Piratas

Capítulo 1: El error más encantador

La mayoría de los hombres que visitan la taberna son alimañas ruidosas, sucias y tristes. Pero esa noche, una voz distinta cortó el ruido con suavidad.

—La mayoría de los que vienen aquí parecen buscar una excusa para morir… tú, en cambio, pareces estar buscando olvido.

Ciel giró torpemente al escuchar aquellas palabras. Frente a él, con media sonrisa y mirada astuta, estaba Dylan, el infame pirata de la recompensa imposible, bebiendo ron como si el mundo fuera suyo.

Y en efecto, lo era.

—¿Qué te trae por aquí, buen hombre? —preguntó Dylan, dejándose caer en el taburete junto a él, el vaso lleno de ron tintineando apenas al tocar la madera.

Ciel intentó no mirarlo. Estaba borracho, y el día no había sido particularmente amable.

—Gracias… supongo —murmuró, haciendo girar su cerveza sin gracia—. Solo… quiero olvidar.

Dylan lo observó con una ceja alzada.

—Ah. Un viajero en busca del olvido. Debo advertirte, ese camino es largo y pegajoso… y no siempre lleva a donde uno quiere.

Se inclinó un poco más, como si compartiera un secreto. Su perfume olía a sal, madera y algo indefiniblemente peligroso.

—Soy Dylan, por cierto. Deberías sentarte con más firmeza, el alcohol a veces te lleva antes de que decidas irte.

Ciel intentó pedir otra cerveza, pero al levantar la mano, tambaleó. Dylan contuvo una carcajada.

—¿Eso es cerveza? ¿Y ya estás así? —rió, tomando su vaso y sirviéndole un dedo de ron—. Intenta esto. No te matará. Todavía.

—No sé si debería… —susurró Ciel, pero ya estaba bebiendo. Y tosiendo. Bastante.

—Dime, ¿qué quieres olvidar tan desesperadamente?

—Que... mi vida es una mentira —admitió, las mejillas encendidas—. Me creen alguien que no soy.

Dylan apoyó el codo en la barra, encantado. Sus ojos brillaban como un niño curioso.

—¿Ah, sí? ¿Y quién creen que eres?

—Un cazarrecompensas. Uno famoso. Peligroso. Pero no lo soy. Maté a un pirata por accidente y... la gente me dio ese título.

Dylan soltó una carcajada suave, casi con ternura.

—Entonces mataste a un hombre sin querer, y el mundo decidió que eras un héroe.

—Un mentiroso, en realidad —dijo Ciel, bajando la mirada—. No puedo mentir... yo... simplemente no puedo.

—¿Y por qué tendrías que hacerlo? —preguntó Dylan, tocándole apenas el hombro con la yema de los dedos—. A veces, la historia que otros escriben sobre nosotros es más útil que la que contamos nosotros mismos.

Ciel cerró los ojos, mareado.

—No quiero seguir así…

—Entonces no lo hagas —respondió Dylan—. Termina tu trago. Si necesitas un lugar para descansar, tengo un camarote vacío en mi barco. Privado. Seguro.

Ciel dudó. Le dolía el pecho de pensar en volver a casa, de enfrentar su nombre escrito con letras equivocadas en carteles que decían “Se busca”.

—Solo… un poco más de cerveza.

—Lo que el héroe accidental pida —sonrió Dylan, sirviéndole otro poco de ron sin que lo notara.

—Oye, tú…

Justo cuando sintió la necesidad de preguntarle qué estaba haciendo pero la puerta del bar se abrió violentamente.



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Editado: 14.01.2026

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