Piratas

Capítulo 3: Te cuido

Dylan se quedó atónito al ver cómo el joven abatía al guardia de un disparo limpio. Su sonrisa se dibujó sola. No por el asesinato, sino por la ejecución perfecta.

—Vaya... —murmuró divertido—. Eres mejor cazarrecompensas de lo que pensaba. Estoy orgulloso de ti.

—¿Qué...? —balbuceó Ciel, confuso, y justo después, su cuerpo cedió como un muñeco de trapo.

Cayó desmayado sobre la cubierta.

El barco ya había zarpado, alejándose de la costa y de cualquier muelle patrullado. Uno de los tripulantes, con tono desconfiado, se acercó al capitán.

—¿Qué hacemos con el intruso, capitán?

Dylan lo miró de reojo.

—Tráiganlo a mi camarote.

Sabía que el alcohol había hecho lo suyo. Y aunque su intención no era clara para la tripulación, sí lo era para él: tenerlo cerca, bajo control, lejos de cualquier escapatoria. El camarote del capitán era más seguro que cualquier celda improvisada.

Los hombres lo cargaron en silencio. Las órdenes de Dylan no se discutían.

—¿Quién es ese? —preguntó uno mientras curaba al herido.

—Nadie importante —respondió Dylan, sin siquiera mirarlo—. Solo alguien con quien quiero pasar un buen rato.

El pirata se sentó en la cama junto al cuerpo inerte del chico. Lo observó dormir, tranquilo, como si no acabara de asesinar a un miembro de la marina.

Ciel despertó con un quejido, apretando la cabeza con una mano. El dolor punzante entre las sienes lo mareaba.

—¿Dónde... estoy? —preguntó, arrugando la nariz por el olor a madera húmeda y sal.

—Te sacamos de la taberna con la guardia pisándote los talones. Ya estás a salvo —dijo Dylan con una sonrisa fácil.

Ciel lo reconoció al instante y se incorporó de golpe, alarmado. Buscó su arma instintivamente... y la encontró. En manos de Dylan.

—¿En serio crees que es tan fácil escapar de mí? —preguntó el capitán, girando el revólver entre los dedos con la precisión de un prestidigitador—. Vamos, ni siquiera eres cazarrecompensas.

—¿Qué...? ¿Cómo sabes eso? —preguntó Ciel, tragando saliva. El mareo no ayudaba.

Dylan se encogió de hombros.

—Se nota cuando sabes mirar. Lo descubrí en la taberna. No eras quien decías ser. Y ahora estás aquí.

Ciel parpadeó, incrédulo.

—¿Me secuestraste?

—Efectivamente —respondió Dylan con naturalidad—. Pero por tu bien, eh. Si la guardia te hubiese atrapado, ya estarías en una celda esperando la horca. Te salvé.

—¡Pero yo no hice nada! ¡No maté a nadie! ¡Ellos iban por vos, no por mí!

—Ah, pero las cosas cambiaron, ¿sabías? —Dylan se inclinó un poco más cerca—. En esa armada hay alguien que quiere ver tu cabeza en una pica. Y créeme, yo no iba a dejar que se la llevaran en bandeja.

Ciel frunció el ceño.

—Te equivocas. La marina no tiene nada contra mí. No hice nada. No cometí ningún crimen.

Dylan suspiró con fingida paciencia.

—Debiste olvidarlo. El alcohol es traicionero. Pero sí, mataste a alguien. A un guardia naval. Yo lo vi. Y si sales de este barco... bueno, te conviertes oficialmente en un criminal fugitivo.

El silencio cayó como un peso. Los ojos de Ciel se agrandaron.

—¿Matar...? —repitió, en voz baja. Y la verdad le volvió como un golpe seco en el pecho.

Los recuerdos, fragmentados pero brutales, lo sacudieron: la confusión, el disparo, la sangre.

—No... no... —murmuró, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Cómo? ¡No puede ser! ¡Justo cuando había logrado ganarme su confianza! ¡No puede estar pasándome otra vez!

Dylan lo observó divertido, como si estuviera viendo a un niño romper su juguete favorito.

—Tranquilo. Ya pasó. Yo estoy bien, y por lo que vi, el muerto fuiste tú quien lo provocó.

—¡Pero yo...! ¡Yo no soy un pirata! —Ciel lo miró con desesperación—. ¡Esto fue un accidente! ¡No soy un criminal!

Dylan soltó una carcajada.

—¿Un accidente? Apuntaste directo a su frente, Ciel. Si eso fue un error, fue el más certero que he visto.

Ciel se quedó sin palabras. Se dejó caer en la cama, cubriéndose la cara.

—Dios... ¿Al menos lo herí? ¿Fue superficial?

Y entonces, Dylan soltó la frase que se volvería un puñal certero.

—No. Ni siquiera tienes ese consuelo. La bala le entró justo entre los ojos. Una belleza de disparo. ¿No te gusta eso?

Ciel lo miró horrorizado.

—¡¿QUÉ?! ¡No puede ser! ¡Voy a tener a toda la guardia persiguiéndome!

—Sí. Por eso vas a quedarte conmigo. Yo me encargo —dijo Dylan, con aire confiado—. Tu y yo no estamos tan lejos el uno del otro. Somos... similares. Y yo cuido a los míos.

Ciel, aún atónito, lo miró con suspicacia.



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Editado: 25.01.2026

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