Piratas

Capítulo 9: La siguiente aventura

Fue a mitad de la noche cuando Ciel se levantó. Fue tan repentino que incluso Dylan, aún dormido, se movió un poco, aunque no pudo evitar observarlo. Su capitán —ese hombre serio, capaz y cariñoso— era todo lo que el mundo de la piratería aspiraba a ser. Aun así, Ciel se sentía aliviado de que él hubiera descubierto su secreto, su historia. Lo veía como un amigo… incluso un poco más.

—¿Así que mirás al cielo embobado por las noches? —comentó Dylan, con una risa suave. Su voz ronca provocó un vuelco en el pecho de Ciel.

—Yo no… solo tuve una pesadilla.

—¿Querés contarme, mi precioso niño?

Ciel no podía evitar sonrojarse cada vez que Dylan le decía esos apodos cariñosos. Casi lograban que se sintiera menos mal consigo mismo. Como si fuera un suspiro.

—Soñé… soñé con ese accidente. Cuando me consideraron un traidor —murmuró, ya usando el término accidente como resumen de toda su vida.

—Después de la muerte de Barba Negra, se convirtió en una marca sobre tu cabeza. Muchos empezaron a decir que serías su sucesor. Por algo de…

—El código pirata dice que, cuando un capitán muere, su sucesor es quien haya ganado su respeto —interrumpió Dylan.

—Bueno… ya era algo conocido. Viste el cartel. Quise entregarme, pero los hombres de Barba Negra no me dejaron ir. Tenía quince años, no podía controlar ni exigirle nada a hombres que me triplicaban en edad y fuerza —dijo, con visible inseguridad. Luego se detuvo, bajó la mirada y se sonrojó—. Entonces… salté.

—¿Saltar? ¿Eso es algo metafórico?

—Salté del barco —confesó, provocando una risa repentina en Dylan, que ya podía imaginarse la escena. Ciel también terminó riendo, contagiado por la carcajada.

Después de unos minutos, Dylan se limpió las lágrimas.

—Ya, ya. Perdón, mi niño querido, pero me tomaste por sorpresa.

—Bueno… el punto es que llegué a la costa española —continuó Ciel, aún sonrojado—. Me ayudaron, intenté confesar, me subieron a un barco, me hicieron jurar lealtad al rey… y luego quisieron que los guiara por rutas secretas de los piratas. Pensé que sería injusto si me encontraba con la tripulación de Barba Negra… y los mataban por mi culpa. No quería que pasara nada. Solo… terminé disparando —susurró, tímido—. Maté a esa gente, robé un abrigo del uniforme y naufragué hasta que un grupo de personas me reconoció como “el que ayudó a escapar del terror de Barba Negra”. Me ocultaron de la Marina y… después viví huyendo. Hasta que te encontré.

Dylan no supo qué decir al principio. Sabía que la vida pirata era compleja. Mostrar piedad te volvía débil. Pero jamás imaginó que su niño cargara con tanta sangre en las manos… y tantos fantasmas.

—Intentaste sobrevivir. Buscaste tu paz —dijo finalmente, sonriendo, mientras le acariciaba el cabello—. Sos realmente impresionante. Tal vez por eso sos mi tipo.

Ciel se sonrojó de inmediato. Incluso con todo lo que había pasado, se preguntaba si ese había sido el mejor momento del día. Algo cálido se instaló en el pecho de Dylan, y sin pena, tomó su rostro. Tanteó sus límites, y al ver que Ciel no se apartaba, lo besó. Era como si le dijera: “Caminaría por la borda por vos, solo para darte la vida de paz que deseás.”

Dylan le sostuvo la mirada, aún con esa sonrisa traviesa, pero sus ojos brillaban con ternura inesperada.

Ciel se llevó una mano a los labios, todavía sorprendido. El rubor no se le iba del rostro, y su voz fue apenas un susurro:

—No sé… fue tan rápido. Yo no pensé que… tú…

—¿Yo qué? —preguntó Dylan, inclinando un poco la cabeza—. ¿No pensaste que quería besarte?

—Es que… sos vos. El capitán. El más buscado del mar… —Ciel bajó la mirada, inseguro—. Pensé que solo jugabas conmigo.

Dylan guardó silencio un instante. Luego, con una voz más suave, dijo:

—Ciel… si estuviera jugando, no estaría acá, cuidándote como un idiota en medio de una isla que quiere matarnos.

Ciel lo miró, confundido, tratando de creerle.

—No te voy a forzar a nada. Pero si te beso, es porque quiero. No es un juego. Y si no querés… me detengo ahora mismo.

El silencio entre los dos fue largo y sereno. El sonido lejano del mar, las hojas moviéndose con la brisa… la noche acercándose como un abrigo. Y en medio de eso, el rostro de Ciel, que volvía a alzar la vista hacia Dylan.

—No dije que no quisiera —susurró, apenas audible, mientras su mano temblorosa tocaba el brazo del capitán.

Dylan lo miró en silencio, y luego simplemente lo abrazó. No volvió a besarlo, solo lo sostuvo con firmeza. Ciel se acomodó en su regazo, esta vez sin resistencia, y cerró los ojos.

—Deberías dormir —dijo Dylan, tranquilo, mientras jugaba con su cabello húmedo—. Mañana salimos de esta isla… y quizás encontremos un lugar donde no vuelen lanzas.

Ciel solo asintió, ya medio dormido.

Al amanecer, Dylan observaba el horizonte como si algo dentro de él guiara su rumbo. Como si tuviera la certeza de que todo, de un modo u otro, siempre le saldría bien. Entonces lo vio: su barco, acercándose como un espectro querido. Una sonrisa iluminó su rostro. Algo se avecinaba. Y necesitaba a su niño peligroso a su lado.



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Editado: 25.01.2026

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