Despierto con el sonido agudo de pajaritos de mi alarma. Tomo el celular, golpeándolo contra la mesita de noche, y la apago.
Hoy es el día, pienso, dejándome caer sobre la almohada tras un suspiro.
Hoy vuelvo a Guatemala...
Vuelvo la vista hacia Mateo. Su cabello oscuro está despeinado, cayendo ligeramente sobre su frente. Mis ojos se van a su barbilla partida, a sus labios suaves y también a sus pestañas largas y oscuras. Si pudiera pintarlo en este momento, sería mi obra maestra. Aunque, para ser honesta, prefiero guardar este momento para nosotros.
Sus ojos se abren a medias y me observa con una sonrisa de lado, mientras que sus dedos suben por mis piernas hasta detenerse en mi cintura, presiona suavemente y tira de mí, haciendo que su calidez me embriague.
—Buenos días, mi rayito de luna —susurra, con su mirada bajando de mis ojos a mis labios.
—Buenos días, mi estrella del alba —susurro, observando sus ojos grises, apenas iluminados por la leve luz del amanecer que se cuela por la ventana, justo detrás de mí.
Su mano sube hacia mi espalda y se posa en mi nuca, atrayéndome hacia él con cuidado, atrapándome en un beso tierno y profundo.
—Ya debo levantarme —musito, apenas separándome de sus labios.
—Solo cinco minutos más... —murmura, dándome un beso en los labios y uno en la frente.
Asiento, cerrando los ojos, y él me atrae hacia su cuerpo, abrazándome contra su pecho.
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Recibo la taza de café y mi novio se sienta junto a mí en el sofá, mientras esperamos a que nos vengan a recoger para ir al aeropuerto.
—Nico se encuentra a cinco minutos —anuncia Mateo, dando toquecitos disimulados con el pie antes de guardar su celular en el bolsillo de su pantalón de mezclilla.
Doy un sorbo a mi café y asiento, tomando la mano libre de Mateo.
—¿Ya hiciste el check-in en línea? —pregunta dando un beso corto al dorso de mi mano, la cual luego acaricia con su pulgar.
—Sí. Al llegar al aeropuerto será más sencillo.
Dejo el café en la mesita frente a mí y recuesto mi cabeza en su hombro. Su cabeza se ladea suavemente y se recuesta sobre la mía. Nos quedamos en silencio unos minutos, en el sofá azul del Airbnb.
De repente, tocan la puerta y ambos nos ponemos de pie de un salto. Mateo toma mis dos maletas grandes y yo tomo la pequeña, junto con mi bolso marrón. Caminamos hacia la entrada.
—¡Buenos días! —exclama Nico en cuanto abrimos la puerta. Sus ojos miel se ven más claros y brillantes con la luz de la mañana.
—¡Hola, Nico! —saludo, dándole un abrazo rápido al chico del cabello ondulado y oscuro. Él toma mi maleta de mis manos y comienza a caminar hacia el auto azul.
—¡Ostias, bro! Ya me estabas preocupando —le reclama Mateo, cerrando la puerta tras de sí y avanzando con ambas maletas.
—Pero parece que no fui al único al que se le pegaron las sábanas —dice Nico, viéndome. Seguramente nota mi cabello despeinado—. No te preocupes, Mat. Aún estamos a tiempo — Nico abre el baúl de su auto y deja ahí las maletas grandes—. La pequeña te la llevas atrás.
Yo asiento.
—¿Y no vino Laura? —inquiere Mateo viendo por las ventanas del auto.
—No, me ha dicho que tiene algo importante, pero le manda saludos a Bamvi —afirma, cerrando la compuerta y caminando hacia el asiento del conductor.
Mateo abre la puerta trasera para mí, y luego de asegurarse de que esté cómoda tras mi asentimiento, se sube al asiento del copiloto junto a su primo.
La música en italiano de Nico nos acompaña durante el trayecto, mientras que los tres compartimos un silencio que no resulta incómodo.
Mientras vamos en camino, reviso mi celular para asegurarme de responder los mensajes de mi familia preocupada por mi vuelo. El primero que veo es el de mamá.
Mamá: Bamvi, ¿Cómo vas, mi niña? Recuerda ponerte suéter. Está haciendo frío aquí.
Veo hacia mi suéter blanco con una sonrisa y tecleo una respuesta.
Bamvi: Ya vamos para el aeropuerto mami. No te preocupes, llevo suéter. Te aviso en cuanto esté sentada en el avión.
Ojeo mi bandeja de mensajes y veo uno de Kat y Richard, en el grupo que tenemos.
Kat: Ve con cuidado. Avísame cuando estés en el avión.
Luego aparece un audio de Richard.
—Tía Bamvi, llevo mis dos colas altas con mis cintas fosforescentes para que me veas más rápido.
La voz aguda de Sofía me saca una sonrisa. Me recuerda a cuando mi voz sonaba así.
—Que linda voz. ¿De quién es? —pregunta Mateo, girando hacia mí.
—Era Sofía, la hija de Kat —digo con una sonrisa de labios cerrados, mientras tecleo una respuesta.
Mencionar a Kat últimamente hace que se me forme un nudo en la garganta.
Bamvi: Gracias, mi muñeca. Llegaré pronto. Les aviso en cuanto esté en el avión.
—Es bueno. Están atentos a tu llegada —dice Nico sin apartar la vista de la carretera, con un tono serio.
—Así son ellos —respondo, encontrando sus ojos en el retrovisor. Me sonríe por un segundo.
—¿Tienes el boleto en mano? —inquiere él cuando ya vamos llegando al aeropuerto.
—Sí.
—Ya hizo el check-in en línea también —agrega Mateo.
—¿Pasaporte?
—Sí... tranquilos. Estoy segura que llevo todo conmigo —aseguro, con un tono calmado, a la vez que acaricio el dije en forma de corazón que cuelga de mi cuello.
Nico carraspea y Mateo recuesta la cabeza en el asiento. Raras veces se ve a Nico nervioso, pero ahora también noto a Mateo inquieto.
—Es bueno que tu asiento esté lejos del ala del avión —musita, con sus dedos deslizando un texto en la pantalla de su celular—. He escuchado que si pasase un accidente...
Abro mucho los ojos al escuchar sus palabras.
Su intranquilidad ahora cobra sentido. Poso mi mano sobre su hombro y lo acaricio.