Bamvi
Saco la llave plateada de mi bolso marrón y abro la puerta de metal blanca. Admito que haberme desvelado pintando me dejó el pecho más ligero.
Barcelona seguía pareciéndome un sueño.
Pero Marcus tiene razón.
Debo decirles.
Entro a la sala de estar y escucho el tintineo de cucharas y tazas en la cocina.
—¿Mamá Micu?
—Hola, mija —responde mi madre.
—¿Mami! Estás aquí.
Quizás pueda hablar con ella. Debo aprovechar que está aquí.
Me acerco con pasos rápidos y una sonrisa en el rostro, pero ésta se me borra demasiado rápido.
—Pues claro. La pregunta es: ¿Vos dónde estabas? —Le da un sorbo a su café, con el ceño fruncido.
—Me quedé a dormir donde Katherine —explico—. Tuvieron una comida con Patricia y se quedaron allá. Así que estuve toda la noche pintan—
—¿Y por qué no me avisaste? ¿Qué te costaba una llamada? "Mamá, estaré en casa de Katherine, no te preocupes por mí".
—Pensé que Kat te diría pero...
—Nada te costaba, Bámvika.
El café sigue soltando vapor entre nosotras.
—Bueno... ¿Y tú dónde estabas? Llevo días sin verte —Frunzo el ceño y mi mirada se topa con sus ojos miel endurecidos.
—¡Ah! Solo eso me faltaba—dice entredientes—. ¿Ahora los patos le tiran a las escopetas? —Baja su taza con fuerza al mueble de la cocina y por un momento me temo que se rompa—. Yo no te debo explicaciones, Bámvika. Soy tu madre, por si se te había olvidado.
Frunzo los labios y me doy la vuelta para ir a la habitación de arriba, pero me detiene la voz de mi madre de nuevo.
—¿Qué te quedaste haciendo donde Katherine, si se puede saber?
Giro sobre mis talones y la observo, ahora bebe su café de nuevo.
—Estaba pintando, mami. Ya sabes, Richard y ella me prestan "la bodeguita" para mis proyectos.
—¿Y por qué no pintas aquí? Hay espacio suficiente. Hasta en la terraza podrías poner tus cosas.
—No, mami. No quiero que los abuelitos huelan pintura. Prefiero mantenerlos tranquilos.
—Mmm... Bueno—masculla—. Donde Abimael también hay espacio.
Me quedo en seco, volviendo mi vista hacia la cafetera de mi abuela.
—¿A qué te refieres? —murmuro, para que no escuchen mis abuelos si están cerca.
—Es que... quizás arreglemos las cosas mija —Mi madre también baja el volumen de su voz, al igual que baja su mirada—. Ya sabes cómo es él. Tiene muchos problemas.
¿Problemas?
—Mami —Tomo un respiro profundo, llenándome los pulmones—. Creo que eso no te hace muy bien que digamos. Mereces estar con alguien que te quiera bien, que te cuide, y que no te haga sentir menos y te eche cada año de la casa —susurro—. Mamá, eso no es amor —Trato de tomar su mano pero ella la aleja de un tirón.
—¡Ay! Bamvi —espeta, dejando su taza vacía en el mueble—. ¡Tú que vas a saber del amor!
Siento que mi corazón se hunde en mi pecho.
—Mejor ni me digas nada porque ya se me había olvidado lo que hiciste —continúa.
Mis labios se entreabren, pero unos pasos a mis espaldas hacen que se vuelvan a cerrar.
—¡Ve! Paulina. Hasta que te miro —saluda mamá Micu, acomodándose su cabello blanco con una cola.
—Mamá —saluda de vuelta mi madre, un poco seria.
—Yo estaré en el cuarto de arriba —anuncio, tomando un pan tostado del mueble de la cocina.
Subo las gradas de dos en dos, con las mejillas aún acaloradas, y al llegar a la habitación, tomo la grabadora de mi cuarto y la enciendo para escuchar la radio.
Suena una balada de fondo a la que no le presto demasiada atención. Mis pensamientos hacen mucho más ruido.
Me tiro sobre la cama de espaldas, perdiéndome en la textura del techo blanco, mientras doy mordidas a mi pan tostado que me deja migas en la blusa.
Tendré que decirle a Kat primero...
"En serio, te quiero"...
La voz de Marcus me reconforta un poco, aunque mi pecho duele. Cierro los ojos y me visualizo de nuevo en España, junto a él. Tomándome de la mano, como esa vez en que me llevó en su motocicleta.
"¿Qué vas a saber tú de amor"
—Sí. Mamá. Seguramente no sé nada... —musito, con la presión en el pecho agravándose.
"¿En serio crees que a tu edad puedes querer verdaderamente a alguien?"
Esas últimas palabras hacen que sostenga la respiración un segundo. Abro mucho los ojos y coloco ambas manos en mi pecho, con mi pan tostado a medias.
—¿Y si tienen razón? —susurro.
Entonces unos ojos grises invaden mi mente, y un aroma masculino, a cuero, madera, y algo más, se cuela por mis fosas nasales.
Mis manos recuerdan su tacto cálido también, su dedo pulgar dando círculos en el dorso de mi mano, su mejilla contra la mía el día en las playas de Cádiz...
Y mis labios, mis labios sienten cosquillas.
La sensación en mi pecho comienza a disiparse, dejándome el cuerpo relajado. Me acomodo de lado, comiendo el último bocado de mi pan tostado, y cierro los ojos.
Si lo que siento junto a Marcus Mateo no es amor, entonces no sé qué sea. Aunque, tengo la certeza de que no existe nada mejor.
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Luego de lo sucedido el fin de semana con mi madre, me propuse en verdad tomar el siguiente paso y decirles mis planes de una vez por todas.
El único problema es que mi madre ya no estaba en la casa, de nuevo. Para mi suerte, Kat necesita que cuide a Sofía mientras ella se va a trabajar.
Cuando llego frente a la puerta de metal negra, Kat abre de repente y me ve con una media sonrisa.
—¡Por fin! —resopla y vuelve su vista a la niña con coletas—. Ya me voy, mi bebé. Pórtate bien.
—¡Me traes algo! —le pide mi sobrina con una risa traviesa.
Kat vuelve su vista hacia ella, entrecerrando sus ojos.
—¡Patojita consentida! —Le tira un beso a la distancia y sale corriendo por la puerta—. ¡Ya sabes dónde está todo! Y si no, me marcas —exclama subiéndose a su auto gris.
Yo suspiro profundamente.