Pintaré tus Sonrisas

38 - El obsequio II

Los días pasaron, cruelmente, demasiado rápido. Entre el trabajo en la galería, los días en el set, y la segunda visita de la familia de Mateo, no me percaté en qué momento llegó el día.

4 de abril del 2023.

Esa es la fecha que marca mi celular.

Tengo mis maletas sobre la cama, además de mil y una cosas encima, completamente desordenadas.

—Mi amor, ¿dónde guardas la miel? —me pregunta Mateo de repente.

—Está en el segundo estante de arriba, amor —le respondo volviendo la vista hacia la cocina. Lleva puesta su chaqueta de cuero de siempre, una playera blanca, y sus jeans azules oscuros.

Trajimos mis pertenencias de su apartamento, y ahora estamos en el Airbnb mientras empaco todo.
Cada cosa que guardo en la maleta es un recuerdo mordaz de que estoy a punto de marcharme. Así que lo hago con mucha parsimonia.

—Listo, mi rayito de Luna —dice llevándome una taza de café a la mano.

—Gracias, mi estrella del alba —le digo. Nuestros apodos son muy largos, pero no los usamos en todo momento.

—Hablé con Nico. Hizo reservación junto a Elena para el restaurante.

—¿Quiénes más irán al final? —inquiero mordiéndome el labio.

—Nico, Elena, Peter, y Laura han confirmado. Aún no estoy seguro de si vendrán Francia y Grecia, pero dijeron que me avisarían.

—Está bien —digo, haciéndole espacio en la orilla de la cama, para que se siente junto a mí.

—¿Te sientes bien? —me pregunta, sentándose, cuando estoy dando unos sorbitos a mi café caliente.

—Sí —miento, agudizando la voz—. ¿Por qué preguntas?

—Porque en los últimos 30 minutos, solo he visto que una de tus pijamas turquesas fue doblada y guardada en la maleta —dice viendo hacia la prenda acomodada en una esquina de la maleta.

Miro la maleta y luego hacia las otras 3 pijamas esperando a ser dobladas y resoplo.

—Es que... me estoy mentalizando —digo tras un silencio—. El tiempo pasó demasiado rápido —Nuestras miradas se cruzan.

—Lo sé —dice parándose y luego poniéndose de rodillas frente a mí—, pero estoy seguro que tu trámite de residencia será exitoso.

—Yo también —le digo, sintiendo una presión en el pecho, y con la mano opuesta a la que tengo el café, acaricio su cabeza. Logro divisar un atisbo de su lunar de canas en la raíz de su cabello, y eso me calma de algún modo el corazón.

—Bien, mi amorcito, tenemos mucho que hacer —dice robándome un beso breve—. ¿Qué más necesitas guardar?

Y por ende, nos enfocamos en empacar las cosas en mis dos maletas grandes. Por cierto, habrá ropa que se quedará en el apartamento de Mateo, ya que no me cabe todo.

—De cualquier manera, cuando regreses, la tendrás de vuelta—me dice con una bonita sonrisa traviesa.

Acomodamos mis dos maletas grandes y mi maleta de mano en la sala, listas para el viaje. Toco con los dedos las cintas verdes fosforescentes de Sofía en el mango, el identificador único de mi equipaje.

—Mi rayito, la cena es en menos de dos horas —dice Mateo de repente—. Francia y Grecia confirmaron: podrán ir con nosotros.

—¡Me alegra mucho! —digo mostrando una sonrisa que estoy segura acaba de temblar en una esquina.

—Vamos —Pone sus manos cálidas a cada lado de mi rostro y me acaricia con sus pulgares—. Salir un momento nos puede hacer sentir mejor.

Yo veo hacia el suelo, mentalizándome para que las lágrimas no se escabullan por mis ojos. Levanto la mirada finalmente y veo sus ojos grises observándome, con ese brillo azul cerca de la pupila. Mateo me sonríe, mostrando sus camanances, expectante a mi reacción.

—Está bien —acepto, con un poco de pereza.

Me besa en los labios y me atrae hacia su cuerpo. Yo me pongo de puntitas instintivamente y mis brazos rodean su cuello.

—Todo saldrá bien. Ya verás —susurra a mi oído, dándome ahora un beso en la mejilla.

Sus manos bajan a mi cintura, para luego escabullirse entre mi blusa turquesa. Con sus pulgares tibios acaricia mis costillas, peligrosamente cerca de mi pecho.

—Todo saldrá bien —repito en un susurro. La voz de Katherine se cruza por mi mente, y no puedo hacer más que preguntarme qué pensará sobre mi plan. La he estado evitando los últimos días, y Richard prometió no mencionárselo aún—. Vamos.

Tomo su mano y caminamos hacia la habitación. Encima de la cama está la ropa que dejé lista para la cena, justo a la par de la ropa que usaré mañana para marcharme. Mateo insistió en que probara un vestido blanco que traía en la maleta, guardado para ocasiones especiales, junto con unos zapatos también blancos.

Me llevo el vestido, mi ropa interior y los zapatos de tacón pequeño al baño.

—¡Ahora salgo! —grito desde la puerta. Mateo se queda en la cama y asiente.

Luego de un tiempo en el baño, ataviándome para mi cena de despedida, salgo hacia el cuarto. Mateo vuelve su vista hacia mí en cuanto salgo.

—Bámvika Lara...

—¿Te gusta?

Se pone de pie y se acerca. Sus manos ya se empiezan a familiarizar perfectamente con mi cintura.

—Eres la luz más preciosa que haya visto nunca —dice, dejando un beso en mi frente, y luego uno en mi hombro desnudo.

Observo el espejo de la habitación, sintiendo mis mejillas acaloradas.

Sí me veo muy bajita junto a Mateo. Aunque los tacones me ayudan a llegar más cerca de su cuello.

Mi vestido blanco me llega por debajo de las rodillas, pero tiene una caída como de tulipán, acentuando mi cintura. El escote es de hombros caídos, con la tela uniéndose en el medio con un nudo, como si fuera un gran moño. También me hice un chongo (moño) en el cabello, uno bajo, enmarcando mi rostro con mi flequillo castaño.

Mateo deja un beso en mi mejilla, viendo también nuestro reflejo, al momento que se escucha que tocan la puerta.

—Yo abro —Sale de la habitación y yo me quedo buscando mis pulseras doradas para mis muñecas.

—¡Bro! Justo a tiempo.

Pongo mis pulseras en mis muñecas, luego de encontrarlas debajo del suéter que usaré mañana, el que está en la cama, y camino hacia la sala de estar.




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