Marcus
Los rayos del sol entran por mi ventana, haciendo que abra los ojos. Aunque, para ser honesto, llevaba despierto desde hacía ya varias horas.
Toc, toc...
—Pasa, bro —murmuro, restregándome los ojos.
—Ah, vale. Estás despierto...
Yo me siento en la cama y observo a Nico en la puerta. Ya está ataviado, podría jurar que incluso se hizo algo distinto en el rostro.
—No podía dormir... —digo, tirándome hacia atrás en la cama.
—Ya casi es hora, tío. Recuerda que tía Lucía es puntual y si dijo a las ocho, es a las ocho.
Asiento, y me levanto de un salto de la cama.
Nico sale de la habitación sin más palabras y yo camino con pasos pesados hacia el armario.
¿Qué les diré? Hola, soy Marcus, pero en realidad soy Mateo. Dijeron que había muerto.
Sacudo mi cabeza y comienzo a vestirme.
Al salir de la habitación, ya listo para enfrentar el día, mamá Lucía yace sentada en el sofá, con ambas manos en su regazo, viendo hacia el vacío.
—¡Allí estás!
—Viniste antes —saludo, acercándome a la mujer bajita que no me saluda con la misma efusividad de siempre. Me deja un beso en la mejilla y dos palmadas en la espalda.
—Argentina... ¿Te ha escrito?
—Me dijo que estaba a cinco minutos.
Camino hacia la cocina y enciendo la cafetera. Juro que no soy adicto al café, pero hoy es especialmente necesario.
—No deberías tomar tanto café, Marquitos —me regaña mamá Lucía, aunque no dirige la mirada hacía mí.
—Déjalo hoy, tía —dice Nico, entrando por la puerta principal—. Necesita todas las energías posibles —Me da una palmada en la espalda y deja su brazo descansar allí un momento—. ¿Me haces uno? —susurra y yo asiento con una sonrisa de lado.
Escuchamos que alguien toca la puerta y Nico se apresura a abrir.
—Buenos días.
—Buenos días. Disculpen la tardanza —dice mi mamá, dándome una sonrisa nerviosa en cuanto sus ojos marrones me ven. Tiene un pequeño tic en el ojo derecho.
—Mamá, me alegra verte —la saludo, acercándome para darle un abrazo—. ¿Quisieras un café?
—No, mijo. Está bien —Deja un beso en mi mejilla y sostiene mi rostro entre sus manos—. Todo esto parece un sueño —Sus ojos se ven llorosos ahora, y forma un puchero con sus labios. Se limpia una lágrima que no había logrado salir y suelta mis mejillas—. Tus hermanas están en camino.
—Vale —Camino de vuelta a la cafetera, que ya está elaborando el café.
—Ya regreso —dice Nico y sale por la puerta, sosteniendo el móvil en su oreja.
Preparo ambos cafés y los dejo en la encimera, tomando sorbos cortos del mío, repitiendo en mi mente posibles oraciones que diría a un agente de la policía en cuanto lleguemos al lugar.
El móvil comienza a vibrar en mi bolsillo y lo tomo con premura.
—¿Sí?
—Ya están aquí. Vamos.
Cuelgo la llamada y les hago señas a mis dos madres. Tomo mi chaqueta de cuero del sofá y caminamos hacia la planta baja.
Como era de sospecharse, ninguna de mis madres se veía contenta con la idea de que me fuera en la motocicleta, así que me fui junto con Nico y Lucía en su auto.
Mis hermanas y mi mamá subieron al coche rojo de Francia, para evitar que mi mamá manejara en ese estado tan... nervioso.
Definitivamente, si me dieran a elegir quién debería conducir en estos momentos, confiaría en Nico y en Francia.
—¿Necesitas la ubicación?
Nico niega, en silencio. Su música italiana suena en la radio.
—Laura dice que le avisemos en cuanto salgamos —suelta Lucía, viendo su móvil.
Yo asiento y observo mis ojos marcados con círculos oscuros en el espejo.
—Ya sabes cómo es... Siempre tan ocupada —agrega mamá Lucía.
—Yo sé —digo escondiendo el espejo del lado del copiloto—. Hablamos un poco al respecto. Todo en orden.
Ella asiente y coloca sus manos en su regazo, tronando sus dedos de vez en cuando.
Comienza a sonar la canción de "Reloj" en la radio del coche de Nico y pasa por mi mente los ojos verdes con miel que me traen hipnotizado, y un poco preocupado.
La última vez que hablé con ella fue el lunes por la noche, y desde entonces no me ha respondido los mensajes.
Debe estar muy ocupada, pienso.
Nico entra en un aparcamiento pequeño y vuelve su mirada serena hacia mí. Suelta un resoplido y apaga el coche.
—Ya estamos aquí.
Trago fuerte y abro la puerta.
Francia se estaciona al otro lado de nosotros. Mamá es la primera en bajar. Llega hacia donde estoy y toma mi mano, apretándola un poco.
Asiente y yo asiento de vuelta, respirando profundo. Mamá Lucía se nos acerca y subimos las gradas hacia la entrada de puertas de vidrio. El edificio es gris, con el escudo español a un lado y un letrero que dice "Comisaría de Policía".
Al entrar, no puedo evitar sentirme como un niño pequeño, sosteniendo nerviosamente la mano de su también nerviosa madre.
Nos acercamos a un escritorio blanco con curvatura. Un hombre de mediana edad nos saluda, seriamente.
—¿Cómo les puedo ayudar?
Me quedo mudo un segundo, mis labios no me responden. Mi madre me aprieta ligeramente la mano y reacciono.
—Soy Marcus Pereira. Ellas son... mis madres.
El señor frunce el ceño y nos observa. Seis personas frente a él.
—Ajá...
—Yo... —Siento la presencia de Nico detrás mío, pero no interviene, solo reposa una de sus manos en mi hombro—. Tuve un accidente, en el 2012. Un avión que se estrelló en Cádiz.
Logro captar la atención del hombre, porque deja por completo el aparato que tiene en mano para observarnos.
—Me... me declararon muerto. Yo... perdí la memoria a costa del accidente y una familia bondadosa me adoptó. Pero descubrí hace poco mi identidad real.
El hombre toma el pequeño radio en sus manos de nuevo, extendiendo la pequeña antena.
—No sé qué más decir... Creímos que este sería un buen primer paso.