—Bueno, ya que estamos en esta isla, podríamos explorar un poco —dijo Dylan, mirando alrededor, curioso por conocer más del lugar donde habían terminado.
—¿Ciel, ya habías visto esta isla antes? —preguntó mientras se ponía de pie, escuchando el murmullo del agua cercano.
—Eh... no, no creo —respondió Ciel, confundido. Se inclinó demasiado y terminó cayendo de cara al agua—. ¡Ah, qué asco, está salada!
Dylan soltó una carcajada al ver la expresión de Ciel empapado.
—Te ves guapo incluso mojado —comentó con una sonrisa pícara.
—No digas eso —murmuró Ciel, avergonzado, mientras salía del agua con la ropa empapada—. Dios... ¿dónde estamos? —añadió, observando el paisaje tropical.
—No lo sé con certeza, pero parece una isla desierta —respondió Dylan, caminando por la orilla.
—¡Espera! No deberías irte solo —dijo Ciel, apresurándose a alcanzarlo—. ¿Y si hay animales salvajes?
—Tranquilo, Ciel —dijo Dylan, sonriendo con malicia—. Aquí solo hay un animal salvaje… y eres tú.
—¿Eh? ¡Yo no soy un animal! —protestó, nervioso, apartándose un poco por la actitud descarada de su compañero—. No tenemos armas. ¿Y si aparecen oficiales de la Marina?
—Relájate —le dijo Dylan, notando su incomodidad—. No hay nadie más aquí, y además, tengo una gran arma para defendernos —añadió, señalando la espada en su cinturón.
—Dios… no deberías tener permitido usar eso —murmuró Ciel, entre apenado y resignado.
Dylan rió, divertido.
—Te preocupas demasiado —le dijo, adentrándose un poco más en la jungla.
—¡Espera! No me dejes atrás —se quejó Ciel, siguiéndolo—. Esto es ridículo. Al menos tenemos comida en el barco...
—Estás actuando como un niño —dijo Dylan, sonriendo al ver su actitud.
—Y tú estás demasiado tranquilo —refunfuñó, avanzando entre hojas enormes.
—Afortunadamente hay provisiones, sí. Pero quiero ver si encontramos algo útil —dijo Dylan, adentrándose más en la vegetación—. Creo que hay algo por allá.
Señaló una cascada que desembocaba en un pequeño arroyo.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó Ciel, acercándose—. Es… agua potable —murmuró, maravillado por lo cristalina que era.
—Simple intuición. Podemos beber sin problema —dijo Dylan, acercándose también. Una idea cruzó por su mente mientras observaba a Ciel lavarse la cara.
—Esto es asombroso —dijo Ciel, completamente ajeno a la mirada de Dylan.
—Sí, lo es. Esta isla es muy tranquila —respondió él, acercándose lentamente.
—Parece que no hay animales salvajes, después de todo...
—No, no hay nada aquí… salvo nosotros dos —susurró Dylan, a escasos centímetros de él.
—Dylan… creo que siento algo —dijo Ciel, con un escalofrío.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sientes, Ciel?
Antes de que pudiera responder, Ciel lo empujó y ambos cayeron al suelo, justo cuando una lanza pasó por donde estaba la cabeza de Dylan.
—¡Creo que sí hay gente, y no somos bienvenidos! —dijo Ciel, alarmado.
Dylan, aún con Ciel encima, miró la lanza con asombro.
—Ciel… tenías razón.
—¡No me mires así! ¡Tenemos que irnos! —exclamó, tomando la lanza. Ambos salieron corriendo.
—Sí, volvamos al barco… aunque no tan rápido —dijo Dylan, siguiéndolo de cerca—. ¿Vas a llevar fruta?
—Sí, servirá para calmarnos… y comer algo antes de zarpar —respondió Dylan, arrancando unas manzanas de un árbol cercano. Le dio algunas a Ciel—. Además, quiero alimentarte.
Ciel se sonrojó profundamente.
—No digas esas cosas... —dijo, recogiendo las frutas en su camisa como si fuera un saco—. Mira toda esta fruta —añadió con una sonrisa.
Dylan lo observó, divertido.
—Sí, esto nos dará energía.
Ciel, sin mucho más lugar, se quitó la camisa y la usó como bolsa, quedando con el torso descubierto.
—No me mires así… es vergonzoso —dijo, notando su mirada.
—¿Y me pedís que no mire? —preguntó Dylan, claramente disfrutando de la escena.
—Basta, en serio… tenemos que volver. Quien haya lanzado esa lanza puede estar cerca.
Dylan asintió, aunque le costó dejar de mirarlo.
—Sí, tenés razón.
—Esto pudo habernos matado. Tal vez fue una advertencia —dijo Ciel, observando la lanza rudimentaria.
—Podría ser. Tal vez no deberíamos estar aquí.
—Espero que el barco esté bien… ¿y si fueron salvajes?
—No lo creo. Y el bote debe estar intacto —dijo Dylan, acariciándole la cabeza suavemente.
—Supongo… —murmuró, aún nervioso.
Al llegar a la playa, vieron el bote con tres lanzas clavadas.
—¡Diablos! —exclamó Ciel.
Editado: 25.01.2026