Dylan no pudo evitar notar la situación. Al ver a la chica apuntarle a Ciel con la espada, se le acabó la paciencia.
—¡Yo soy su capitán! ¿Y quién mierda es usted para llamarlo traidor?
No iba a permitir que alguien se atreviera a tocar a Ciel.
—¿Pirata? ¿Ahora eres un pirata? —preguntó ella. Fue entonces cuando ambos miraron con atención la insignia en su uniforme: era oficial de la Marina—. Soy Lin, el primer oficial del escuadrón 347.
Antes de que pudieran reaccionar, dos hombres robustos que la acompañaban tomaron por la fuerza a Dylan y a Ciel.
—Ya sé quién sos —dijo Lin, dirigiéndose a Dylan con una sonrisa desdeñosa—. Dylan, el pirata con una jugosa recompensa por su cabeza.
Luego miró a Ciel con repulsión.
—Y aquí está el traidor a la patria —espetó, y con tono burlón agregó, dirigiéndose nuevamente a Dylan—: Tené cuidado, capitán. Ese chico ha matado a más gente de lo que te imaginás.
Sin previo aviso, golpeó a Ciel hasta dejarlo inconsciente.
—Es menos peligroso así —comentó, y luego les dio la orden a sus hombres—: Llévenlos a las celdas. Que esperen su juicio.
Dylan forcejeó, pero no pudo hacer nada mientras lo arrastraban.
—¿Juicio? ¿De qué me estás acusando, mujer?
Su voz era una mezcla de rabia e incredulidad.
—Piratería —respondió ella, imitando con la mano el gesto de una decapitación—. Eso te espera a vos. Y a él... le espera algo peor por sus crímenes.
Dicho eso, Lin cerró con fuerza la puerta de la celda, dejándolos en un lugar sucio, oscuro y húmedo.
Dylan bufó, apretando los dientes.
—La maraña que tenés en la cabeza debe ser bien larga si pensás que vas a poder juzgar a un pirata...
Se dejó caer en un rincón, indignado. Ciel empezó a recobrar la conciencia con un leve quejido.
—¿Qué... pasó? —murmuró, mirando a todos lados, confundido.
Dylan no pudo evitar sonreír con cierta ternura.
—Ay, Ciel... no dejás de ser tan tierno.
Se acercó mientras el otro se incorporaba con torpeza.
—¿Estamos en una celda...? —preguntó Ciel, aún aturdido.
—Sí. Y no sabemos por cuánto tiempo nos van a quitar la libertad —respondió Dylan, resignado.
—Esto es complicado —musitó Ciel, y se levantó de golpe, acercándose a la puerta—. Tenemos que volver al barco. Salir del puerto antes de que nos encuentren de nuevo.
—¡Ciel, sacate esa idea de la cabeza! ¿De verdad creés que podemos huir de acá tan fácil?
Ciel se volvió hacia él, con una expresión más seria de lo habitual.
—Sí... pero nadie puede enterarse de cómo lo haremos —murmuró nervioso—. Por favor, prométeme que no le vas a decir a nadie.
Dylan levantó una ceja, intrigado.
—Bueno, bueno... ya te dije que no voy a decir nada. ¿Tenés un plan?
Lo siguiente que ocurrió dejó a Dylan sin palabras. Ciel se acercó a la puerta de hierro, la examinó unos segundos, y luego, con un esfuerzo sorprendente, la levantó de golpe. La puerta cayó con un estruendo seco.
Dylan se quedó paralizado. Muchas preguntas lo golpearon a la vez:
¿Cómo sabía que podía levantarla?
¿Por qué Lin lo odiaba tanto?
¿A qué se refería cuando lo llamó peligroso?
No había tiempo para respuestas. Tomó a Ciel del brazo y salieron corriendo.
El sol ya se escondía, tiñendo el cielo de tonos rojos. Corrían por las calles como sombras, buscando llegar al muelle antes de que el barco zarpase. Pero la Marina se había movilizado rápido. Pronto, había soldados por toda la ciudad.
Se ocultaron en un callejón estrecho. Ciel temblaba.
—¿El barco... no se va a ir sin nosotros, verdad?
—Claro que no —respondió Dylan, intentando calmarlo—. No te preocupes, ese barco es nuestro hogar. No se va sin nosotros.
Le dio una palmada en la espalda, divertido por el nerviosismo de su joven compañero.
Dylan había robado un arma en el camino y no dudó en ofrecerse a Ciel.
—¿Qué...? ¿Dónde conseguiste esto? —preguntó él, nervioso al tomarla—. No... no debería...
—Vamos, Ciel. Ya mataste soldados de la Marina antes. Una muestra más de tu habilidad no te va a hacer mal —dijo Dylan, guiñandole un ojo.
El muchacho miraba el arma con manos temblorosas. Dylan soltó una pequeña carcajada.
—A ver... hazme una cara seria como la mía. Dale, demuéstrame que sabés usar esto.
Ciel se sonrojó, respiró hondo, y salió del callejón. Con una precisión escalofriante, disparó tres veces. Tres guardias cayeron al instante.
Dylan sonrió con orgullo y lo tomó de la mano.
—¡Vamos!
Corrieron al muelle. Pero cuando llegaron... el barco ya estaba en alta mar.
Editado: 25.01.2026