibuja—. Te llevo a la galería... y luego nos vemos en el set.
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Me bajo de la motocicleta con cuidado y luego de quitarme el casco, lo abrocho a la parte trasera.
—Nos vemos en el almuerzo —le digo tomando mi bolso.
—¡Bamvi! —me llama Mateo cuando ya voy caminando.
Me giro y lo veo bajarse de la moto de un solo movimiento. Se quita el casco, dejando su cabello oscuro despeinado. Yo permanezco inmóvil, observándolo.
—No me iré sin un beso —dice al llegar frente a mí, apoyando sus manos en mi cintura.
Asiento, con las mejillas ardiendo. Me pongo de puntitas y acerco mis labios a los suyos. El beso es suave, pero es suficiente para hacer que mi cuerpo añore no estar en la galería.
—Ahora sí —dice alejándose—. Te veo luego, mi rayito.
—Ve con cuidado —me despido, alzando mi mano.
Lo observo arrancar y sigo el sonido del motor hasta que se pierde entre el bullicio de las calles de Madrid.
Me doy la vuelta, hacia la entrada del CaixaForum y entonces la veo. Un rostro moreno observándome, con la boca abierta de par en par.
—¡Bamvi! —exclama Elena, quien ahora intuyo vio la escena completa.
—¡Hola! —digo caminando hacia ella y dándole un abrazo.
—¿Cómo estás tú?
—Bien... Tengo mucho que contarte —digo riendo mientras entramos.
—¡Y vaya que sí! ¡No te guardes un solo detalle!
Al subir por las escaleras metálicas, noto que Peter está aquí, sentado en una silla con un café en una mano y otro vasito frente a él. En cuanto me ve, cierra el libro que está leyendo, y sus ojos se abren.
—¡Bamvi! Tiempo sin verte —dice al tiempo que se pone de pie y me da un abrazo de lado.
—Es un gusto verte también —le digo y Elena toma el otro vasito de café que está en la mesa.
—¡Elena me ha contado que las pinturas han sido un éxito! Alguien tendrá que venir a Europa más seguido.
—Peter, panquecito, no te me adelantes —lo corta Elena, dándole un toquecito en el hombro. Peter se soba dramáticamente y la ve con una expresión de dolor—. Estaremos en mi oficina —Elena se acerca a él y, ya que están casi a la misma altura, le roba un beso corto con facilidad.
—Está bien, mi cerecita. Acá estaré —dice al tiempo que se sienta de nuevo y continúa leyendo su libro.
Elena posa su mano en mi espalda y juntas caminamos a su pequeña, pero ahora bastante familiar, oficina.
Ya sentadas, Elena abre su portátil.
—Más que éxito —dice—. Tenemos que hablar.
Yo asiento y sus ojos me observan.
—¡Empecemos con lo tuyo!
—¿Lo mío? Sobre... —Vuelvo la vista hacia ella y sus labios gruesos se expanden en una sonrisa expectante—. ¿Mateo?
—¡Es que es Mateo! ¡Yo lo sabía! —dice cerrando el portátil de golpe y poniéndose de pie—. Dime todo, porque esa llamada tuya me dejó intrigada.