Dylan dejó de lado a Ciel y se hizo con todo el control posible de la situación. Subió a la cubierta, donde encontró a su tripulación y a los atacantes.
—Vamos todos, a trabajar —dijo, mientras desenvainaba su espada, lista para pelear con cualquiera que se pusiera en su camino.
Ciel no pudo evitar levantarse rápidamente. Tomó el arma que Dylan había dejado caer y salió a ver el panorama.
Sabía que no tenía por qué salvar a los piratas, pero su corazón humilde no le permitía dejar que mataran a quienes, de alguna manera, lo habían ayudado cuando estaba borracho. Era consciente de que esos piratas podrían haberlo abandonado a su suerte, y no lo hicieron. Por eso sentía que tenía una deuda.
Tomó aire, y con el arma en mano, lo soltó lentamente antes de disparar y matar al primer guardia naval desde lejos. El disparo fue certero: el guardia cayó al piso con un agujero en la frente.
Eso llamó la atención de Dylan, quien no esperaba verlo.
—Buena puntería.
Dylan se acercó a Ciel y le acarició el hombro. Al verlo con su arma, su deseo por él se encendió aún más.
—Todavía no termino —murmuró Ciel, y sin mirar volvió a apuntar y mató a otro marinero.
Dylan se sorprendió al ver que ahora tenía a un tirador con una puntería perfecta. Estaba impresionado por lo bien que Ciel manejaba el arma. Y como todo pirata, Dylan deseaba tener a alguien leal a su lado. Al ver al joven, su deseo de hacerlo parte de su tripulación, y quizás algo más, creció.
—Tienes muy buen manejo del arma. Por lo que veo, tú también eres uno de los nuestros.
—No... yo no soy un pirata —dijo Ciel mientras observaba cómo el barco de la Marina se alejaba, ya derrotado.
Los tripulantes miraron a Ciel y a su capitán. No entendían bien si Ciel estaba de su lado o no.
—Claro que lo eres —respondió Dylan, sonriendo mientras señalaba el arma que tenía Ciel—. Ningún civil sabría disparar así. Ni siquiera un militar de cualquier ejército. Así que no puedes ser un civil. Te guste o no, aquí todos somos piratas.
Ciel no tenía otra opción más que aceptar su realidad. Dylan se quedó pensando en cómo conseguir lo que quería, ya que su sed por Ciel aún no estaba completamente saciada.
Ciel se sonrojó y, antes de poder objetar, todos los tripulantes sonrieron y celebraron la llegada de un nuevo miembro.
—Bienvenido a nuestro barco, hermano. Aquí la única norma es que debes defender este barco a cualquier costo. Porque este barco es más que un hogar: es mi hogar, mi familia, y por lo tanto la tuya también, si lo deseas.
Dylan extendió la mano hacia Ciel para saludarlo. No estaba seguro de si Ciel respondería, pero tampoco se daba cuenta de que el joven no tenía elección.
Ciel aceptó y terminó en medio de una comida junto al resto de la tripulación, con el capitán, claramente, en la cabecera de esa mesa improvisada.
Ciel sentía algo de pena. Todos esos hombres eran fuertes y robustos, llenos de cicatrices, con la piel curtida por el sol y una larga historia de vida. A comparación, él era bastante pálido y su piel estaba intacta.
Dylan no le prestaba atención al físico de Ciel. Se centraba en cómo se comportaba. Su forma de tratar a los demás era la de alguien amable y considerado. Eso encantaba a Dylan.
Toda la tripulación veía a Ciel como a un niño. Letal con un arma, sí, pero un niño al fin.
Cuando Dylan terminó su comida, le preguntó a Ciel la edad. Todos los tripulantes lo miraron atentos.
—Tengo dieciocho —dijo Ciel, algo apenado, después de tragar lo que comía.
Todos se sorprendieron. Era, sin duda, un niño. Incluso el capitán sonrió al saberlo.
—Espera. Si tú eres ese cazarrecompensas del que todo el mundo hablaba, significa que mataste a Barba Negra... ¡a los quince años!
La observación de uno de los hombres provocó que Ciel se sonrojara y que todos prestaran aún más atención.
Dylan sonrió. Por alguna razón, ese joven lo había atraído desde el momento en que lo conoció. Al parecer, Ciel ya tenía historia en el mundo pirata.
—Oh, parece que todos los ojos están puestos sobre ti —se burló Dylan con una sonrisa sutil, observando cómo Ciel reaccionaba.
—No... yo... bueno... no es así como pasó —respondió Ciel, torpe con las palabras—. Yo... bueno... no lo maté... fue un accidente —confesó, nervioso.
Dylan sonreía. Le gustaba cómo Ciel se ponía nervioso al hablar del tema. También estaba intrigado por saber qué pasó realmente con Barba Negra.
—¿Un accidente con una espada en la mano? No suena muy bien que digamos —bromeó Dylan, aunque su tono también denotaba curiosidad.
—Sí. Dijeron que le atravesaste la cabeza —agregó otro, haciendo que Ciel casi se ahogara.
—Esa historia... es poco creíble... pero no lo maté a propósito —dijo con vergüenza—. No soy un asesino —murmuró.
A Dylan tampoco le cerraba la historia, pero no quería arruinar el momento, así que solo sonrió.
—¿No eres un asesino, pero tienes el don de ser un excelente tirador? Suena como un buen resumen para un asesino.
Editado: 25.01.2026