La puerta de la taberna se abrió de golpe.
Guardias de la Marina irrumpieron como una estampida. La mayoría de los clientes apenas alcanzaron a ponerse de pie antes de que las espadas se desenvainaran y las órdenes de arresto volaran como sal en el viento.
—¡Vamos! —gritó Dylan sin dudarlo, aferrando la muñeca de Ciel y arrastrándolo entre el caos.
Ciel tropezaba más por el alcohol que por la confusión, pero aún así, corrió. La multitud gritaba, las mesas volaban por los aires y los guardias aullaban órdenes como sabuesos. La calle nocturna no ofrecía mucha más calma: la persecución ya estaba en marcha.
Pero entonces, algo inesperado ocurrió. Ciel, ebrio y tambaleante, tomó la delantera.
—¡Por acá! —gritó con una súbita chispa de lucidez y valentía borracha.
Se adentraron en una red de callejones oscuros, girando esquinas con la precisión de alguien que conoce ese laberinto mejor de lo que debería. Para cuando llegaron al final de una calle sin salida, los pasos de la Marina ya se oían lejanos.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Dylan, aún jadeando.
Ciel se apoyó en una pared, riendo entrecortado, casi incrédulo.
—No sé... creo que tengo el alma de una rata callejera. Borracha.
Dylan se rió de verdad. Esa risa limpia y profunda que pocas veces se permitía.
—Sos una caja de sorpresas, ¿lo sabías? —dijo mientras lo volvía a tomar del brazo—. Pero ahora vamos a mi barco. Antes de que esos perros encuentren el rastro otra vez.
—¿Barco...? ¿Qué barco...? —repitió Ciel, claramente sin entender que había sido arrastrado a una historia más grande de lo que podía manejar.
—Mi barco. El Dragón del Horizonte. Tranquilo, no te voy a vender… todavía —dijo con una sonrisa amplia, encantadora y peligrosamente ambigua.
Ciel no tuvo otra opción que seguirlo. El muelle estaba tranquilo, con una bruma que flotaba sobre las aguas. Cuando subieron a bordo, varios de los tripulantes levantaron cejas al ver al nuevo “invitado”.
—¿Este quién es? —murmuró uno.
—¿Acaso lo vamos a dejar vivir? —preguntó otro, en voz baja.
—Shhh —ordenó Dylan con un gesto—. Es mi prisionero… sentimental.
La bandera negra ondeó en lo alto. Ciel, al verla, palideció. Retrocedió por instinto hasta chocar contra el pecho firme del capitán.
—¿E-esto es...?
—Sí, mi barco pirata —susurró Dylan, rodeándolo por los hombros—. ¿Vas a saltar al agua, nadar hasta tierra y enfrentarte a la Marina con resaca?
—…¿Y si digo que sí?
—Entonces al menos déjame ponerte un chaleco salvavidas. Aunque te prometo que soy mejor compañía que ellos.
Pero no hubo tiempo para más bromas. Una bala silbó por el aire, rozando el brazo de uno de los marineros y pasando cerca del propio Dylan. La Marina los había seguido.
Ciel, sin pensar, desenfundó su arma. Tembloroso. Aún con el rostro rojo y los ojos nublados por el alcohol.
—¡Ciel, no…!
Un disparo. Preciso. Letal.
Un guardia cayó de inmediato. Silencio. Solo el vaivén del mar.
Dylan lo miró, con algo parecido al asombro. Y, quizás, una chispa de respeto.
—Definitivamente… sos mi tipo.
Editado: 25.01.2026