Bamvi
Han pasado algunos días desde que volví a Guatemala, a mi tierra de la eterna primavera.
A pesar de que eso suena bastante reconfortante, mis días no se han sentido demasiado primaverales.
Por ejemplo, ahora me cuesta conciliar el sueño. Nadie me advirtió lo difícil que sería intentar dormir luego de haber soñado en el cielo. Porque esa es la sensación de dormir con Mateo.
Sus brazos, uno siendo mi almohada, el otro abrazando mi cintura y dándome caricias con su pulgar.
Su aroma, tan cálido, tan masculino, tan reconfortante.
Sus besos, tan tiernos, en mis hombros, en mis mejillas, en mis labios.
Aun antes de tener la certeza de que era Mateo, en esa primera noche en que dormimos juntos, sentí que podía descansar tranquila. Me sentí protegida.
Me muerdo el labio al recordarlo. Sacudo la cabeza y decido que he visto demasiado tiempo al techo blanco. De un tirón, me quito las sábanas rosadas de encima.
Salgo de la cama de un salto y me visto con mi pantalón de mezclilla, zapatillas blancas y una blusa de tirantes también blanca.
He estado hablando con Elena y me está ayudando a investigar los requisitos para el papeleo. Uno de ellos es mi portafolio de proyectos anteriores, pero también de los futuros.
El problema es que desde que llegué a Guatemala, no he podido ni siquiera sacar a Steve, o así era como le llamaba a mi pincel favorito de pequeña. No digamos pintar algo...
Y es que me siento un poco... no tan inspirada.
El ambiente en casa no es el más cómodo, y sigo sintiendo ese vacío en el pecho y nudo en la garganta cuando recuerdo que Mateo está al otro lado del océano.
Quizás suene loco, pero siento la distancia entre los dos. Es cómo si su energía estuviera muy lejos de mí. Y eso, de una manera casi física, duele. Como si nuestras almas estuvieran conectadas, y padecieran el estar separadas.
Además, no hay mucho espacio para pintar en casa de mamá Micu, y no quisiera que las paredes se impregnaran del olor a pintura.
Bajo las escaleras, con cuidado de no hacer mucho ruido, ya casi preparada para comenzar el día. Lo último que agrego es un poco de mi labial de fresa, que viene en un contenedor con forma también de fresa, y que compré en un catálogo de Avon.
En cuanto llego a la sala de estar, me encuentro con mis dos abuelos tomando café, compartiendo pan dulce, y desayunando frijoles colados con huevos revueltos y pan francés.
Es verdad que esto sí que me hacía falta en España. Aunque, las torrijas de Mateo le están haciendo competencia.
—Mija. Te levantaste.
—Buenos días, mamá Micu —Dejo un beso en su frente y me giro hacia mi abuelito—. Buenos días, abuelito.
—¿A dónde vas tan guapa? —pregunta el último.
—Iré a ver a Kat —confieso—. Debo comenzar a planear mis próximas pinturas.
—Mija —Toma mi mano y la acaricia—. Me siento muy orgulloso de ver cómo te has abierto camino.
—Sí. Esta mi patoja es bien inteligente —lo secunda mi abuela, dándome palmadas en la espalda.
—Eso es porque tuve el mejor ejemplo —respondo, viendo los ojos oscuros del abuelo y los ojos pardos de la abuela. Ellos sueltan una risa alegre tras mi comentario.
Camino a la cocina, aún con los ecos de sus risas, y me sirvo un poco de café. Le pongo miel, que mi abuelita tenía lista para mí, y un chorrito de leche.
—Eres la única a la que he visto que le gusta el café con miel —explica mamá Micu—, como a mí.
—Me hace sentir como en casa —le digo y ella sonríe.
—Sírvete huevitos, ahí quedaron bastantes.
—Gracias mamá Micu, pero voy de salida —me excuso—. Kat me dijo que saldría con Richard y Sofía, así que quiero tratar de llegar lo más temprano posible —resoplo—. Por cierto... ¿Y mi mamá?
El abuelo chasquea la lengua y la abuelita le da otro sorbo a su café, con una mueca de lado.
No vino anoche...
—Vale... —Tomo un sorbo grande a mi café y me pongo de pie—. ¡Vuelvo en la noche! No me tardo.
Les doy un beso rápido en la mejilla a cada uno y abro la puerta de metal blanca.
—¡Con cuidado, mi Bamvina! —exclama mi abuelo en cuanto cierro detrás de mí.
Salgo al callejón de la cuadra y acomodo muy bien mi bolso marrón en mi hombro.
Camino hacia la parada del autobús, no sin saludar a un par de personas que me sonríen y devuelven el saludo desde lejos. Prácticamente crecí entre esta casa y la de portones grises de Abimael. Muchas de estas personas me vieron crecer.
Llego a la parada y, luego de esperar por más o menos 10 minutos, pasa el autobús azul, o transurbano, como le llamamos acá. Hay muchas personas, así que no logro encontrar un asiento vacío. Me sostengo del tubo amarillo y recuesto mi cabeza en mi brazo extendido.
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Al llegar a casa de Kat, la primera en recibirme es la pequeña Sofía. Corre hacia mis brazos con un pequeño grito, me toma de las mejillas y me da un beso corto en la frente. Justo como yo solía hacer con ella cuando era más pequeña.
—¡Hola, vos! —exclama mi hermana y me da un beso en la mejilla y un abrazo fugaz—. ¿Se sintió raro el transurbano?
—No estuvo tan mal. Entre semana aún no lo he tomado.
—Sí. Cuando hay tráfico aquí, nadie se salva. Quizás solo los motoristas.
—¡Bamvi! —Richard sale de su habitación y se acerca para darme un abrazo—. ¿Cómo te sientes?
—Bien —digo agudizando la voz más de lo que hubiera querido—. Es lindo estar de vuelta —Agravo mi voz a propósito.
—¡Yo sé! Ir a España es mágico —explica Kat—. Yo cuando fui, no quería regresarme.
Ni me lo recuerdes...
—¿Qué querías contarnos? Patricia nos está esperando para almorzar.
—Mamá puede esperar —aclara Richard, girando hacia a Kat—. Dinos, Bamvi —Mete sus manos en sus bolsillos.
—Será rápido —Trago fuerte.
¿Empezamos con residencia o estudio?