Bamvi
La vida ha dado más vueltas de las que esperaba en la última semana. Y entre todas esas vueltas, no esperaba terminar aquí: oficialmente sin un... hogar.
Sostengo la mochila con fuerza en mi regazo y vuelvo la vista hacia mi primo, Lucas. Él se estaciona y, luego de un suspiro, vuelve su vista hacia mí.
—Por fin llegamos...
—Muchísimas gracias, Lucas —murmuro, tragando fuerte.
—Para eso está la familia —Hace el esfuerzo de sonreír pero sus labios solo forman una línea recta.
Me da dos palmadas en la espalda y sale del auto gris. Salgo del auto yo también, apenas percatándome de que todo está oscuro alrededor.
—¿Y la luz? —inquiero, pero antes de que Lucas pueda responder, es interrumpido.
—¡Ay! Qué bueno que ya vinieron, gordo —saluda Melanie al abrir la puerta. Tiene una pequeña vela en la mano—. Ya acosté a la niña. Preguntaba mucho por ti.
—Qué bueno, amor. No hubo mucho tráfico, fíjate —Lucas recibe el beso de su esposa en la mejilla.
—Ah, por la hora —dice ella y sus ojos marrones se posan en mí—. Hola, nena. ¿Estás bien?
Aprieto los labios y me acerco a ella, quien le da la vela a Lucas y me cubre en sus brazos.
—¿Pero qué sucedió, pues? —pregunta, acariciando mi cabeza.
Yo comienzo a sollozar silenciosamente, mis manos tiemblan y el nudo en la garganta no me permite hablar.
—Es mejor que descanse un poco —dice Lucas. Elevo la vista hacia él y la vela alumbra una pequeña mueca en los labios—. Hay que prepararle el cuarto de invitados.
—Ya está —aclara Melanie—. Allá arriba está un poco oscuro... —murmura con su voz aguda y maternal. Me guía hacia una de las velas en la mesa y me la entrega —Un poste de luz se quemó hoy en la mañana...
Yo asiento, sosteniendo la vela con cuidado.
—Pero ve, descansa. Ya mañana hablamos más tranquilas...
Yo asiento y me giro hacia Lucas para darle un breve abrazo de lado, antes de salir por una puerta de metal que lleva al patio. Ya ahí giro a la derecha para subir por las escaleras que llevan al segundo nivel, cubriendo la llama de la vela con una mano para que no se apague por el viento.
Las palabras de mi madre me golpean la cabeza con cada escalón que subo. Las lágrimas caen sobre mis manos y terminan manchando mis zapatillas blancas.
"No te quiero ver aquí, Bámvika".
"¡Tu hermana tiene razón, solo te quieres ir!"
"¡Eres una egoísta!".
"Después de todo lo que hice por ti. ¡Malagradecida!".
"¡Ándate a la mierda! Aquí ya no entras".
Con cada paso, con cada recuerdo, el corazón se me estruje en el pecho. No podía creer que mi propia madre y hermana me estuvieran tratando así...
Por fin, llego al segundo nivel y abro la puerta de metal negra. Entro con sigilo a la habitación en la que ya había dormido antes, cuando mamá y yo veníamos a visitar.
Deposito la vela en una mesita pequeña y la mochila marrón, que mamá ya tenía preparada para mí, en un pequeño sofá.
Me tiro en la cama de edredón de tigre y miro el techo, con lágrimas escapándose a los lados. El tiempo se siente extraño, como si mi cuerpo y mi mente estuvieran desconectados.
Luego de no sé cuánto tiempo, busco el celular en mi bolsillo y veo la hora.
Es más de media noche.
Quizás Marcus ya despertó...
Abro Instagram pero la aplicación no carga. Frunzo el ceño y me siento en la cama, tratando de cargar la aplicación una y otra vez. La esquina de la pantalla capta mi atención: dice "SOS".
Ay no...
Me dejo caer en la cama y me hago de lado, abrazando mis rodillas un poco.
Quizás la luz venga mañana, pienso, luchando con mis ojos que quieren cerrarse y las lágrimas escapando aún de manera silenciosa.
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Abro los ojos, adoloridos, gracias a la luz del sol que se filtra por la ventana. Me levanto ligeramente de la cama, restregándome los ojos, y tomo el celular. Son las nueve de la mañana.
El SOS no se quita aún de la esquina.
Salgo de la habitación, viendo en la mesita que la vela se ha derretido por completo, y me topo con la mañana luminosa lastimándome los ojos.
Desde aquí, puedo ver el volcán de fuego perfectamente. Es una vista que en cualquier otro momento habría hecho que me picaran las manos por pintar. Ahora solo se siente como si mi cuerpo estuviera adormecido.
Bajo las gradas en busca del baño y me encuentro con Lucas y Melanie desayunando en la mesa del patio. Melanie tiene a su hija, Melody, en brazos.
—¡Ve quién se despertó!
—Buenos días —saludo.
—¡Buenos días, Vika! ¿Cómo dormiste? —pregunta Melanie con su voz suave. Es de las únicas personas que me llaman así.
—Bien —asiento y me acerco para saludar a la niña—. ¿Y tú, bebé? ¿Cómo estás?
—¿Bien y tú?—dice con una voz demasiado clara.
Me cubro la boca con las manos, sorprendida.
—¡También habla!
La última vez que vi a Melody fue en su bautizo, hacía más de año y medio.
—¡Sí! Ahora el problema es como hacer que ya no lo haga —dice Lucas entre risas—. Cumple tres añitos en como dos semanas.
—El 22 —aclara Melanie.
—¡No conocía a una niña que hablara así de claro! Sofía se tardó un poco más.
—Sí, cada niño es distinto —dice ella, limpiándole la boca manchada de frijoles a la pequeña niña.
—Yo aún recuerdo cuando estabas pequeña —dice Lucas, tomando un sorbo de su café—. No hablabas mucho. Solo querías estar rayando lo que veías. Tengo una foto en la que te estoy cargando y tengo la cara manchada de marcador verde —una risa se le escapa—. Nadie supo de dónde salió ese bendito marcador.
Yo también río, contagiada por su risa, aunque el pecho me duele.
—¡Bamvi! Agarrá comida, está en la cocina.
Asiento y voy en silencio.
Prepararon un desayuno típico: huevos revueltos, frijoles negros fritos, plátanos fritos, queso y crema.