(Canto recogido en las costas del Este, en una noche sin luna. El viento trajo las voces.)
I.
Cuentan los mares, en noches calladas,
de un barco fantasma, sin velas ni mástiles,
que surcó tempestades buscando un nombre
que el mundo temía y el cielo negaba.
II.
Era el capitán de mirada afilada,
con sonrisa de trueno y corazón de acero,
que halló entre el fuego a un niño maldito
con la pólvora en la piel y el alma sin dueño.
III.
Dicen que juntos domaron tormentas,
que enfrentaron la furia de viejos rencores,
y que un día, al fin, hallaron el eco
de la tripulación de aquel viejo monstruo.
IV.
Al segundo al mando, el niño cedió
el timón del barco del difunto Barba,
pues no quiso trono ni sangre ni oro,
sino un rincón de paz, junto a su fantasma.
V.
Y cruzaron el mundo por rutas selladas,
hasta que en la niebla brotó una isla
donde el viento callaba y el mar dormía,
y el sol les bendijo con tardes tranquilas.
VI.
Allí alzaron su casa con piedras de luna,
y el capitán, entre risas, enterró un cofre.
“No es oro ni joyas”, decía entre bromas,
“mi tesoro respira y duerme en mi nombre.”
VII.
Muchos lo buscan, aún hoy en los mapas:
el tesoro escondido del capitán Dylan.
Pero al cavar, solo hallan silencio
y el eco de un beso que el viento arrastra.
VIII.
Así mueren los hombres, así nacen leyendas.
No hay tumba ni cruz que los nombre en la tierra,
pero el mar los recuerda con sal y con canto,
al niño de fuego y al capitán de sombras.
Editado: 25.01.2026