Pintaré tus Sonrisas

39 - Contra el reloj

—Bámvika Lara... —pronuncia, acortando el espacio entre nosotros—. ¿Quieres ser mi novia?

La pregunta hace eco en mi mente, y unas ganas de llorar, junto con una sonrisa enorme y ganas de saltar, me invaden.

Mateo se queda en silencio, esperando mi respuesta, y yo trato de recuperar la compostura.

—¿Fue...?

—De Luna —interrumpo, elevando la vista hacia él.

Sus labios se separan pero no pronuncian palabra, poco a poco se dibuja una sonrisa que me llena el pecho de una cosa bonita llamada felicidad.

Los brazos fuertes de Mateo me envuelven y yo me dejo caer al calor de su pecho. Pasados unos segundos, toma mi mejilla y deposita un beso suave con sus labios semicarnosos, para luego apoyar su frente sobre la mía, con su aliento rozando mis labios.

—Entonces, de Luna será.

Se separa de mí y toma la cadenita de la caja, la cual deja en la baranda. Me hace una seña para que me dé la vuelta y, con cuidado, coloca la cadena de oro en mi cuello. El roce de sus dedos en mi cuello me da un pequeño escalofrío. Finalmente lo abrocha y desliza sus manos cálidas de mi cuello a mis brazos, para terminar posándose en mi cintura.

Pega su cuerpo a mi espalda, mientras sus labios depositan un suave beso en mi sonrojada mejilla. Frente a nosotros, la luna nos observa en silencio.

—Si tan solo pudiera congelar el tiempo —susurro.

—Ese es mi gran anhelo —responde junto a mi oído.

Nos quedamos en silencio, observando la vista, hasta que su voz gruesa interrumpe el ambiente.

—Encontré una canción que quería mostrarte.

Vuelvo mi vista hacia él y veo como saca el celular de su pantalón negro y pone una canción en YouTube.

—Es el cover de un grupo de muchachos italianos. Aunque esta canción está en español.

Yo asiento, mientras leo el nombre: "Il Volo".
Su dedo toca el botón de reproducción y suena una melodía suave y melancólica. La primera palabra pronunciada por el cantante es el título de la canción: "Reloj".

Mateo me cubre en sus brazos de nuevo, y yo me sumerjo en su aroma y su calidez, recostando mi cabeza en su hombro, mientras que las voces de los italianos llenan el ambiente.

"Detén el tiempo en tus manos.
Haz de esta noche perpetua.
Para que nunca se vaya de mí.
Para que nunca amanezca".

En medio de la canción, me giro hacia él, a lo que él no tarda en responder, capturando mis labios en un beso profundo. Su tacto pasa de estar en mi cintura a mi espalda baja, y un poco más, por lo que siento como mis mejillas se encienden.

—Deberíamos irnos —me dice en un susurro, recuperando el aliento—. Se hace tarde.

Yo asiento, separándome difícilmente de su calor, y comenzamos a caminar hacia la salida.

El camino en el metro fue un poco silencioso, pero de alguna manera se sintió satisfactorio. Aquí, en este transporte tan común y rutinario para las personas, fue en el que lo vi de nuevo por primera vez después de 10 años.

—¿Me viste en esa ocasión? —inquiero, con mis manos en mi regazo.

—En realidad sí —dice viendo hacia el techo, luego sus ojos buscan los míos—. Recuerdo la ocasión, en la que iba con Laura a visitar a mamá Lucía, y mi celular se cayó al suelo. Cuando lo recogí, mis ojos se quedaron perdidos en unos ojitos miel con verde a la distancia. No sabía por qué, pero me sentía extrañamente atrapado en tu mirada.

—Yo... Empezaba a creer que alucinaba —le digo con una risa suave. Su mano se posa sobre la mía y entrelaza nuestros dedos.

—Fue una noche extraña para mí también. A Laura no le agrada ir en la moto, y Lucía se preocupa cada que me ve usándola, así que la evité esa noche.

Evito mencionar que hubo una vez en que lo vi, anterior a esa, siento que quizás sería extraño.

Al salir del metro, caminamos en las calles nocturnas de Madrid, alumbrados por los faroles de luz anaranjada.

Mis pies están cansados por usar tacones, así que me agacho un segundo, en un intento por quitarlos.

—¿Qué pasa, mi amor? ¿Estás bien?

—¡Sí! —exclamo agudizando la voz—. Estoy un poco cansada, eso es todo.

Los ojos de Mateo se abren cuando ve que estoy a punto de poner el pie descalzo en el concreto. Siento como una de sus manos se posa en mi espalda y la otra en mis rodillas, haciendo que deje de tocar el suelo.

Se agacha un poco, para tomar el tacón blanco que acabo de quitarme, y comienza a caminar.

—Mi amor —le digo juguetona, apenas reaccionando.

—Dime, mi rayito.

No mentiré, estar en sus brazos se siente como un sueño, pero parte de mí no quiere cansarlo.

—Puedo caminar, está bien —le digo recostando mi cabeza en su pecho.

—Mi novia no tiene que caminar si se siente cansada, para eso me tiene a mí —dice dando pasos firmes.

Me elevo solo un poco para dejarle un beso en la comisura de sus labios, y vuelvo a relajarme en sus brazos.

—Me vas a volver una chica consentida —le digo con una risita.

—Esa es la meta, mi vida —Sus labios encuentran los míos y sostienen el beso varios segundos.

De no ser por el trueno que escuchamos, quizás no nos habríamos separado.

—¿Qué fue eso? —inquiero y de repente siento una gota caer sobre mi mejilla—. ¡Oh, no!

Mateo apresura el paso pero ya es muy tarde. El agua baja en gotas gordas, empapándonos en pocos minutos.

—Ya vamos a llegar —me dice pero no puedo evitar reír—. ¿De qué te ríes? —inquiere también riendo, bajando poco a poco el ritmo de sus pasos, hasta detenerse.

—Es la segunda vez que nos empapa la lluvia —le recuerdo y otra risa se me escapa.

—¿Te gusta mojarte? —pregunta elevando su ceja.

—Mojarme... contigo —afirmo, elevando también la ceja.

Mateo suelta una carcajada. Por un segundo me baja, y frunzo el ceño, sorprendida.

—Párate en mis zapatos —ordena con suavidad.

Obedezco. Yo me pongo de puntitas sobre sus pies y me aferro a su cuello, con su aroma adictivo envolviéndome. Se quita el saco negro sin pensarlo y lo pone en mi espalda, para luego volver a cargarme, esta vez rodeando sus brazos en mi cintura y haciendo que quede frente a él.




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