Marcus
Sostengo la mirada perdida en el ordenador frente a mí. Es la quinta vez esta mañana que me quedo mirando la foto de Bamvi. Le doy un sorbo a mi café, ya tibio, y sacudo levemente la cabeza, tratando de volver a la realidad.
En dos días.
En solo dos días iremos a las autoridades.
¿Qué me dirán? ¿Qué les diremos?
Aprieto un poco mi taza negra y resoplo. La mirada se me escapa otra vez hacia los ojos verdes con miel de mi novia.
Mi amor, pienso con un suspiro.
Busco en mi celular para ver si está activa, pero su último mensaje es de hace tres horas.
Bamvi: Feliz noche mi amorcito. O más bien ¡Feliz día!
Debe estar descansando.
Toc, toc.
Levanto mi vista hacia la puerta abierta de mi oficina y diviso a la chica bajita, de ojos achinados y coleta, entrar.
—Marcus Mateo...
—¿Qué sucede? —inquiero, con el ceño fruncido.
Ángela se muerde el labio y golpetea el suelo con uno de sus pies.
—Es Octavio.
—¿De nuevo?
Asiente. El tic de su pie es el único sonido en mi oficina.
—Ya no sé qué decirle. Creo que debes ir con él.
Abro levemente los labios pero, en lugar de hablar, asiento, poniéndome de pie y dirigiéndome al camerino del mencionado.
—Deséame suerte —pido, pasando junto a Ángela.
—Estaré afuera si me necesitas —añade, siguiéndome de cerca.
Llego al camerino y veo el nombre en la insignia de la puerta: Octavio Romero.
Toco cuatro veces con los nudillos y espero pacientemente, deslizando mis manos en mis bolsillos.
La puerta se abre con un chirrido muy bajo y deja ver a un hombre con camisa blanca y jeans gastados, a mediados de sus veintes, que luce un bronceado recién hecho.
—Ah... eres tú —murmura, dándose la vuelta.
Elevo ambas cejas hacia Ángela y, luego de un respiro profundo, entro en el camerino, cerrando la puerta tras de mí.
—Sí, Tavi. Vengo a conversar.
Octavio se tira hacia atrás en su sillón marrón y vuelve su vista perezosa hacia mí.
—¿De qué quieres hablar ahora?
Resoplo, pasando mi mano por mi frente.
—Mira Tavi, no me andaré con juegos. Claramente está sucediendo algo y necesito saber qué es.
—¿De qué hablas? —pregunta, frunciendo el ceño—. Todo está en orden.
—Tavi... Hablé con Ángela. Estoy al pendiente de la situación.
—Vale. Si ya sabes entonces, no deberías perder tu tiempo aquí —dice poniéndose de pie y acercándose a un mueble de madera con luces alrededor del espejo amplio y cuadrado. Saca un cigarrillo de una gaveta y se gira hacia mí.
—Vengo para poder conversar y llegar a un acuerdo mutuo —explico, sintiendo como mi rostro se tensa al ver que enciende el cigarrillo.
—Bueno, ya le dije a Ángela que no diré las nuevas líneas del guion. Están fuera de lugar con el personaje.
—¿Te refieres a mi personaje? —inquiero, con pausas leves.
—No. Al personaje que cambiaste y arruinaste.
Mi ceño se frunce bastante más y aprieto los dientes levemente.
—Mira, Octavio, solo quiero saber cuál es el problema. El personaje sigue siendo el mismo.
—El problema es que pasó de ser un tío extraordinario, talentoso, y sí, bastante lúgubre, a un tío que... ¿llora? —la última palabra la acompaña de una risa sarcástica—... ¿en serio creíste que sería buena idea? Un hombre llorando, ¡Wow! ¡Qué moderno!
Lo observo con atención. Por alguna razón sus palabras no causan nada en mí. Quizás alguna vez lo habrían hecho, pero ahora... me siento en paz.
Río levemente, pasando mi mano por mi boca.
—¿Qué es tan gracioso, tío?
—Que... no había escuchado nunca a un actor que se negara a llorar en pantalla —me detengo a observar sus ojos grises un segundo—. Es como si un chef se negara a usar sal. Como si un escritor odiara la tinta.
—No es lo mismo —refunfuña, soltando una bocanada de humo que me invade las fosas nasales.
—Sí lo es —me doy la vuelta, determinado a salir de aquel camerino cargado de humo.
—¿Espera? ¿Te irás solo así?
Me giro solo un poco, lo suficiente para verle el rostro rodeado de humo. Tiene el ceño fruncido y los labios apretados.
—No, Tavi. Yo no me estoy yendo, eres tú quien está renunciando al proyecto.
Los ojos de Octavio se endurecen. Se pone de pie, frente a mí. Somos casi de la misma estatura, aunque él me gana por algunos centímetros.
—Nunca usé la palabra "renunciar".
—No. Pero te niegas a actuar. Son sinónimos.
—¿Sí te das cuenta de la cantidad de material que hemos grabado conmigo, verdad?
—Mira, Tavi... —Sostengo mi tabique con mis dedos por inercia—. Al principio funcionaba. De verdad. Transmitías esa energía que el personaje necesitaba, pero ahora... no lo veo.
Da un paso hacia mí, serio.
—Así que, aunque me toque grabar de nuevo, prefiero eso a que el personaje no transmita. Si el personaje no transmite, nada tendrá sentido.
Él se queda petrificado. Aprovecho su consternación para rodearlo y así abrir la puerta.
—No puedes hacer esto, Marcus. ¡Hostias! —escucho el golpe de su puño en lo que asumo es la pared, pero ya no me giro hacia él.
Cierro la puerta y veo a Ángela fruncir el ceño.
—¿Qué sucedió allá adentro?
Hago una mueca de lado, observando sus notas en el portapapeles.
—Necesitaremos hacer nuevas audiciones...
—Sí. Yo sé —le da vuelta a un par de hojas en su portapapeles—. Tengo agendadas las audiciones para Bamvi...
—No solo para el personaje de Bamvi. Para el de Marcus también.
Los ojos marrones de Ángela se quedan paralizados.
—¡Marcus Mateo! ¿Sabes lo que eso significa? —exclama, con la boca ligeramente abierta y el ceño muy fruncido.
—Sí. Lo sé. Y me haré cargo de las consecuencias —Su expresión me dice más que cualquier palabra: está furiosa—. Tavi ya no queda con el papel, y no podemos forzarlo. Las cámaras harán que eso se note cien veces más.