Pintaré tus Sonrisas

8 - ¡Papá! ¡Soy yo!

Bamvi

—¡Cállate, Bamvi!

—¡No! No me voy a callar, porque no es justo que el que yo quiera hacer mi vida sea un acto egoísta para ti. Para ti que siempre me decías que cumpliera mis sueños. Y ahora que los estoy cumpliendo, actúas como si...

—¡Vete Bamvi! ¡VETE!

—Como si me odiaras.

Cruzo el umbral, cerrando la puerta de metal tras de mí y camino débilmente por la calle. Mi mirada es borrosa, pero busco como puedo un lugar donde desmoronarme. Me siento en una banqueta y saco las demás lágrimas atrapadas.

No puedo creer que mi hermana esté actuando así. Yo no estoy haciendo nada malo. No es nada malo.

Levanto la mirada por reflejo, y veo a lo lejos que alguien se acerca. Me limpio las lágrimas y noto que es un hombre con un tatuaje en la frente.
Me pongo de pie, sacudiéndome el pantalón de mezclilla, y tomo con fuerza mi bolso marrón. Empiezo a casi correr hacia la parada de autobús más cercana, aún limpiándome las lágrimas descontroladas.

Veo con el rabillo hacia atrás y noto que el hombre sigue caminando detrás de mí.

—Debo ir a casa —digo entre jadeos.

Pero por primera vez desde que regresé a Guatemala, ya no sé dónde debería sentirme en casa.

Veo frente a mí la esquina que da hacia la avenida, sobre la que está la parada del autobús.

Quizás si mira que hay personas en la parada se detiene y se va.

Cruzo en la esquina y veo a lo lejos la pequeña caseta de metal azul. Pero, para mi suerte, solo hay otro hombre ahí. Aunque, al menos, él no parece peligroso.

Tendré que hacer lo que mamá me enseñó desde pequeña.

Mi instinto de supervivencia me hace olvidar lo que había sucedido hace unos momentos, y, con el pecho agitado, levanto mi mano derecha lo más alto que puedo, mientras sigo avanzando casi a la carrera.

Mi voz sale sin mi permiso, guiada por la adrenalina:

—¡Papá! ¡Soy yo! —grito.

El hombre en la parada vuelve la vista hacia mí, con una sonrisa pero con el ceño fruncido.

Con el rabillo logro ver que el hombre del tatuaje cruza en un callejón y se desaparece.

Respiro profundo, llegando frente al hombre, aunque el aire entra de forma errática en mis pulmones.

—¿Estás bien? —pregunta.

Yo veo hacia el suelo. Me estoy quedando sin aire.

—Tranquila, siéntate aquí —me indica, tomando mi brazo y acercándome a las sillas de metal debajo de la caseta—. Se fue. Ya no te está siguiendo.

—¿Usted también lo vio? —inquiero, viendo aún hacia abajo.

—¡¿Cómo no?! Si venía casi volando.

Respiro profundo y levanto la vista hacia el hombre de voz amable. Lo que veo a continuación me deja sin aliento, otra vez.

—¿Segura que estás bien? Te pusiste más pálida.

—Es que... yo...

—¿A dónde vas? Puedo acompañarte.

—No hace falta. Yo me puedo ir sola —digo bajando la mirada.

¿Quizás entre tanto correr terminé en otra dimensión? ¿Viajé al futuro?

—No. No haré eso. Luego me quedaré con la consciencia manchada sin saber si llegaste bien a casa.

Elevo la vista de nuevo y me quedo observando un poco más. Tiene la piel morena clara, el cabello negro y un poco largo, por debajo de las orejas. Y sus ojos... sus ojos son grises.

—¿Cómo te llamas?

—¿Yo?

—Mjm... —Frunce el ceño, metiendo sus manos en los bolsillos de sus pantalones.

—Bámvika. Pero me dicen Bamvi.

Sus ojos se abren, y sus labios dibujan una "O".

—¿Bámvika? —pregunta con las cejas elevadas—. ¿Ésa Bámvika?

—¿Me conoce?

—¡Eres la hermanita de Katherine! Claro que he oído de ti.

Mi ceño se frunce también.

—¡Soy Daniel Luna! —exclama, aunque mi mente sigue intentando procesarlo—. Soy... —Traga saliva—. El papá de Mateo.

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Vamos en el transurbano junto con Daniel. Al fin y al cabo, en serio que insistió en acompañarme a casa.

Mi respiración ya es más regular, y mis manos ya no están temblando. El autobús tiene pocos pasajeros, y, mientras me recomponía, Daniel permaneció en silencio.

Veo su perfil, la nariz recta pero respingada, los ojos grises y profundos. No cabe duda que es el padre de Mateo.

¡Vaya manera de conocer al suegro!

Él vuelve su rostro hacia mí, con una semi-sonrisa.

—¿Y... ha hablado con Marcus? —pregunto, rompiendo el hielo.

Se queda un segundo en silencio, girando su vista hacia el frente, y luego de vuelta hacia mí.

—Sí... —musita—. Aunque, muy poco. Más que nada por mensaje.

—Debe ser muy duro...

—Ah... —resopla—. Lo es. Pero, al menos está bien, ¿sabes? Por lo que me ha contado, está cumpliendo sus metas y estuvo en buenas manos. Ahora estamos tratando de conocernos de nuevo.

—Es verdad. Mateo es muy talentoso.

—Y desde muy pequeño. Recuerdo cuando se ponía a grabar sus propios videos, haciendo los pasos de Michael Jackson. O algunas veces nos grababa a nosotros y hacía sus video montajes. No sé de dónde sacaba tanta imaginación.

Por instinto, toco el dije de corazón en mi cuello.

Mi Marcus Mateo...

Suspiro.

Cuánta falta me hace...

Los ojos de Daniel siguen mi mano y observan detenidamente el collar.

—¡Todavía existe esa cadena?

—¿Ah? ¿Esta? Me la dio Mateo...

—¡Claro! ¿Quién crees que lo acompañó a comprarla?

Abro mucho los ojos, con una cálida sensación acomodándose en mi pecho.

—¿En serio?

—Ah... Tiempos aquellos —Sus ojos se vuelven brillosos, y baja un segundo la mirada.

—¡Podemos llamarle! Quizás ya está desocupado.

Sus ojos se abren con emoción, y yo procedo a sacar el celular con cuidado. Veo la hora en mi celular e intuyo que debe ser más de media noche en España.

Ojalá esté disponible, pienso mientras tecleo los mensajes.

Bamvi: Hola amorcito.

Bamvi: ¿Te puedo llamar?




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