Piratas

Capítulo 5: Misterioso pasado

A Dylan le sorprendió ver la precisión con la que Ciel lanzó el cuchillo, pero lo que más lo conmovió fue la mirada de arrepentimiento que cruzó su rostro apenas lo hizo.

—No importa, Ciel. Esa persona no te respetó, y reaccionaste como era necesario —dijo Dylan con calma.

Ciel agachó la cabeza, en silencio, sin poder creer que su capitán lo hubiera respaldado.

—Oye, mocoso... ¿cómo hiciste para lanzar el cuchillo así? —preguntó uno de los piratas, asombrado.

Ciel se sonrojó al instante.

—No... fue un... un accidente. No quise reaccionar así —respondió con timidez.

El bullicio volvió al ambiente. La taberna se tornó amena y las conversaciones comenzaron a girar en torno a historias de peleas y batallas en altamar.

Dylan escuchaba cada anécdota con atención, y no pudo evitar notar que todos los hombres que lo acompañaban eran verdaderamente valientes. Por eso, se animó a hacer una pregunta que tenía clavada en la mente.

—Ciel, ¿cuál fue la experiencia más peligrosa que tuviste en el mar?

—No pasé mucho tiempo en el mar como para vivir algo así... —respondió, esquivando el tema.

Pero las risas y los ánimos no lo dejaron escapar tan fácil. Todos comenzaron a alentarlo a hablar. Dylan insistió, sonriendo.

—¡Vamos, Ciel! ¡Todos hemos contado nuestras historias! ¡Es tu turno ahora!

Ante la presión de la tripulación, Ciel se rindió y comenzó a hablar, algo avergonzado.

—Bueno... una vez, cuando tenía tres años, vivía en una isla con zonas inexploradas y animales peligrosos. Como parte de un ritual, me vendaron los ojos y me hicieron adentrarme en la jungla. Tenía que sobrevivir por mi cuenta y volver por mis propios medios...

Los piratas se quedaron en silencio, sorprendidos.

—La primera noche fue dura. No conseguía comida, y una serpiente enorme casi me devora. Para defenderme, la maté. Luego usé dos piedras para hacer chispas... y accidentalmente prendí fuego al lugar —dijo, un poco avergonzado.

Dylan lo escuchaba con los ojos bien abiertos, atónito. ¿Cómo era posible que un niño tan pequeño hubiera sobrevivido a eso?

—¿Y cómo hiciste para no morir de frío? —preguntó, intrigado.

—No me enorgullezco de eso, pero usé el cuerpo de la serpiente y el fuego que había encendido para mantenerme caliente. A la mañana siguiente, tuve que pelear con varios animales más para conseguir comida. Bueno... esa es una de las historias de mi infancia.

Dylan lo miró con admiración. A sus ojos, ese niño era algo más que un simple sobreviviente. Era un elegido por la diosa Calipso.

—No puedo creerlo... todo eso con solo tres años. ¡Eras valiente desde antes de caminar bien!

Ciel se sonrojó profundamente. Para desviar la atención, cambió de tema.

—¿A dónde vamos ahora?

Dylan sonrió, aunque por dentro quería seguir hablando con él.

—Ahora vamos rumbo a la isla Santa Rosa. Luego, hacia Puerto Español.

—¿¡Puerto Español!? —repitió Ciel, visiblemente alterado—. ¿Eso no es peligroso?

Dylan lo miró, sorprendido por su reacción.

—¿Por qué lo sería? ¿Has estado allí antes?

—No... —mintió Ciel, bajando la mirada—. Es por la política anti-piratería del lugar.

Dylan sabía que no era solo eso, pero no insistió. Sabía que Puerto Español era el mejor lugar para reabastecerse, aunque significara arriesgarse un poco.

—No te preocupes, Ciel. A los piratas no nos asustan las leyes de tierra firme. Y si se atreven a atacarnos, lucharemos.

—Supongo que sí... —murmuró Ciel, aún incómodo.

Cuando llegaron a Santa Rosa, Ciel se negó a bajar del barco, alegando que prefería quedarse a limpiar.

—Estaré bien. Vayan ustedes a divertirse.

Dylan lo miró con cierta tristeza, deseando que confiara en él. Pero respetó su decisión y se marchó con parte de la tripulación.

Mientras estaba en una taberna local, Dylan notó un tablón con carteles de los criminales más buscados. Su vista se detuvo en uno en particular.

Era una imagen más joven de Ciel, visiblemente asustado, con una recompensa considerable. El cartel lo acusaba de traición a la patria. Buscado, vivo o muerto.

Dylan se quedó inmóvil, desconcertado.

—No puede... no puede ser —susurró.

Tomó el cartel, sin pensar demasiado, y volvió al barco decidido a enfrentarlo.

—¿Ciel?

El chico salió de donde estaba, pero al ver el papel en manos de su capitán, palideció.

—¿Dónde conseguiste eso...? —preguntó con voz temblorosa.

—Lo vi en el tablón de la taberna. Al principio no lo creí, pero... eres tú, ¿verdad?

—No soy un criminal —dijo rápidamente, acercándose para intentar quitarle el cartel—. ¡Es un error!



#1946 en Otros
#145 en Aventura
#5263 en Novela romántica

En el texto hay: bl, aventura, lbdt

Editado: 25.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.