Pintaré tus Sonrisas

5 - La magia de las torrijas

Marcus

La última vez que hablé con Bamvi por videollamada fue el día que arribó a Guatemala. Pasaron algunos días hasta que encontramos un espacio en nuestros calendarios. No imaginaba la falta que me hacía verla.

Ahora la observo, parece distraída viendo hacia un lado. Pero incluso así se ve etérea.

Algo me saca del ensueño y me estrella contra una realidad nada cómoda. La imagen de Nicolás aparece en mi pantalla y no puedo evitar resoplar.

—¡Ah!

—¿Qué pasa? —me pregunta ella, abriendo mucho los ojos.

—Nico me está llamando —respondo, mirando la pantalla.

Pero vaya momento inoportuno.

—Contéstale. Podemos hablar luego —me invita ella.

¿Cuándo es "luego"? Este horario me está asfixiando...

—Vale —afirmo, tratando que mi voz se escuche mejor que un susurro—. Bamvi...

—¿Sí?

Tomo un poco de aire y expando la imagen de Bamvi, minimizada por la llamada entrante, para verla mejor.

—Te quiero —susurro.

—Mateo... Te quiero —dice con una risita que me da cosquillas en el pecho.

Vuelvo a tomar aire, sonriendo inevitablemente ante su risa tierna.

—Es que... En serio, te quiero... Y te extraño.

Sus ojos grandes se abren un poco más, y sus delicados labios rosados se separan apenas.

—Yo también te extraño, mi amorcito —agrega. Sus labios forman una mueca triste, pero aún tierna—. Hablamos luego, ¿sí? —Asiento resignado y luego de unos segundos ella cuelga la llamada.

Me quedo viendo un momento nuestro chat, antes de devolverle la, ahora, llamada perdida a Nico.

—Bro.

—Oye, antes de que te duermas, hablé con Laura como me pediste.

—¿Y qué te dijo?

—Me respondió lo mismo que a ti. Que tiene una sesión importante y no puede ir ese día.

Resoplo y me tiro hacia atrás en la cama.

—¿Y si lo posponemos? ¿La semana que viene, quizá?

Escucho el chasqueo de Nico en el teléfono.

—Mira... Entiendo que te sientas mejor si ella está, pero, sinceramente, no es un tema que debas retrasar ni un día más.

Bien. El sabio Nico tiene razón. Supongo que iremos sin ella.

—¿Entonces? Es decisión tuya.

—Gracias, tío —respondo, con la mano en la frente—. En serio. Iré el miércoles con mamá Lucía y mi madre.

—¿No van tus hermanas?

—No, no. Por lo visto, ninguna estará.

—Vale. Igual, no se te olvide que yo también voy contigo.

—Gracias, de verdad.

—Vale. Hablamos luego. Ah. Por cierto, no llegaré a dormir hoy.

—¿Qué? ¿Nicolás Pereira está saliendo con gente ahora? —bufo.

—¡Ja! No, tío. Me quedaré pintando en el taller.

—Ah. Vale. Haré como que te creo.

—¡Hostias! ¿Desde cuándo te tengo que dar explicaciones?

—Ya, ya. Adiós. No te desveles demasiado "pintando".

—Adiós, tío.

Cuelgo la llamada y me quedo de nuevo en silencio en mi habitación. Veo el chat de mi Bamvi, sigue en línea y puso una nueva story. La selecciono y veo que es una imagen del estudio que me mostró, y un lienzo en blanco en un caballete, junto a la descripción: "Creando".

Sonrío inevitablemente. Incluso lejos, Bamvi encuentra la manera de llenar de luz cualquier habitación.

Si tan solo estuviera aquí... para iluminar esta habitación también.

El miércoles tendré la reunión con las autoridades sobre el accidente de hace más de diez años. Mis dos madres irán conmigo, para dar testimonio de sus dos versiones. Traté de convencer a Laura de venir, pero se negó rotundamente por el trabajo.

Me pareció un poco temblorosa cuando le comenté a dónde iríamos. Debo empezar a ser más cauteloso cuando trato estos temas con ella, ya que tampoco le es sencillo.

Desde que salió a la luz la verdad, ha estado... distinta. Además, últimamente ha tenido la manía de subir stories juntos cada que nos vemos, lo cual también ha comenzado a ser más frecuente, dadas sus visitas improvistas en el set.

Hay cosas que no cambian, a pesar de los años. Como su hábito por llegar inadvertida a los lugares, y la curiosidad y desconfianza que suele tener hacia las personas.

Eso me lleva al día en que la conocí.
O al menos... al día en que creo haberla conocido.

Cuando desperté del coma.

Recuerdo que sentí que una mano sostenía la mía, pero en cuanto abrí los ojos, la sensación desapareció, y en su lugar, la luz lastimó mis ojos y parecía que me perforaba la cabeza. Mi cuerpo se sentía débil, demasiado débil.

No comprendí en ese momento lo que sucedía. Traté de levantarme de la cama pero tenía cables conectados al cuerpo, y me costaba levantar las piernas.

Una enfermera llegó rápidamente a pedir que no hiciera esfuerzo alguno; que me relajara. Pero, en medio de aquella confusión, me empezó a faltar el aire y sentí que el corazón se me quería salir del pecho. No conocía dónde estaba. No sabía por qué estaba ahí. Y lo peor de todo, no recordaba quién se suponía que era yo.

Nada.

Absolutamente nada.

Mi cabeza estaba en blanco.

—Yo... yo... ¿Dónde estoy? Sáquenme de aquí, por favor.

La enfermera no pronunció palabra. Solo recuerdo sentir el pinchazo en el brazo, seguido por un sopor que me invadía hasta los huesos.

Mis ojos se cerraron, inevitablemente.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que desperté de nuevo, y volví a sentir que alguien tomaba mi mano. Traté de abrir los ojos pero no podía, era como si mis párpados estuvieran demasiado débiles o desacostumbrados. El tacto en mis manos se alejó y logré escuchar unos pasos. Como pude, musité, "no te vayas".

Sentí de nuevo que alguien tocaba mi mano, y extrañamente, eso me tranquilizó un poco.
Cuando finalmente pude abrir los ojos, que se volvieron llorosos por la luz, vi la silueta de una chica de cabellos dorados.

Se acercó más a mí, con curiosidad, y pude notar que tenía el rostro lleno de pecas. Me veía muy desconcertada, con una mueca en los labios, aunque no del todo sorprendida.




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